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Daniel Campos
Photo Credits: Guy MOLL ©

Los tendederos de Lisboa: Walking Around

El sol matinal ilumina mi cuevita brooklyniana. Mientras me tomo un café negro recién chorreado y miro el video de “Meu amor de longe”, un fado alegre de Raquel Tavares, se me viene a la mente y revive en mis sentidos una escena de Lisboa a fines de setiembre pasado.

Domingo, antes del atardecer. Camino con Lucas y Rachel, mis amigos cariocas, por el antiguo Bairro Alto, en las cercanías de Bica. Las callejuelas son tan angostas que parece que con los brazos abiertos uno podría tocar las fachadas de las casas que se enfrentan. Son casitas de tres o cuatro pisos, muy juntas, amarillas, blancas o rosa. En cada piso alto hay un balcón con barandilla de hierro, generalmente adornado con geranios escarlata en macetas de arcilla. Sobre cada balcón o bajo cada ventana hay un tendedero cuyos mecates o alambres se amarran a brazos de metal aferrados a las fachadas de las casas respectivas. Los apartamentos son pequeños, la mayoría sin terraza, excepto los del piso superior, por lo que la ropa se tiende así.

Esta tarde de domingo los tendederos están repletos de ropa: sábanas, vestidos, pantalones, blusas, ropa interior, medias, camisetas, camisas, enaguas. Por la ropa tendida podés conjeturar si aquí o allí vive una familia con niños, un tipo soltero, una anciana, una pareja. Hay poca brisa, por lo que las prendas cuelgan estáticas, aunque en los pisos más altos de vez en cuando un soplo mece alguna sábana o vestido. Pero ninguna prenda gotea. Lucas me explica que hay códigos: se cuelga la ropa húmeda a la vista de todos, pero tiene que estar bien escurrida para que no gotee y moleste a vecinos y transeúntes.

En el poema «Walking Around», Pablo Neruda expresa la angustia existencial que sentía al caminar, solo y aislado de los demás, por algunas calles. En los últimos versos del poema escribe:

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

En alguna época sentí esa angustia nerudiana. No siempre. Sólo a veces, pero con intensidad. La llevaba conmigo en algunas caminatas por Nueva York, San José, São Paulo.

Pero hoy veo las ropas que cuelgan en los tendederos de Lisboa, una ciudad donde vive gente muy querida, y me siento gozoso. Las ropas tendidas no lloran. Canto con Raquel Tavares:

Barcos e gaivotas do Tejo
Vejam o que eu vejo, é o sol que vai brilhar.
(…)
Chega de tragédias e desgraças.
Tudo a tempo passa, não há nada a perder.

Y es así. Atisbo en la distancia el río Tajo. Barcos lo navegan y gaviotas lo sobrevuelan. Brilla el sol y aunque ya se acuesta, el azul del cielo es aún intenso y luminoso. Las ropas me parecen banderas multicolores, estandartes de alegría, de vidas compartidas, en el Barrio Alto.


Photo Credits: Guy MOLL ©

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Sonia DV
Sonia DV
4 years ago

Precioso relato. Para los que amamos Lisboa y Portugal en toda su extensión, Daniel ha conseguido transportarnos de nuevo allí y saborear el olor de hogar y ropa tendida. Gracias

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