Las noticias que están fuera del circuito de la dictadura venezolana y de la viva voz de la oposición, pasando entre hambre y muerte, tienen una lentitud para alcanzar el interés del mundo grande. Ya había pasado casi una semana cuando supe que, a partir del fin de la semana anterior, ya no podré hablar más por teléfono con Sonia.
Sonia Sanoja mi amiga.
La única que me quedó de mi mundo viejo con quien hablé semana tras semana sin mencionar inflación, hambre, decretos gubernamentales, temas que quedaban afuera de nuestro coloquio humano. Sonia, la Maestra superiora de la danza, dejó esto con naturalidad para su contradanza. Hablábamos de Brentano, de sus representaciones llegando a lo esencial, ya que para él todo lo que es presente a la conciencia es representación. Pusimos esta escala a la cotidianidad triste venezolana. Cubrimos muchos territorios y muchas representaciones.
Sonia, la gran Sonia Sanoja que nos dejó este final de marzo, fue la máxima figura de la danza. De Paris nos trajo el movimiento y el espacio. Era la libertad abierta, total. Yo vi solamente sus últimas creaciones pero sentí la gran apertura sentado con ella y con su esposo Alfredo Silva Estrada, cada jueves, leyendo versos ad infinito. Me criticó, me corrigió. Era también danza. Sentados los tres cerca de la lámpara de la mesa, entre libros y papeles. Un mundo que Sonia llenó de versos y vida.
Diez años de mí ausencia de Caracas, de su tercer piso, de su crítica y de su elogio, pensamientos y evaluaciones; estas llamadas me aseguraron la inmensidad infinita por cómo ella abrió su ser y su arte. Sonia querida, ya no es hasta la próxima semana, sino tu danza y palabra sobre las coronas de los árboles, eternamente en el viento libre.
Photo Credits: Alexis Pérez-Luna