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El secreto nunca esconde

Emanuel era un ballerino, o mejor dicho, ya para aquél entonces, se había convertido en un danseur noble… mi danseur noble (I).  Él, seguramente, preferiría que fuese menos tradicionalista al hablar de su rango; muchas compañías de la nueva era utilizan un sistema neutral para clasificar las jerarquías de sus bailarines, sin distinguir su género. En fin, Emanuel era un bailarín consolidado del NYCB, el Ballet de la Ciudad de Nueva York. ¿Quién no lo elegiría? Los largos muslos de Emanuel se desdoblaban de modo inverosímil, propulsando sus delicados pies a tal altura que por primera vez llegué a pensar que un humano podía volar sin boleto de avión. Y, aún después de aquél despegue, caía en punta con un coupé. Su naturaleza nunca entendió las leyes de la gravedad. Pero, ¿quién era realmente Emanuel?

Yo crecí contemplando bailarines como Emanuel; mi padre me llevaba al ballet todos los diciembres, veíamos El Cascanueces en el Teatro Teresa Carreño de Caracas, la ciudad donde nací. Incluso, me propusieron pertenecer a su grupo de baile, decían que tenía muy buena punta, pero era tan introvertida que no acepté. Emanuel, en cambio, era valiente. No nos conocíamos aún, pero sé que él, a esa edad, ya pertenecía a una escuela actoral, mientras tomaba clases de ballet. No le daba pena cuando tenía que ser tocado por sus profesores en las evaluaciones para asegurar que su arco era el correcto, y así fue aceptado, fue creciendo hasta encontrarnos. Él y yo nos conocemos desde jóvenes. Lo vi bailar cuando las tarimas rechinaban al tratar de sostenerlo, eran muy pequeñas para el peso de su ambición. Nos sentábamos frente a las enormes vallas luminosas de Time Square, a soñar que la obra que protagonizaría Emanuel era publicitada mientras el sonido de la botella de Coca-Cola anunciaba su destape, o la bola de aquélla torre subía para recibir el año nuevo.

Emanuel pudo haber sido de cualquier nacionalidad: su tez blanca y tersa, sus ojos azules, su nariz respingada. Si no lo conociera desde hace mucho, diría que es ruso. Sin embargo, la dureza del exilio lo adhirió aún más a sus raíces, al calor de los abrazos de su madre; abrazos que habían redoblado su temperatura desde que su padre los abandonó. Él se encargó de ensayar, ella de redefinir su masculinidad: no lo soltó, no lo dejó, no aceptaría que se convirtiera en un hombre distinto al que debe ser. Por su parte, él no deseaba revivir nuevamente ése vacío, el dolor que estremeció la piel de la mujer que lo crió, por lo que –sin concientizarlo- atrajo aplausos masivos. Jamás imaginó que su desesperado grito de atención dispararía la pasión de miles de mujeres que sentían que él las rozaba cada vez que su cuerpo definía una posición. Sus pasos eran como trazos que pintan el panorama de un mejor país, o redibujan el país que existió, colmando a los nostálgicos de irrealidades.

Yo también formaba parte del público de Emanuel, quería que sus largos dedos me alcanzaran. Si él supiera lo feliz que me hacía cuando caminaba de mi brazo, no dudaría ni un minuto en cuánto lo aceptaría, mucho más cerca –inclusive-.

Y lo supo: sus largas pestañas se desplegaron una mañana, con la suerte para mí de ser la primera en ver sus insólitos ojos despertar. Habían pasado varios días extraños; invitaciones al cine, compras de regalos, conversaciones que se extendían. Él acomodaba los horarios en los que antes parecía no tener tiempo para verme.

La noche anterior bailamos hasta la madrugada; al llegar a su departamento me prestó una camisa, se arrimó al otro lado de la cama, asegurándose de darme suficiente espacio, y se durmió. Mi pensamiento se mantenía en los repetidos besos que él inició entre nuestros giros en la pista de baile. Al día siguiente no desapareció; nuestros encuentros constantes se convirtieron en otro tipo de relación. Otros días transcurrieron, Emanuel sólo me besaba, decía lo bien que la pasaba conmigo y lo tanto que me quería. Mis sueños de niña se habían transformado en los de cualquier niña común, con sus anuncios de un posible bebé, de una vida en conjunto, de que mi puesto en el Lincoln Center estaría asegurado de por vida; todo aquello que no había deseado antes. Yo veía a un ser demasiado sensible, demasiado delicado, demasiado solo para ser el estereotipo heterosexual.

Él insistió en que quería que esto funcionara, así que iríamos lento. Yo aún no podía creer que salía y dormía con Emanuel después de una semana. Como un danseur noble, en privado también, él era el bailarín que acompañaba a la bailarina y proyectaba nobleza: me balanceaba con toda su finura sobre los hombros, mientras mi falda lucía frente a la audiencia. Me presentó a sus amigos más allegados, llevándome de la mano.

Empecé a conocer realmente a Emanuel cuando le pregunté: ¿alguna vez has estado con un hombre? Mis dudas habían colmado nuestro baile. Sus pasos allegro se tornaron cada vez más tristes y pesados, ya no podía con mi peso. Con cada pregunta, él sentía que lo invadía, que le exigía, que quería transformarlo en otra cosa: un ingeniero, un científico, un doctor, un infiel, un hombre digno de la absurda sociedad que nos rodeó en el pasado. Yo no quería a ninguno de ésos hombres, tampoco al rudo y macizo que se sintió observado.

Quería que sus ojos, insólitos y dulces, no tuviesen la mirada perdida cuando me hacía el amor, o que su cuerpo no fuese lo único erecto, inclinado totalmente hacía arriba como queriendo huir de su propia acción. Ésa noche, como en muchas otras ocasiones, Emanuel sucumbió ante la presión, creyó que le clamaba que tuviéramos relaciones. Una vez más lubricó su pene y lo escondió bajo su ropa íntima. Después de revisar varias veces el celular, Emanuel se aproximó sin posiciones previas y me penetró insistentemente, como acaso pensó que los hombres se cogen a las mujeres. Insistió e insistió, yo procuraba hacer algún gemido pero me adentré en el silencio. No quería que sintiera rechazo, que iniciaba alguna discusión o que dudaba de su atracción por mí. Repentinamente, se detuvo. Aseguró que se trataba de un dolor estomacal y que estaba deseoso de esparcir su semen sobre mí. Yo no le creí. Amanecí con un ardor entre las piernas, como si mi cuerpo hubiese sido atacado o violentado. Él quiso que lo tocara, yo me negué y pregunté: ¿estás seguro de que esto es lo que quieres? Su rostro absorto consideró que no había razón alguna para mis preguntas.

Emanuel quiso preservar su mundo esotérico (2). No quiere escuchar la teoría neuroendocrina prenatal: “La diferenciación sexual genital se produce durante el primer trimestre de la gestación y la diferenciación sexual cerebral entre el segundo y tercer trimestre. Pero todos los órganos son feminizados o masculinizados, principalmente, el cerebro, como resultado de la acción de la testosterona (masculinización) o por la falta de testosterona (feminización)”. Eso significa, por ejemplo, que el cerebro femenino, independientemente del sexo genital de la persona, determina una orientación sexual hacia los hombres. “El sexo masculino con cerebro femenino resulta en gay… esta teoría está experimentalmente demostrada en mamíferos no-humanos y se supone que es la explicación de la mayoría de los casos de orientación homosexual.” Escribió Diego Alonso López, en su publicación “Biología de la Homosexualidad”, en el 2014.

Los largos dedos de Emanuel ya no me alcanzan, me enjuician.

Fui el espejo que intentó exorcizarlo; al cuestionarse, hubiese entendido que mis preguntas eran un reflejo de su ser. A los demonios no les gusta verse, y los de él no se liberarían. A pesar de su atrevimiento, de haber convivido con un hombre por varios meses, él encarna la España que existió antes del Destape. Ha tomado una decisión: ser inclasificable, aunque eso requiera perder su identidad. Se lo debe a la madre, quien no acepta su tendencia sexual, a los aplausos de la sociedad que duerme pensando que él los arropará, sin compartir la cobija.

Le hubiese dado el hijo y las risas que quiso como respuesta, si no me hubiese sentido engañada, pero la brillantez de Shakespeare me abofeteó: “No olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo que muda el aparato por instantes y que todos en él somos farsantes”.

Ya no me uno a la ovación. Espero desde mi butaca, ahora paga, saber si –como la Teoría del Cisne Negro– Emanuel racionalizará por retrospección nuestro acercamiento o, si a caso, deseoso de asumir el papel principal, lo veré suicidarse como el Cisne Negro, por las apariencias. 

Madres y padres: Lo único correcto es dejar vivir a los hijos, es por eso y para eso que les damos vida. El ser encarcelado nunca se convertirá en un gran hombresólo en apariencia.


(I) Danseur Noble: Pareja principal masculina de la bailarina

(2) Esotérico, ca: adj. Dicho de una cosa: Que es impenetrable o de difícil acceso para la mente

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marie y gomez
marie y gomez
6 years ago

Excelente relato, lamentablemente retrata fielmente el dilema de miles de personas que no aceptan con naturalidad su verdadera secualidad, por muchisimas razones, algunas incluso validas y es que el miedo a la intolerancia es definitivamente una barrera a veces imposinle de franquear, felicitaciones a Natalia Bravo por acercar nuestras conciencias a esta realidad cada dia mas actual.

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