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Trilogía de La Habana

Para acercarlos a la Iglesia de Dios apartaron a sus antepasados de la idolatría. A cambio de aguardiente, tabaco en rama, pólvora de cañón, planchuelas del ancho de un machete y balas de fusil. A los traficantes como a los conquistadores los movía, claro, la piedad, tan vasta como África. La primera carga de esclavos llegó a La Habana el 18 de septiembre de 1798. En cada carga las familias eran separadas y mezcladas. Impedir que compartieran lazos de sangre y dialecto sería parte de esa incansable misión evangelizadora. El hacinamiento, el hambre, las llagas, la viruela, la travesía de meses y el trabajo esclavo el resto de sus vidas, una forma de catecismo. Hay mansedumbre y fe y una pose ritual, un gesto en común: las manos unidas. Es como si con las manos anticiparan una plegaria. Las manos y las miradas que apuntan a la reja, a las piedras, al vacío. Descienden de yorubas. El saludo en la grave música de su lengua es oluku mi. Significa mi amigo.

“Si usted no tiene libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor.” - José Luis Sampedro

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