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daniel campos
Photo Credits: Markus Spiske ©

W el aguzado, de Azogues a Queens

Conocí a W cuando fue mi alumno en un curso de pensamiento latinoamericano hace años. Era un muchacho ecuatoriano, de Azogues, pueblito a la vera de la carretera Panamericana. Yo había pasado antes por su pueblo, en el ascenso de Cuenca a las ruinas incas de Ingapirca, y por ello pude imaginar su lugar de origen. Muchos ecuatorianos en Brooklyn y Queens han inmigrado justamente desde allí. W, uno de ellos, recaló en mi sala de aula. Era un muchacho aguzado, con perspicacia para entender quién ha definido la «civilización» y la «barbarie» en Latinoamérica desde la Conquista hasta nuestros días. A veces, al opinar o prestar atención en clase, entrecerraba sus ojos rasgados, que así parecían rayitas negras en su redonda cara morena y lampiña. El gesto acentuaba su sagacidad.

Poco a poco, entre tertulias, me fue contando su historia. Creció en el campo en las cercanías de Azogues. De niño, a veces su familia pasaba hambre. Una vez W se llevó prestada la ofrenda de la iglesia, sin permiso del cura, para que su familia pudiera comer. Bienaventurados los pobres que se defienden ante la injusticia.

Pero era feliz. Entrada la adolescencia, conoció muchachitas entre maizales, mientras sus primos, hermanos y padres fueron emigrando a la Yunai. A los dieciséis años le llegó el momento. Emprendió el viaje por tierra al Norte con su hermana. Él era un muchachito y ya sentía la responsabilidad de cuidar a su hermana en el trayecto. Coyotes los guiaron, ángeles los protegieron. En mi San José natal estuvieron hospedados en una casa un par de semanas, haciendo pausa en la ruta mientras llegaba la hora de continuar a Nicaragua. No podían salir de la casa pero la señora les cuidó bien. Eventualmente atravesaron toda Centroamérica y México y cruzaron la frontera a la Yunai por el desierto de Arizona. De Phoenix volaron a Nueva York (eran otros tiempos, antes de los ataques del 2001 y la reacción represiva). Aquí les recibió su familia. Eventualmente, todos los familiares llegaron a Queens. Nadie quedó en Azogues.

W quiso estudiar. Se esforzó en el colegio y la universidad. Cuando se graduó de filosofía, nuestro departamento le otorgó un premio por activismo estudiantil en la promoción de justicia social. Pero su vocación y pasión es la literatura, sobre todo latinoamericana. Cursó la maestría en literatura en el City College y se graduó. Sin embargo, este muchacho no nació para crítico ni profesor: nació para contar historias, inventar cuentos y crear novelas.

Después de graduarse, durante una época vendió vinos para mantenerse. Dice que para vender un buen vino lo importante es inventarle al cliente un buen cuento sobre la uva, su cultivo, el viñedo, la cosecha, la casa vinícola, el vino. Vendía mucho. Ahora vende papeles e instrumentos de escritura cuatro días por semana. Así le quedan tres libres para escribir en una biblioteca universitaria de Manhattan y en su cuartico con mesa de trabajo en Queens.

«Vos seguí escribiendo», le digo siempre. Pero no necesita que le diga. Escribe porque le nace. Y cuando publique, será literatura que habrá que leer, porque es literatura viva del corazón y la imaginación de un muchacho de campos azogueños y calles neoyorquinas.

«Ya es hora de un almuerzo y un café en tu barrio», le escribí hace unas semanas. «Venga, profe», me respondió. Un domingo al mediodía agarré el tren con destino a Jackson Heights. Es quizá el barrio más cosmopolita de Nueva York. Allí convergen latinoamericanos de toda Nuestra América, nepalíes, bengalíes, indios, chinos y demás asiáticos del sur y el este. W ha vivido ahí desde que emigró del Ecuador.

Cuando llegué a la estación en Roosevelt Avenue, pasadita la una de la tarde, me estaba aguardando: gorro negro, abrigo grueso y los mismos ojos rasgados como rayas horizontales en la misma cara redonda y morena. Mientras recorrimos las calles de su barrio, descubrí de nuevo sus chispazos de picardía. Por ejemplo, me apuntaba los nombres más pintorescos de los establecimientos. Para él, los mexicanos le ponen los mejores nombres a sus bares y restaurantes: Taco Veloz, El Tucanazo, Nuevos Tacos al Suadero, Pollo Feliz: no hay otro mejor. Pero, claro, había otros nombres, como la panadería colombiana La Abundancia, el restaurantico venezolano Cositas Ricas: para usted, Arepa Lady y el Canelazo. Además observó los atrevidos nombres de los «bailaderos»: El Abuelo Gozón y Los Temerarios, donde los clientes en las noches beben cerveza servida en cubeta y pagan $5 por bailar tres piezas con las muchachas.

Mientras comíamos un ceviche peruano matizado con cerveza fría en la Cevichería El Rey y más tarde bebíamos un café negro acompañado con empanadas en la Gran Uruguaya, reparé en su sensibilidad y perspicacia ante la vida. Me contó sobre los intensos lazos afectivos que se forman entre migrantes que viajan juntos del Sur al Norte, compartiendo incertidumbres, anhelos, temores y esperanzas. “Tenés allí una novela o un poemario”, le dije.

Por ahora cuenta otras historias. Narra ficciones pero creo que tiene alma de poeta. Algún día no muy lejano, leeré sus libros.


Photo Credits: Markus Spiske ©

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Gabriela Barzallo
Gabriela Barzallo
3 years ago

Con fines aclaratorios, Azogues no es un «pueblito» de la Sierra ecuatoriana. Es una ciudad , capital provincial, reconocida como patrimonio cultural del Ecuador.

María Antonieta Campos Badilla
María Antonieta Campos Badilla
3 years ago

¡Qué importante leer y qué importante escribir! Los libros cambian la vida de las personas y las historias de los pueblos, amplían nuestras posibilidades y nos unen con otras mentes y corazones fortaleciéndonos en la unidad. «Bienaventurados los pobres que se defienden ante la injusticia».

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