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Adrian Ferrero

Tríptico de Paris (Parte II)

 

Simone de Beauvoir lee en el Flore a Colette

Fue la pasión por Nelson Algren.
Sartre en París, sin esperarme.
Él ya sabe de estas cosas.
Motivo por el cual no se impacienta.
Desconoce los celos.
Además hemos hecho un pacto.
Los amores contingentes…
nos decimos, mientras reímos, cómplicemente.
Los romances son el perfecto encanto
que hace de la vida
un viaje vertiginoso.
Adivino el escándalo
de una burguesa apoltronada
sobre su sofá
tomando el té con sus amigas abogadas
frente a esta propuesta, este trato.
El cielo
muy celeste: no había una sola nube
en Chicago.
Tomé baños en el Lago Michigan.
Estaba helado.
Nelson halagó mi traje de baño.
Cazó un mapache
para que lo viera de cerca.
Nunca había visto nada igual
en los alrededores de París.
Evoqué un papagayo de Cuba
por su exotismo
que llamó mi atención como si fuera
un eclipse.
Los animales se me presentan
como seres poco atractivos.
Me inclino más por las piedras preciosas.
Caminábamos bordeando el lago
con Nelson.
Almorzábamos:
sándwiches de queso con pastrón
sobre el césped.
Nelson llevaba
una cantimplora de agua helada.
Territorio de indios en cierta época
(me explicó detalles).
Nelson me mostraba sus novelas.
Alcancé a leer una en su casa
antes de marcharme:
Never come morning.
“La escribí en pelotas, hacía
demasiado calor en Chicago”.
Y nos reímos.
Ponderó mi inglés.
“Nevermore, nevermore”, le susurré al oído,
y de nuevo nos reímos,
echando hacia atrás las cabezas.
Acababa de dar mi perfecta clase de idiomas.
Alimenté su vanidad
sin mentirle.
Me gustaba su naturalismo,
con toques de humor.
Yo había llegado a ese país
para una gira de conferencias.
¿El Bronx? Tierra de nadie.
Los negros eran tratados peor que chatarra.
Me internaba por los arrabales.
“¿No tiene miedo?”, me preguntaba
una dama de la comitiva que me recibió.
En verdad una sola vez
tuve miedo en mi vida.
Fue cuando estuvo a punto de morir Sartre.
Yo junto a su cama.
A sus pies, más precisamente.
Poupette me acompañó.
Estábamos tomadas de la mano.
Ambas toda la madrugada en vela.
No podía pegar un ojo. Estaba exhausta.
Pero más que exhausta desesperada.
Se moría. Yo tomaba largos sorbos de agua.
El gin fizz sí que había quedado lejos,
en aquellas fiestas de Montparnasse
con Boris Vian tocando el piano,
después la trompeta.
Nos despedimos de Nelson
en una noche de plenilunio
junto al lago.
Recuerdo que había luciérnagas.
¿Es que hace falta dar detalles?
¿Ustedes carecen de imaginación?
En París
encontré en mi buzón,
correspondencia de todas partes del mundo.
Todas mujeres.
Las cartas se derramaban
como una catarata.
Tantas mujeres me escriben.
Recuerdo un agradecimiento
desde Ginebra.
¿Cómo contestar a tantos llamados?
Sentí que eran eso, un llamado.
Respondí una por una, prolija como soy.
Comenzaron a llegar cartas de Nelson.
Volaron las mías, estampadas con sellos.
La pasión en tinta china.
Dormía bien. Me sentía libre. Plena.
Me hablaban de mis libros,
dictaba conferencias.
Incluso cierta vez en la Sorbonne.
Les temps modernes me mantenía en forma.
Siempre había que escribir un artículo
sobre un nuevo golpe de Estado en África.
Las dictaduras a la orden del día.
Cierto día,
sentí que ya había escrito
mis obras mayores.
Tenía exactamente cincuenta años:
la edad de los primeros balances.
Confieso que El segundo sexo
fue lo que me salvó
del naufragio.
La consternación me había ganado
También evoqué Los mandarines, 1954.
La tarde que anunciaron el Goncourt.
por la radio. El estallido de felicidad.
Me gusta la juventud.
¿Cómo renunciar a ella?
La vejez es malsana.
No pensé en los viajes. 
Pensé en la experiencia del amor,
variado y lujoso en mi caso.
Siempre fui permisiva, es cierto.
Mi voz indignada
en un mitin.
Al día siguiente fui a leer al Flore.
Bebí solo un té, con una novela de Colette.
Pasó a mi lado un pintor famoso.
No era francés. Un mujeriego.
No me interesé por él.
No es que fuera mal parecido.
Simplemente estaba con mi novela.
Triunfó Colette.
No lo ignoré ni él a mí. Pero eso fue suficiente,
una leve inclinación de cabezas:
nos medimos. Él me reconoció de inmediato.
Vi a Violette Leduc de lejos.
Tomaba un café a solas.
Hizo el ademán de acercarse.
Pero la saludé de lejos
y salí del Flore
deseando que no buscara mi compañía.
Leeería sus libros, eso sí.
Sus novelas son buenas.
Pero a esta altura del partido
le rehúyo. Se ha mostrado insistente.
En una mujer
que fue nuestra amiga eso me irrita.
Después volví a casa. Preparé una tortilla
de huevos y queso.
Me recosté. Era la hora de morir,
en brazos de nadie.

 

“Razono sin poder detenerme”, se dice Sartre

Mi bizquera
sin embargo no ha ahuyentado
a demasiadas jovencitas.
Ha habido una colección.
Como esas mariposas que los zoológos
guardan para sus estudios.
Salvo que estas volaban.
Es sabido que la inteligencia
goza de buena reputación
entre cierto circuito de novatas.
Y la celebridad atrae
como moscas a la miel
a las muchachitas
ávidas de cinco minutos de amor
en la cama de un inmortal.
Claro que Nathalie Sarraute
con su poder de determinación
de mujer casada que solo está pendiente
de escuchar una opinión
sobre sus manuscritos
quiso únicamente que la diera una opinión.
A continuación se apartó,
como si yo apestara,
o como si fuera una amenaza.
La miró a Simone
con desprecio.
Como una mujer que juzga a otra,
la gran señora de la casa
que escucha impaciente
la vida sentimental de su sirvienta.
Habrá alguna vez un busto
que conmemore mi nombre
(me lo profetizó Gide).
La lectura que hice de Flaubert 
(¡Oh personaje egregio,
todo un patriarca!), la de Genet,
su contracara más virulenta: mis dos rostros.
Un Jano bifronte.
Sin embargo los abordajes son complejos.
No se trata de enfoques lineales
sino el de alguien que pone el ojo
desde disciplinas distintas
en una lectura que captura la dimensión
entre una génesis,
una subjetividad que se despliega
y la coronación (en un caso) o el repudio.
en el otro, luego de la cárcel.
Creo que no hace falta qué parte
le tocó a quién.
Descansaré un rato en la cama.
Me gusta trabajar sobre sillas duras.
La espalda recta.
Jamás fui un jorobado, sin embargo.
Fumo en pipa y eso me recuerda
a cierto cuadro escandaloso de Magritte
por su inscripción en la parte inferior
como se recordará
que remite a la representación en el arte.
Me ha hecho pensar más de la cuenta.
Asistí a algunos seminarios de Foucault
en la Sorbonne. ¡Hombre descomunal!
Lo mío no son las universidades.
Lo supe después del día
en que escribí mi primera novela
y al poco tiempo La mujerzuela respetuosa.
A continuación vino su puesta: una aventura.
Pero las Universidades no son para mí.
ni para Simone, pese a que nos hemos formado
bajo su disciplina.
Hemos sido invitados
a dictar conferencias o a mesas redondas.
Las jerarquías. Granjearse la simpatía
de los líderes (tuve malas experiencias).
Hay que palmear las espaldas
de más prestigio.
No olvidar tu Bajtín.
De Kristeva, he leído sus artículos
de la Tel Quel
es la chica perfecta
para circular por esos corredores
grácilmente,
como un bailarín que se desplazara
sobre su escenario con el aplauso asegurado.
Ella irá de Nueva York a Paris, naturalmente.
Después de un sándwich de queso:
una baguette, queso brie,
el mundo a mis pies.
Hasta cuando me ducho
sigo pensando en lo que voy a escribir.
La ducha me hace reflexionar
más de la cuenta.
Son mis borradores.
Tacho mentalmente las ideas erróneas.
Corrijo la gramática.
Una especie de fe,
de vocación inevitable.
Con los ojos entrecerrados,
agonizando,
seguiré pensando,
en el libro por venir.
en el porvenir, que para mí
son casi un sinónimo.
Apago la luz.
El libro que viene acaba de llegar.

Estimo a Simone de Beauvoir como escritora. No tanto como cuando la empecé a leer, debo reconocerlo. Pero sí lo suficiente como para seguir haciéndolo. Escribí una novela sobre los existencialistas franceses. Leí su obra completa. Los expertos, salvo las estudiosas en géneros, cuando los nombro, me salen con Max Scheller. ¿qué puede importarme a mí Max Scheller, me quieren decir? Yo aprendí mucho de los tres. Sartre, Camus, Simone de Beauvoir. Cierta noche, regresábamos en el auto con  papá de dejar a mi hija en lo de su madre. Papá es un eminente Profesor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. No se interesa en los estudios de género ni en Simone de Beauvoir. No obstante, he visto algunos libros de ella en su casa. Le pregunto por ella. Menciona Los mandarines. Luego Todos los hombres son mortales. “De El segundo sexo solo leí unas páginas”. Eso me disgustó. Le pregunto, algo inquieto por el eco que recibo frente a mis preguntas, tan contradictorias todas las respuestas. “¿Pero era una autora de fuste?”. Y me responde, con una convicción que no deja lugar a dudas: “Sí. Era de fuste”. Y eso que papá lee a la generación del ’27 española, el gótico del siglo XVIII, el fantástico y el cuento extraño. Me acomodo en el asiento del acompañante. Me arranco el cinturón de seguridad. Es como si él me  hubiera dado alguna clase de bendición. Aucun compte attente.

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