Somos una revista independiente que sobrevive gracias a tu apoyo. ¿Quieres ser parte de este proyecto? ¡Bríndanos un café al mes!

MADRID: Él es alto, delgado y fuerte a la vez. Su pelo, entre gris y blanco, tiene el color de las primeras nubes que anuncian la llegada del otoño. Su piel es blanca, aunque curtida por el sol. Su cara, con pocas arrugas –aunque muy marcadas – transmite paz y armonía. Sus manos son fuertes. Sus dedos largos y delgados, castigados por el trabajo. Más los de la mano izquierda, en la que las yemas se cubrieron de callos para no hacerse daño. Es extranjero, de algún lugar en el este de Europa. Se sienta recto sobre el borde de una pequeña banqueta de aspecto incómodo. No está solo.

Su acompañante no destaca en altura, no debe llegar al metro y medio. Su tez, morena y cuarteada, me dice que es mayor. Probablemente más que él. Tiene alguna cicatriz, de algún golpe recibido durante su vida. Sin embargo, destaca por su belleza. Su cuello es largo y delgado. Y su cuerpo sinuoso no ha perdido la forma. Su estrecha cintura y anchas caderas se posan sobre las rodillas abiertas de su pareja, casi sin tocarlo. Y él rodea con sus brazos a su acompañante.

Él, delicado pero firme, coloca su áspera mano izquierda sobre el largo cuello de su acompañante y lo acaricia mientras desliza sus dedos de arriba abajo. En el momento en el que empieza el sensual cortejo, su acompañante empieza a emitir un hermoso canto. Su voz es capaz de llegar a los tonos más graves y a los más agudos sin tener la menor de las complicaciones. Él cierra sus ojos y escucha el canto. Y lo siente. Entonces, empieza la danza. La dulce voz es acompañada por una suave coreografía en la que ambos se mueven delicadamente de un lado a otro.

No están solos. Están en una de las calles más concurridas del centro de Madrid, una peatonal entre la Plaza de Callao y la Puerta del Sol. No están solos, pero no les importa. El tumulto les resulta indiferente. Yo no puedo evitar parar al escuchar el canto, pero no cierro los ojos. Quiero disfrutar del sensual acto, de la voz, de la danza, del sentimiento que transmiten. No quiero perderme nada. No soy la única que les ve, pero somos pocos. La muchedumbre, que sube y baja por la calle, nos esquiva.

Me doy cuenta de que se hace tarde y debo seguir con mi camino. Me cuesta alejarme, pero lo hago. Despacio. No se cómo se llama, en mi mente le llamo Mstislav. El canto de su acompañante me sigue durante un rato, es la Suite para violoncello nº1 en sol mayor de Bach. Llego a la Puerta del Sol y noto que gran parte de la avalancha de gente ha parado formando un corro alrededor de algo. Mi curiosidad me llama y miro de reojo para ver qué pasa. Entre el revuelo hay dos individuos vestidos con colores metalizados, uno de ellos levita. Yo sigo andando.

Hey you,
¿nos brindas un café?