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alejandro garcia vielma
Photo Credits: Ondřej Šálek ©

Escribí este texto tras mi salida del país, Venezuela, con destino a Buenos Aires. Es una narración de no ficción, pero con una estructura enrevesada: la única forma que encontré para contar lo vivido. Fui poseído por muchas emociones y pensamientos.  Nunca busqué la originalidad pero sí la autenticidad. Ser inmigrante podrá ser un asunto de estado, pero principalmente es una realidad que se padece individualmente. 

El azar concurrente. Cristian y yo nos conocimos cuando él era menor de edad, hoy tiene 20 años. Empezó siendo un amante furtivo de Javier, un gran amigo, quien vivía conmigo por aquellos días. Ambos entraron en una espiral amorosa. Tuve tiempo suficiente para entrever y hacer un perfil con los atributos de Cristian. Vivíamos muy cerca, Cristian tiene el hogar principal a reducidas cuadras del apartamento donde estuve la mayoría de mis años en Mérida. Dejé esa «humanidad de los recintos» de la que habla César Vallejo: «Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla». Desde el primer momento descubrí en Cristian una obstinación vital envidiable. Lo creí consecuencia de su precocidad, pero resultó al revés. La precocidad es consecuencia de esa intensidad suya para hacerse de lo querido, agotarlo y cargar con las consecuencias. Hoy lo sé parte de su carácter.

Cristian cumplió la mayoría de edad y abandonó el país para estudiar en París. Siempre estuvo muy atento a mis publicaciones en Facebook e Instagram. Unos meses atrás me escribió por el chat de Facebook, intercambiamos nuestros números y tuvimos una larga conversación por Whatsapp. Me comunicó el plan de volver a Venezuela en septiembre para visitar a la familia y hacer un documental audiovisual. Propuso en la école d’arts, donde estudia, un proyecto para hacer una exposición fotográfica en el puente Simón Bolívar y grabar en video todo el proceso. Me dijo que viajaría acompañado por una buena amiga francesa con estudios de antropología, quien lo apoyaría con todo los trámites. Volverían juntos a París los primeros días de octubre.

Mucho antes de conocer a Cristian, mi madre me regaló un teléfono con una línea de código residencial. Físicamente es igual a sus ascendientes, los teléfonos fijos inalámbricos, un cambur plástico negro sin cableado en una base y con tarjeta SIM. El cambur plástico me mantuvo comunicado las muchas veces que perdí, estropeé o me robaron los teléfonos inteligentes. Acepta línea móvil, pero la misma corporativa: Movistar. Estando en primer semestre de «Letras» conocí a Javier, yo andaba para arriba y para abajo con el cambur plástico. Años después, cuando vivíamos juntos, Javier empezó a usar el cambur plástico y a salir con Cristian.

El Samsung J7 que estaba usando murió mientras visitaba a mi padre. Fuimos a la playa, caí en las aguas saladas de las hermosas costas del estado Falcón por accidente y tenía el teléfono dentro de un bolsillo. Apenas llegué a Mérida busqué el cambur plástico negro y lo hallé. Intercambié los SIM y recuperé la línea. Esa misma noche recibí una llamada de Cristian preguntando dónde estaba. Había llegado a Venezuela días antes. Quedamos para vernos la tarde siguiente en el apartamento, pidió permiso para visitarme con su amiga francesa.

Marina Sau, resultó llamarse la amiga francesa.


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