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CULTURA, Fotografía 0

La calle, el polvo

Proyecto Análogo inició con los cuatro muros de una cocina como únicos testigos.

Éramos –para efectos de la historia– dos fotógrafos desencantados de la fotografía a muy temprana edad.

Una tragedia.

No comprendíamos cómo era que, de un día a otro, se podían tener doscientas, quinientas, mil, dos mil fotos, que al final del cuento eran basura codificada e intangible, que lo mismo valía borrar para no alentar nuestros iPhones, o las tarjetas de memoria de nuestras cámaras: nunca habría tiempo suficiente para verlo todo.

Éramos, sí, dos fotógrafos abrumados con el exceso de la libertad.

Por eso, cuando a nuestras manos llegaron un par de cámaras que habían pertenecido a nuestros abuelos y a nuestros tíos, después de que a algún familiar se le ocurriera limpiar algún sótano empolvado, sólo vimos en ellos objetos estéticos, un par de antigüedades, listas para hacer más interesante el librero de nuestro estudio: meros adornos.

Pero es increíble, y a nosotros nadie nos cuenta lo contrario, cómo los objetos tienen vida, quizá aconsejados –poseídos, si se nos permite el término– por quienes fueron sus dueños en otra vida: podríamos hablar de algo así como actividad paranormal, la toma triunfal de los objetos sobre la conciencia humana.

La vieja Praktica LLC de mi abuelo, la Polaroid del tío de María, no descansaron hasta que las sacamos a la calle, hasta que aprendimos a usarlas, hasta que empezamos, junto a ellas, a contar el tiempo que veíamos. Nuestro tiempo.

Y nos encontramos una tarde con una caja llena de negativos y de fotos instantáneas (ahí, entre los cuatro muros de la cocina); éramos niños otra vez, emocionados con sus juguetes nuevos, encantados por la magia de la emulsión fotoquímica.

Para nosotros, un milagro.

Niños de los noventa, niños de la transición, niños de la muda tecnológica.

Para nosotros, descubrir la fotografía analógica, fue regresar a casa, a la infancia: fue descubrir la fotografía por primera vez.

Acorralados por el deber de la intuición, ahí entre los cuatro muros de la cocina, decidimos fundar –lo que sea que aquello signifique– nuestro Proyecto Análogo, prometiéndonos sólo contar lo que veíamos a través de objetos que parecían destinados a arrumbarse en una pila de polvo. Prometiéndonos compartir por compartir.

María dijo proyecto, yo dije análogo. Y antes de que termináramos de decir esas palabras, ella tenía listo un logotipo sencillo, que encerraba la esencia de nuestra expedición. Análogo no por como la fotografía analógica es incorrectamente llamada; análogo porque el nuevo proyecto tendría dos visiones paralelas, pero esenciales una para la otra: dos miradas, dos vistas recurrentes ante el espejo.

Fue así como empezaron a llegar las cámaras: –Hay una caja llena de cámaras viejas en casa de mi padre, ¿no quieren ver tú y María si algo les sirve? –, –tengo esta Rolleiflex que era de mi papá y que quiero que usen ustedes porque me gusta su proyecto–. Eran todos amigos, amigos de amigos, inspirados por nuestro hacer fotográfico, que veían en nosotros la última oportunidad para esos objetos que una vez significaron algo en su universo personal.

Tenían confianza en nosotros, y las cámaras, al parecer inertes, se volvieron nuestra familia.

Hoy, a tres años de que, sentados en la cocina, María y yo, decidimos abrir un perfil de Instagram (la ironía del asunto es gratis), no entendemos nuestra vida sin este Proyecto Análogo, no nos concebimos sin las ocho oportunidades de un cartucho Polaroid, sin las 36 o 24 de un 135, mucho menos sin las 10 o 12 de un 120.

Posibilidades limitadas, pero posibilidades también ilimitadas.

Finalmente, una analogía.

 


 

Sobre esta serie fotográfica

El polvo sostiene la realidad a través de las ventanas.

La calle nos habla.

A veces grita; otras, sólo musita.

La mayoría de las veces nos habla a señas.

-¡Mira!, aquí ando, detrás de esta ventana rota-

Y casi siempre se deja ver. Incluso a través de los charcos, como si estos fueran las ventanas naturales que la realidad se crea para espiarnos y juzgarnos, y decir, “mira, aquel va cabizbajo”, o “¡mira a ese otro!, ¡pobre tipo!, otra vez con sus crisis existenciales de mediana edad”.

Otras veces sólo nos enteramos del polvo por el graznido tenue de un cable de alta tensión, que sostiene a una parvada de urracas sin consecuencias.

Ineluctable, así es la decadencia.

Pensamos que la única salida que tiene este mundo, se encuentra en una escalera oxidada, que se tambalea cuando damos un paso en ella.

Porque la sostiene el polvo, sólo el polvo.

Estamos seguros de eso.

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