Somos una revista independiente que sobrevive gracias a tu apoyo. ¿Quieres ser parte de este proyecto? ¡Bríndanos un café al mes!

Prohibido olvidar

Fanatismos y populismos son los dos grandes males que azotan nuestro tiempo. No son exclusivos de nuestra época, más bien lo que obliga a una reflexión seria y profunda, es la conciencia de la incapacidad de la humanidad de erradicar esos cánceres a pesar de las enseñanzas que deberíamos recibir de la historia.

Es evidente que las grandes masas que se dejan guiar por gurús religiosos y políticos, sin permitirse el más mínimo pensamiento crítico, son generalmente pobres y privas de herramientas culturales. La ignorancia y la necesidad son terrenos favorables para sembrar palabras de revancha, odio, fe en conceptos religiosos extremistas. Cuando la cotidianidad es una pesadilla, cualquier sueño, por falso que sea, ofrece una esperanza y es recibido como un don.

La ignorancia también es terreno fértil para sembrar y reavivar odios, guerras tribales, intolerancias y xenofobias. La estela de sangre dejada por años de guerras, invasiones, creaciones forzosas de estados, nunca se borra del todo. Más y más sangre transforma lo que eran riachuelos de reconcomios silenciosos en ríos sedientos de otras víctimas.

Pero, si es verdad, que la ignorancia es madre y padre de los extremismos, también es verdad que cada día hay más gente culta o quizás sería mejor decir educada en Universidades, que también responde al llamado del odio, de la discriminación, de la venganza. Muchos son jóvenes cuyas vidas fueron aparentemente iguales a las de muchos otros estudiantes y coetáneos. Sin embargo pareciera que la crueldad en personas que han conocido el dolor más por experiencia ajena que propia, sea todavía más encarnizada y refinada. Y las nuevas tecnologías ofrecen un soporte ideal a quien disfruta divulgar una imagen de sí mismo como del gran mesías. Esto demuestra que las raíces del terrorismo son mucho más sutiles y complejas y que son múltiples las razones que conducen al camino de los extremismos.

Son minorías, es verdad, pero tienen un gran poder: el poder del miedo y de la muerte, de la muerte inesperada, esa que acecha detrás de cualquier esquina y puede aparecer en el momento menos esperado en forma de bomba o con aspecto de un avión lleno de pasajeros indefensos que va a estrellarse contra dos torres llenas a su vez de gente ignara e inocente. La insensatez de tales gestos, lo imponderable de esas acciones, crean una sensación de inseguridad perpetua que se transforma en un retropensamiento que no nos abandona nunca. Cada vez que nos damos cuenta de eso entendemos que los extremismos están ganando su batalla contra la humanidad que quiere paz, respeto, tolerancia y que valora la vida.

Sabemos que no hay gobierno exento de culpas ni político totalmente altruista, sabemos también que los organismos internacionales no tienen los instrumentos para erradicar la violencia de los fanatismos ni los daños de los populismos, pero consideraríamos injusto evaluar con el mismo metro a países con gobiernos autoritarios exentos de límites y otros en los cuales existen instituciones cuya función es la de crear frenos al poder de una o pocas personas. Pensamos que las críticas son siempre positivas pero también hay que tener el valor de admitir que es un privilegio nacer en lugares donde esas críticas son permitidas, donde las mujeres y los menores tienen derechos establecidos por las leyes, la prensa tiene espacios de independencia y las religiones gozan de un mismo respeto. Hay que decir también que, aun cuando los organismos internacionales no pueden resolver muchos problemas graves, su intervención es muy positiva en cuestiones quizás menos aparatosas pero innegablemente importantes en la vida diaria de muchos pueblos. Si no existieran estaríamos sin duda peor.

¿Qué todos deberíamos hacer más? Ciertamente y hay que luchar para que eso pase utilizando los instrumentos que las democracias ofrecen.

Podemos lograrlo si mantenemos el recuerdo de cada una de las víctimas de los terrorismos, si mantenemos intacta la capacidad de empatía con el dolor de otros pueblos, si entendemos que no hay países que merezcan la violencia, que todos somos seres humanos.

Hoy nuestro pensamiento va a todas las víctimas del 11 de septiembre, a las mujeres que en estos mismos momentos están siendo violadas y maltratadas por los integrantes del Isis en Iraq y los secuaces de Boko Haram en Nigeria, a los pueblos amenazados por la violencia de las guerras internas y externas, a las familias de las víctimas de todo fanatismo y en particular a las familias de los periodistas James Foley y Steven Sotloff cuyo único crimen fue querer ser buenos periodistas y tener pasaporte americano.

guest
1 Comment
pasados
más reciente más votado
Inline Feedbacks
View all comments
Mitz
Mitz
6 years ago

Muy interesante este editorial. Veo con mucha preocupación todo lo que ocurre en medio oriente, en los Estados Unidos con esos espantosos acto terroristas, Europa y Rusia, etc. y mas que una situación actual todo esto me resuena como si nunca hubiesemos alacanzado la paz desde los días de las Cruzadas, como que este problema lo tenemos muy arraigado en nosotros. Octavio Paz en su libro «Sor Juana Ines de la Cruz o las trampas de la fé» en la voz de Sor Juana se pregunta (parafraseandolo) si el hombre se unió a otros hombres por fuerza o por conveniencia,… Seguir leyendo »

Hey you,
¿nos brindas un café?