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Photo Credits: Hey Paul Studios © 

La familia nos dio la entrada al feminismo

Mi papá me lo dijo la otra noche: “Mi mamá siempre mandó en mi casa”. Mi abuela la dominante, la que durante años instauró un matriarcado en su hogar, comportamiento heredado de su madre y que ayudó a sentar las bases de transformaciones extravagantes en su descendencia. Hoy, mi hermana y yo somos feministas y defensores de las libertades identitarias. La familia contribuyó, obvio.

Recuerdo alguna vez estar en la universidad y oír a una profesora de economía decir que cursar la educación superior era un trabajo de varias generaciones. De ahí aprendí una lección importante: si uno tiene apertura a ciertas ideas, en parte es por un contexto familiar que permitió esa “iluminación”.

Mi abuela crió machos, sí, y hombres aguerridos, sí, y hombres “conquistadores”, sí, pero bajo un dominio total representado por ella. Poco a poco el tiempo fue demostrando que había dejado las semillas de la deconstrucción de la feminidad, pues mis tíos y papá buscaron como parejas a mujeres empoderadas o “de carácter fuerte”, dominante. Allí se construyó el segundo pilar.

El asunto va más allá. Porque el feminismo es una cosa, pero entrar a cuestiones LGBTTTI puede resultar mucho más “aberrante” para las buenas conciencias de una familia, sin embargo, hasta en ese punto mi abuela tuvo una influencia sobre nosotros. Comiendo con mis abuelos una temporada que fui a cuidarlos, vi toda la programación que ellos consumen en la televisión. Además de varias películas de vaqueros, en las mañanas sintonizan “Diálogos en confianza”, un programa de educación familiar. Me tocó ver su reacción ante los temas trans (delicadísimos para muchos). En vez de recibir las respuestas clásicas y conservadoras, mi abuela opinó que si hubiera tenido a un hijo así lo querría como a todos. “No habría nada de malo”, salió de sus labios.

Más allá de cualquier “influencia de la dictadura de la ideología de género”, mis abuelos entendieron lo fundamental: hay que aceptar las identidades. Buscar cómo desacreditar los sentimientos del otro (amor, diferencia, feminidad, masculinidad) es un ejercicio estéril.

En cuanto al machismo, mi papá me contó de qué iba la cosa durante su crianza y después de ella, cuando salió al mundo y conoció lo duro del ambiente laboral. Por ejemplo, siempre existió en él la figura del proveedor y del hombre que sale a la calle a ganarse el pan mientras la mujer se queda en casa (en el caso de mi abuela, a gobernar). También se le enseñó el don del ligue y del estatus dependiendo de la obtención de una pareja.

Otro elemento es que se le dio un rango de nacimiento a la única mujer entre los hermanos, mi tía. Aunque ella tuvo una discordancia, al no heredar el carácter draconiano de mi abuela. Mi padre, por su parte, heredó otro rasgo que aportó a la formación de un futuro feminismo: la rebeldía. Fue el primero en casarse, el primero en irse de su casa, el primero en tener hijos y el rebelde contra las normas de obedecer al matriarcado (irónicamente). Mi abuela, como había pasado con su madre, obedeció e inculcó el mandado de los hijos obedientes a la matriarca, aunque estos ya estuvieran casados y tuvieran su propia familia.

Todo se enlaza. Mi hermana tiene el carácter fuerte y se ha empoderado con mucha facilidad. Yo, de carácter mucho más frágil, me he sentido identificado con eso que la normatividad de género llama “lo femenino” (heredado de la emocionalidad de mi madre). Con el avance de nuestro aprendizaje de las teorías del género, el erotismo y la lucha por un mundo más justo pudimos comprender que dentro de la familia encontramos rasgos en cuyo futuro puede estar el crear en nuestra descendencia (si la tenemos) un mejor entendimiento de la desigualdad, la crueldad y la violencia.

Por lo pronto, y como parte de esa familia desarrollándose, que crece, prometemos intentar no poner resistencia a ideas nuevas, pues probablemente serán el futuro de una sociedad más justa. Será trabajo de la teoría y estudio del futuro el detectar quiénes son las víctimas y quiénes son los victimarios; cruzamos los dedos para que la idea perdure, la de alguien oprimido que encuentra un fósforo en la habitación oscura. “Soy libre”, podrá decir, como en su momento hicimos nosotros.


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