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alejandra rosa
Photo Credits: Stephanie Silva

Un murmullo citadino recorre el aire hasta una puerta turquesa en la avenida Lexington, en East Harlem, Nueva York. Llega a la entrada del Julia de Burgos Performance and Arts Center a las 6:53 p.m. Frente al enmarque azul verdoso, la dramaturga puertorriqueña Kisha Tikina Burgos mira un tanto al cielo.

Piensa en voz alta, con chaqueta roja y sonrisa almendrada en la mirada, las rutas de su obra más reciente, Tuya, una de las dos piezas de dramaturgia puertorriqueña seleccionadas para formar parte del Fuerza Fest 2018, evento gestado en honor a la comunidad Latinx LGBT. 

El montaje, protagonizado por las actrices puertorriqueñas Marisé ‘Tata’ Álvarez y Kairiana Núñez, presenta la historia de una pareja en busca de rutas al desapego. Estrenó en Puerto Rico en abril, antes de llegar al Teatro Julia de Burgos, en Nueva York.

Para lograr el traslado de la obra, toca ensayar. Por eso, Kisha Tikina Burgos ya no escucha el rumor de la ciudad, sino que sube las escaleras rumbo al espacio teatral ubicado en el segundo piso del centro cultural, para iniciar la jornada de ensayos pre-estreno neoyorquino.

En la entrada del teatro la recibe Julia de Burgos sentada sobre un mar que pareciera sostenerla en el aire, desde un mural pintado por el artista puertorriqueño Elizam Escobar. Las dos actrices y la directora ya lo cruzaron, antes de arribar al escenario en donde, justo en este instante, ensayan. Adaptan los tránsitos y la velocidad de Tuya. Repasan el bloqueo de la obra. Redefinen rutas espaciales. Arman un ritmo distinto. A veces, ríen. ¿Habrá sido reír siempre un verbo anacrónico capaz de dirimir distancias?

Repasan escenas, y verlas ensayar es lo mismo que preguntarse cuántas distancias que antes nos ubicaban en tiempo y espacio, cuando cambian, redefinen la forma en que nos relacionamos, o cuántas historias mutan de velocidad al cruzar el mar y llegar a esta ciudad.

Trasladar una narrativa a un espacio diferente no es solo un asunto teatral. Preguntarse desde dónde llegará la luz, familiarizarse con un entorno ajeno, intentar sintonizar, son también retazos de la cotidianidad de miles que, cada año, emigran.

El estudio Estimados del Éxodo post Huracán María desde Puerto Rico, publicado por el Centro de Estudios Puertorriqueños de Nueva York, por ejemplo, proyecta que durante este año 212,607 personas emigrarán de la isla para restablecerse en distintos recovecos estadounidenses; en Florida, principalmente.

Pero, por ahora, Marisé Álvarez, Kairiana Núñez y Kisha Tikina piensan a tres mentes. Se cuestionan cómo transitar este nuevo espacio, y cómo sus personajes se despedirán. En Puerto Rico la despedida ya tenía una ruta, pero acá toca redefinirla a partir de una nueva realidad espacial.

En ese mismo lugar, 48 horas más tarde, subirá a escena Mr. Mr. & Dr. Dr., segunda obra de dramaturgia puertorriqueña seleccionada para formar parte del festival.

Pero eso todavía no pasa.

Dan las 10:00 p.m.

Se despiden — despedirse: verbo familiar para nuestra diáspora.

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Dos manos se asoman desde los extremos laterales del Teatro Julia de Burgos, y lanzan piedras a un escenario poblado por zafacones y bolsas de basura. Pertenecen a los actores puertorriqueños Luis Ponce y Christopher Cuevas, protagonistas de Mr. Mr. & Dr. Dr, del dramaturgo boricua Ian Robles.

Arrojan la décima roca. Se lanzan al espacio, y golpean un zafacón plateado como si en cada esfuerzo se les jugara el mundo.

Días antes, Janilka Romero, directora del montaje, repasaba notas con sus actores en voz de certezas. Les hablaba sobre la importancia de pausar. Daba cuenta de cómo algunas emociones ya nos existen por dentro, y solo falta buscar sentirlas por primera vez.

Son los más jóvenes del festival, pero presentan una pieza que, a nivel de dramaturgia y de dirección, le gana al tiempo.  La obra de corte absurdista presenta el relato cíclico de dos enamorados puertorriqueños sin hogar en la ciudad de Nueva York.La dramaturgia transita entre un universo onírico y transiciona de vuelta a un entorno de corte realista sin ningún problema.

Los actores encarnan a una pareja de novios, así como a un oso y un árbol. Cuestionan su existencia desde sus intersecciones identitarias. La obra, como Tuya, genera un espacio de discusión sobre el desapego, el amor, las pérdidas y las distancias en las relaciones; es experimental; y fue creada durante un proceso de creación colectiva.

Hay algo de ese espíritu experimental, duplicado en ambos montajes, que quizá da cuenta de un país en busca de estructuras alternas para narrarse. Quizá las tradicionales, ordenadas, coherentes desde la palabra, no nos bastan.  La complejidad del Puerto Rico contemporáneo las trasciende. Tal vez importe construir una coherencia post María desde otro lugar.

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Suena El Yunque en Nueva York. Escuchan el bosque en la ciudad. Al oído llega templanza, tranquilidad, y la sensación sanadora de una pausa orgánica. La grabación forma parte de la partitura sonora de Tuya,que como en Puerto Rico, lleva la voz de Yaraní del Valle.

La audiencia que la escucha estará casi una hora suspendida aquí, entre las escenas de una historia que comenzó en Puerto Rico pero cruzó el mar. 

Kairiana Núñez y Marisé Álvarez  presentan dos universos en escena: uno onírico y otro real. En el primero son novias; en el segundo La Pájara y La Cazadora, dos personajes que proponen una metáfora de roles en el enmarque de una relación amorosa.

Una audiencia distribuida en nueve filas de diez sillas azules las mira.

Una instalación de espejos al centro fondo del espacio les devuelve el reflejo.

El escenario despide un sonido áspero durante dos, cinco, uno, uno, dos y medio, tres segundos, como lija sobre madera o torrentes de agua arrasando con todo. Proviene del desplazamiento del componente escenográfico principal de la obra, una mesa que en la función es lo mismo un lugar para comer que un suelo desde dónde alzar -o perder- vuelo.

No la trajeron desde Puerto Rico, la reconstruyeron acá. No todo puede volar.

Volar: otro verbo familiar para nuestra diáspora.

Las viñetas visuales de Tuya viajaron, pero al presentarse ante un escenario con un público frontal, en lugar de a tres lados, como en Puerto Rico, cobran un énfasis distinto.

La audiencia en Nueva York las percibe desde otro lugar.

Marisé Álvarez cuenta. Respira profundo. Odia a los que aman. Se siente segura. Proceso introspectivo. Intenta entenderse desde los tramos de su respiración. Descifra uno de los misterios del aire: cómo se le captura para que nos transite el cuerpo.

Kairiana Núñez representa un ave. Contorsiona el cuerpo. Intenta alzar vuelo. Lo logra. Aletea como si de eso dependiera la existencia. La mirada al horizonte. El vuelo de cara a la audiencia. Lleva entre aleteos voluntad de viento con sol 

Ambas extienden sus brazos. Se proponen un adiós. Construyen una despedida desde la voz. C h a o. C h a o. C h a a a o. C h a a a a a o. Alargan las vocales como una red fonética de afectos que va haciendo del espacio un buen lugar para reflexionar cuántas veces repetimos la misma palabra una y otra vez hasta creer desentrañar algunos de los nudos del universo energético que llevamos dentro.

Matizan la despedida con la mirada, y en el teatro lo que queda es un silencio que quizás tenga que ver con todas las partidas presentes en la memoria emotiva de una audiencia mayormente diaspórica. Hay algo con las distancias y las despedidas que siempre nos remite al silencio. Alguien tendría que descifrar qué compás lleva la sonoridad de las ausencias.

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Desde la novena hilera de la audiencia, Norberto Collazo y Abraham Texidor, bailarines puertorriqueños a cargo de la clausura del Fuerza Fest 2018, observan la última función de Tuyaen el festival.

Ambos emigraron a Nueva York en el 2016, tras perder sus empleos en la isla como bailarines de la compañía Andanza. Recuerdan aquellos días como el primer huracán. Luego llegó septiembre de 2017, y pasaron tres semanas sin lograr comunicarse con sus madres. Para procesar el trauma, danzaban. Algunos tránsitos del cuerpo sí que se sienten como un regreso a casa. En sus pasos también escuchaban El Yunque en Nueva York. Sonaba, como en Tuya.

En el público, cinco hileras frente a los bailarines, Janilka Romero e Ian Robles, directora y dramaturgo de Mr. Mr. & Dr. Dr., observan también los últimos trazos de la misma función. Eso también es el teatro, un santuario de encuentros vivenciales que, a veces, se desprenden de un mismo país.

Todos volaron, en algún momento, para arribar acá. Algunos regresarán a la isla. Para otros, aterrizar continuará siendo lo mismo que intentar hacer vida en esta ciudad. Eso también es volar: suspenderse en el aire, con fe en vencer la tierra.


Photo Credits: Stephanie Silva

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