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paola maita
Photo by: Håvar og Solveig ©

Recuerdo claramente la tabla de conversiones de unidades de distancia, peso y volumen que usaba cuando era niña. Me señalaba con flechas que apuntaban hacia arriba y abajo para indicarme que un kiloalgo era más que un hectaalgo, que a su vez era más de un decaalgo… Luego un milialgo era menos que un centialgo, y continuaba. Me imaginaba un ascensor que mientras subía era más grande y cuando bajaba, se hacía chiquito.

No pensé volvería a pensar en estas conversiones después de haberlas aprendido de memoria. Resulta que ahora, más de 20 años después, me encuentro pensando en los centímetros, metros y kilómetros que me separan del mundo. ¿Realmente puedo hacer una conversión?

 


 

Kilómetros

Desde hace años, entre la mayoría de las personas que quiero y yo hay miles de kilómetros de distancia.

Justamente debajo del teclado que estoy usando en este momento, hay un mapa del mundo. Me cuesta entender cómo los 10 centímetros que separan España de Venezuela representan la distancia que me separa de mi mamá.

En mi tabla de conversión no me explicaron cuántos metros o kilómetros podía viajar el cariño o cómo la preocupación por los otros no tiene unidades de medida. Da igual si me preocupo por mis amigos españoles que viven a 40 kilómetros de mi casa, por los que viven en Chile a 10.000 o por mi mamá que está a 8000.

 


 

Metros

En el suelo del supermercado está marcada con cinta plateada la distancia que debo mantener de las otras personas mientras hacemos la fila para pagar: 2 metros. Es la misma distancia que he mantenido con todas las personas fuera de mi casa desde que comenzó esto.

Dos por delante, por detrás y por los lados. Eso en mi tabla de conversión serían 20 decímetros o 200 centímetros o 2000 milímetros.

Nunca pensé que esa separación, que en principio suena pequeña, me haría sentir tan aislada del mundo. No pensé que ver huir las miradas de los demás a dos o más metros de distancia de mí fuese tan doloroso, que me harían sentir como si fuese intocable y no en el sentido de poderosa, sino en el sentido de sentirme sucia constantemente.

 


 

Centímetros

Los centímetros que me separan de S. cuando dormimos son lo más cerca que he podido tener a otro ser humano desde que comenzó el confinamiento. El dormir abrazados se ha convertido en un acto de rebeldía, de escupirle a la muerte en la cara, de retar a las reglas, de sentir que esos miles de kilómetros o los dos metros no existen de la puerta de la casa para adentro.

Esos centímetros se han convertido en mi propia revolución en contra de la tabla de conversiones que intentaba explicarme cómo puedo hacer iguales los kiloalgos a los centialgos a los milialgos.

Quizás, después de todo, esas unidades son imaginarias y no funcionan para medirlo todo.


Photo by: Håvar og Solveig ©

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