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Mayte López: De la Catrina y la Flaca no intentaba ser graciosa, sino alejarse del melodrama

En la vida, como en la memoria, nada es lo que parece. El pasado de júbilos y traumas, cede siempre ante la confusa nitidez de lo próximo, lo inmediato. Narrar es así, volver a vivir aquello. La primera novela de Mayte López, De la Catrina y la Flaca (Sudaquia, 2016) atestigua lo esquivo que resulta atrapar la experiencia humana, sujetar su devenir, sus causas. El dolor, que para muchos narradores se presenta como un nido de regocijo, es para esta voz un prisma en el que se atraviesan no solo la angustia y la impotencia, sino los afectos filiales, amorosos, la realidad de un país y lo todavía más sórdida que es la cara de la muerte, cuando pretende asomarse ante alguien muy joven.

Narradora, editora y traductora, nacida en Nueva York, Mayte López templa con su voz que escribe una ironía justa, nunca cruel o improvisada. Colaboradora de ViceVersa Magazine desde sus inicios, con sus Tacones sobre hielo, Mayte ha conseguido con éxito que la risa siempre pueda implicar el derrape y la posterior caída. Ese hálito de duda también está en la novela. Dicho está: dos hermanos, dos hijos, dos peces. En la vida nada es lo que parece. 

Sin reglas de suspenso ni mapas de hora fija, esta novela desdice de un falso clímax. El morbo purista podría pensar que termina justo donde las cosas suelen empezar. Un momento emocional, regido principalmente por la duda se extiende de principio a fin y así se vive, se lee. De la Catrina y la Flaca alegra y duele, aísla y acompaña, nos recuerda por igual las ganas de huir y de pertenecer, parafraseando a Antonio Muñoz Molina en su contratapa.

 

Mayte lopez

 

¿Cómo pensaste el formato de la narración? ¿Siempre fue una novela? ¿Un cuento largo? ¿Hubo algún fragmento que estuvo primero y a partir de ahí arrancaste?

La pensé siempre como una novela, narrada desde el presente de un hospital. La idea original era no centrarme en la enfermedad o el tratamiento, sino en el momento previo al tratamiento, en esa especie de limbo o antesala a la calamidad, y la angustia que supone para una familia intuir lo que viene. Así que en principio, la novela estaba planteada en relación a lo que pasaba en el hospital y a ese proceso largo y angustioso de “no saber”, o no querer aceptar, el diagnóstico. Los flashbacks a la infancia de Bito y Julia, las dos voces de la novela, vinieron después, como un modo de matizar a los personajes. Pero en un inicio lo que me interesaba era captar la narrativa del hospital, retratar cómo ahí se ponían en juego los roles familiares, y todos los procesos emocionales que surgen de ese limbo.

 

¿Y antes de esta primera novela hubo algún conato de novela o dijiste de una “voy a escribir esto”?

Es que no fue una decisión tan premeditada como “ésta va a ser mi primera novela”, fue más bien un proceso: hay que tener en cuenta que la novela surge en un taller, aunque después siguiera trabajándola fuera de él. Así que estuvo en proceso todo el tiempo como, supongo, cualquier novela. Poco a poco se fue haciendo más grande. Tampoco pensé jamás que me iba a lanzar a escribir sobre algo como la enfermedad, en parte por miedo a escribir sobre una experiencia tan cercana a lo real, y en parte porque el concepto me sobrepasaba y me sigue sobrepasando. Eso, tal vez, tuvo que ver con la manera en que concibo la escritura. La verdad es que me gustaría ser capaz de utilizar más sustratos imaginarios para hacer ficción, pero me siento más cómoda y más honesta cuando parto de lo real y lo ficcionalizo. Me di cuenta de que cada vez que intentaba escribir sobre cosas que no había vivido, cosas que tal vez me parecían más llamativas o interesantes, salía una escritura medio impostada. Y al final decidí que escribir sobre lo que conocía bien era lo más honesto que podía hacer, y que sólo partiendo de ahí podía lograr algo genuino, incluso si estaba escribiendo ficción.

 

Me gusta que al final haces una aclaratoria para poner orden al caos. Que en este caso no es de desorden sino de dolor. Después del colapso es difícil recoger todas las piezas. Ese tono de cómo recuerdas que pasaron las cosas por parte de quienes fueron partícipes, apelando a la memoria y no a otra realidad. Todo eso arroja un final de: así fue.

Así fue, y a la vez no. Precisamente quería jugar con la idea de la memoria, con lo que se recuerda y lo que uno inventa a partir de los recuerdos de otros, para construir a mis personajes y para jugar un poco a difuminar la línea entre ficción y memoria, y finalmente pensar la memoria como un ejercicio de imaginación. Me interesaba ver cómo a través de la ficción se pueden reconstruir experiencias que uno no necesariamente ha vivido pero son parte de lo que uno es. También quería explorar las formas en las que se hereda y reconstruye la memoria de otros, y qué tanto esa reconstrucción puede moldear lo que somos. Y en el caso de Bito, el personaje enfermo, buscaba retratar cómo es que uno se replantea su propia historia a partir de la enfermedad. Al final no sé si trataba tanto de dar orden al caos, como de retratar la sensación de incertidumbre de una familia ante la enfermedad, ese horror del qué pasaría o qué podría pasar que cualquiera que se enfrente a algo así está pensando.

 

¿Y teniendo alguien tan cercano en esa situación, te sientes vulnerable tú también, no? El flashback siempre está como para establecer una línea de consuelo con la realidad y explicarla un poco, con vinagre y con ternura.

Claro, pero como te digo también me parece que esa vulnerabilidad hace que la novela sea más honesta. Lo que quería con los flashbacks era presentar una especie de mosaico de relaciones y roles familiares, y cómo esos roles se alteran cuando algo, en este caso la enfermedad, amenaza con destruir o al menos fracturar a la familia. Todas estas pequeñas viñetas familiares me servían para retratar a los personajes antes de. También quise plantear la amenaza o el peligro como algo siempre presente: dos hermanos que se pelean, una mascota que se muere, un grupo de niños que entierran bichos vivos y pueden ser crueles y vengativos sin consecuencias, porque para eso son niños. Tal vez sí es, como dices, una línea de consuelo, porque en los flashbacks el peligro nunca llega del todo y los personajes siguen inmersos en un mundo perfecto: la infancia es ese lugar donde la amenaza no se concreta jamás y los padres (y hermanos) son eternos.

 

Y uno tuvo esas crueldades, yo agarraba una lupa e incineraba vivas a las hormigas gigantes.

Claro, pero el asunto es que esas pequeñas crueldades de los niños, que forman parte de ese mundo perfecto, se resignifican cuando se contrastan con el presente.

 

Lo de la decapitación masiva es genial, maldita sea.

¿La escena de las muñecas? ¡Gracias! También quería jugar con eso, con esas historias de infancia que son divertidas y crueles al mismo tiempo. La idea era retratar cómo se tiene, desde la infancia y los juegos infantiles, una percepción de la violencia o de la muerte. 

 

¿La manera en que se cuela el humor ahí, es un recurso natural tuyo o te pareció un antídoto para enfrentar una cosa dramática?

Eso es totalmente intencional. Cada vez que cuento de qué se trata la novela, la gente me mira con una mezcla de horror y conmiseración, les parece una cosa muy trágica. Pero justamente algo que quería escribir eran las ridiculeces que puede pensar el ser humano en una situación límite. Por otro lado el humor es una manera con la que yo me enfrento a lo que escribo, es mi recurso de cajón, porque me parece que no hay que tomarse todo tan en serio. En esta novela no quería ser necesariamente graciosa, sino alejarme del melodrama. Atendí ese pequeño mundo que es el hospital, donde pasan una serie de cosas horribles pero la vida no se detiene, con los estudiantes que se manifiestan y el tipo que no invita a la protagonista a salir. El hospital funciona o sirve para hacer eco de lo que pasa en México, que es tragicómico: los franeleros afuera del hospital que están aliados con los de la grúa, las personas que no pueden pasar de la sala de espera porque no tienen un pedazo de cartulina con un triste sello, un ejército de “profesionales de la salud” comiendo tacos en un puesto callejero afuera del hospital. La ironía del país, de la vida, es lo que me parece realmente interesante, retratar esas pequeñas cosas, incluso en un momento crítico que se presta para el melodrama.

 

Hay un solo momento de la novela en la que Julia se siente amenazada, que es cuando hace la descripción del Linfoma de Hodgkin. ¿Sentiste eso mismo a lo largo de la escritura de la novela?

Sí, incluí esa reflexión a propósito. Ese es un detalle que no quise explotar demasiado y por eso sólo aparece una vez de manera explícita, pero creo que está presente en toda la novela, desde la portada y la escena de los peces gemelos. Es la misma idea siempre: los personajes son iguales, son esencialmente la misma cosa, pero a uno de ellos le toca la (mala) suerte. Así que fue totalmente intencional no sólo reflejar el miedo que siente Julia al pensar que ella podría haber salido perdiendo en esa tómbola, sino también, paradójicamente, la injusticia y la culpa por haberse librado.

 

Hay una distancia entre escribir desde el dolor, a escribir recordándolo. Cada evocación, punza. Por otro lado, no falta quien encuentre en el desahogo una virtud. ¿Fue traumático revivir esos recuerdos?

Más que traumático, fue catártico, sirvió para sacarlo. Claro que fue un proceso difícil porque de alguna manera, al empezar a trabajar la novela en el taller, tocaba discutir no sólo la literatura, sino la vida, a nivel de mesa. Mis compañeros se preguntaban qué iba a pasar con el personaje de Bito, y el consenso era que tenía que morir. Creo que esa fue la parte más difícil porque todo el proceso de escritura había fluido más o menos fácil, para las viñetas familiares recurría a mis recuerdos a los de otros miembros de mi familia y a partir de eso construía la ficción. Pero me costó mucho trabajo ponerme en el lugar de alguien que se está muriendo, porque ahí había un ejercicio que había tratado de evitar. Al final uno de mis compañeros, Jorge, me sugirió una vuelta de tuerca que me pareció genial, y me propuso un flashback hipotético. A partir de esa idea fue que pensé un final abierto con el que me sentía en paz, con el texto y conmigo misma. 

 

Yo me quedé un poquito con ganas de más.

Es cortita, yo sé. Pero la cuestión es que ya había dicho lo que tenía que decir, podía haber metido diez flashbacks más, pero me pareció que los personajes estaban lo suficientemente matizados y que las viñetas, al final, cumplían su propósito.

 

mayte lopez

Photo Credits: Santiago Acosta

VICEVERSA, Palabras de ida y vuelta

Un día perfecto: En una playa, con un libro y un poeta venezolano.

Algo que volverías a hacer siempre: Volar a Nueva York con tres maletas rojas.

Algo que no harías nunca o no volverías a hacer: Nunca estafaría a alguien. Y no volvería a usar tenis de plataforma naranja.

Una pesadilla: Sueño seguido que se me caen los dientes.

Tres canciones que te gustan mucho: Y sin embargo, Don’t Think Twice y Such Great Heights. Así de inconexo todo.

Si no hicieras lo que haces: Todavía no sé muy bien qué es lo que hago. Me gustaría escribir un poco más y traducir por encargo un poco menos.

Lo que dirías a alguien que está empezando a escribir: Que se lance a escribir y termine. Hay que terminar todo eso que uno tiene a la mitad, los documentos archivados después de cinco párrafos. Yo estoy intentando seguir mi propio consejo.

El éxito para ti: El éxito, me parece, tiene muchas facetas. Poder vivir de lo que escribo sería una de ellas.

El fracaso: También hay muchas formas de fracaso. En esta misma línea, no escribir más sería espantoso.

“Un espacio que propicia la producción de pensamiento es un tesoro: ViceVersa Magazine es ese espacio, plataforma, terreno fértil para los que se atreven a pensar por sí mismos, asumiendo su circunstancia histórica, cultural, geográfica, afectiva... Para eso no hay edad, militancia, ni raza.” - Lupe Gehrenbeck

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