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Un click

Prendo la computadora, inicio eterno, ingreso contraseña y me conecto al mundo. Abro las novedades de mi alias virtual y una notificación de él me despierta. El muchachito de veintitantos años, bloggero rey de la interné, hace algo atroz: un click, movimiento al son de su nombre realizado por el dedo señalador presionado sutilmente contra un pedazo de plástico ovalado, y me regala un caballeresco me-gusta.

Yo, minita del ’89, fiel a los principios del hardware, ignoro con elegancia el cortejo virtual y me preparo el café con leche. Leo las noticias en otra ventana y entre galletita y galletita me entero de lo que está ocurriendo. El mundo discute sobre las guerras por la libertad de expresión y la polémica «ser o no ser Charlie» invade las redes. Estudié la libertad de expresión en la universidad en una materia que se llamaba Derecho y Cultura. No había programa de las clases y el profesor era Richard Gere. Te dije que no levantaras el teléfono, dice Edward Lewis, te dije que dejaras de llamarme, le contesta Vivian Ward: mi preferida es Mujer Bonita.

Y mientras recuerdo los debates sobre la libertad de expresión dirigidos por la versión rioplatense del galán de Hollywood, la pestaña de al lado grita muda su me-gusta y pone en evidencia el libertinaje de este muchacho y de tantos otros como él, gentes de clicks estratégicos que vomitan verdades absolutas de pulgares en alto. Esquivo el estímulo cibernético de forma cuasi matemática y me paseo de link en link, de pestaña en pestaña. Entierro el me-gusta en los quehaceres de oficina como acomodamiento de escritorio, organización de agenda y papeleo.

Al rato, exhausta de tanto trabajo mecánico, con vacío mental y sudor de teclado en las yemas de los dedos, reaparece el me-gusta montado de recuerdos juntos vos y yo, y es noche de verano del 2013 y estamos en la terraza de tu casa, derritiéndonos mientras tomamos una Stella caliente. Hablamos de las estrellas en el cielo y de la velocidad del tiempo, somos amigos y nos queremos. Dar.

Click-y-me-gusta es la cajita feliz de principios del siglo XXI, es el combo con sorpresa mágica de nuestra venerada sociedad consumista. Y hoy, de sorpresa mágica, me toca la granada de mano virtual que viene en forma de recuerdo en la terraza. La magia del pellizco cibernético es que trasciende la web y la dimensión paralela que es la realidad. Tu me-gusta hace explotar mi escritorio, mi mundo, y en la oficina ya no queda más que dar click a tu nombre y escribirte en el chat: cuándo nos vemos, yo también te extraño.

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