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Mis Cumbres Borrascosas

“Yo vengo de las montañas.
Desde muy lejos,
desde uno de aquellos valles que conducen hacia las montañas.
Allá donde los hombres llevan luces en las manos.
(…)
Dije que venía de las montañas.
Allá también se muere cuando se comienza a olvidar
y el hombre se lleva las manos a los ojos para defender las últimas imágenes
y se asusta de los rostros que lo rodean.”

Oswaldo Trejo, Los hombres también son ciudades.

Uno de mis libros favoritos es Cumbres Borrascosas -al igual que todos los demás libros de las hermanas Brontë-. Las razones son muchas y una de ellas es the moor, el páramo. El paisaje es en Cumbres Borrascosas otro personaje -tal vez el más fuerte de todos-, traducción geográfica del ánimus y ánima de los protagonistas. Heathcliff y Cathy son también un páramo. Uno más frío, seco, doloroso, oscuro; distinto al que los turistas ven en las postales.

Me encuentro en una búsqueda constante de mis “Cumbres Borrascosas privadas”; que es al mismo tiempo una búsqueda de la infancia de mi padre, aquel que creció en un pueblito enclavado entre montañas y de tanto escuchar rancheras pensaba que vivía en México hasta que se mudó a la ciudad; y la de mi abuelo, quien pasó meses en una granja en medio de la nada blanca de hielo, para curarse el paludismo. Su páramo me llega a través de memorias, de historias de asesinos a caballo, mujeres cautivas, tesoros escondidos entre muros de piedra y leche de vaca fresca por mañana mientras las estalactitas colgaban de las ventanas -de alguna manera, no muy diferente a lo que narra Emily en su libro-.

Estas fotos son parte de esa búsqueda, son parte de una serie aún cruda e incompleta que traduce impresiones -por supuesto muy personales y subjetivas- de un libro amado, de personas amadas y sus recuerdos, de un espacio amado pero olvidado por todos los que vivimos en esta ciudad.


Fotos tomadas en Mérida, Venezuela.

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