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Ilan stavans, Federico Sucre, margara russotto
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Leoncio Martínez (1888-1941) (Cap. II)

The Lyrical Mandate / El mandato del canto

Antología de poesía venezolana del siglo XX

Nacido en Caracas, Leoncio “Leo” Martínez también fue humorista, periodista, caricaturista, dramaturgo, editor y autor de canciones populares. Fue uno de los promotores más importantes del Circulo de Bellas Artes, fundado en Caracas en 1912. En 1923, colaboró en la fundación, con el poeta Francisco Pimentel, del semanal humorístico El Fantoche, que defendió nuevas corrientes literarias y criticó al dictador Juan Vicente Gómez. Fue arrestado varias veces por su posición política por los gobiernos de Gómez y Eleazar López Contreras. Como caricaturista de renombre, publicó en periódicos como El Cojo Ilustrado y La Voz del Pueblo, El Nuevo Diario, La Linterna Mágica y Pitorreos. Martínez demostró su talento en su trabajo artístico y en numerosas obras de teatro. Escrita en la prisión La Rotunda en 1920, su célebre poema “Balada del preso insomne” imagina su vida en el exilio, lejos de su patria amada.

Born in Caracas, Leoncio “Leo” Martínez was also a humorist, journalist, cartoonist, playwright, publisher, and lyricist of some popular melodies. He was one of the top promoters of the Círculo de Bellas Artes, founded in Caracas in 1912. In 1923, he co-founded, with poet Francisco Pimentel, the weekly humor publication Fantoche, which defended new literary trends and criticized dictator Juan Vicente Gómez. Due to his political views, Martinez was imprisoned several times during the governments of Gómez and Eleazar López Contreras. As a renowned caricaturist, he published in newspapers such as El Cojo Ilustrado, La Voz del Pueblo, El Nuevo Diario, La Linterna Mágica, and Pitorreos. Martínez showed his artistic talent in the artwork and decoration of numerous plays of the time. Written in La Rotunda prison in 1920, in his celebrated poem “Balada del preso insomne” (Ballad of the Sleepless Prisoner) he imagines a life in exile, away from his beloved homeland.

 

Balada del preso insomne

 

I

Estoy pensando en exilarme,
en irme lejos de aquí
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir:
sobre los fueros: hombre-humano
los derechos: hombre-civil.
Por adorar mis libertades
esclavo en cadenas caí:
aquí estoy cargado de hierros,
sucio, famélico, cerril,
enchiquerado como un puerco,
hirsuto como un puerco-espín.
Harto en el día de tinieblas
asomo fuera del cubil
bien la cabeza, bien un ojo,
bien la punta de la nariz;
temeroso de un escarmiento,
encorvado, convulso, ruin,
—como ladrón que se robase
sólo el reflejo de un rubí—
por mirar brillando en el patio
el claro sol de mi país.

 

II

¡Sol para iluminar ensueños
de vastos campos sin confín,
del cielo abierto a la esperanza
de las alas tendidas. Y
aquí alumbra torvas miserias,
venganzas crueles, odio vil
y un dolor que no acaba nunca
ante otro dolor por venir…
¡Oh la bendita tierra extraña
donde nadie sepa de mí!,
a donde llegue de atorrante
sin ambiciones de Rothschild
con la mediocre burguesía
de que me dejen existir!
Hablaré mal en otro idioma,
comeré bien otros menús,
y alguna tarde arrellanado
en mi sillón de marroquín,
viendo a través de los cristales
un cielo de invierno muy gris,
pensaré en los muertos amados,
en los amigos que perdí,
en aquella a quien quise tanto
con la vesania juvenil
de cuando iluminó mis sueños
¡el claro sol de mi país!

 

III

Estoy pensando en exilarme,
me casaré con una miss
de crenchas color de mecate
y ojos de acuático zafir;
una descendiente romántica
de la muy dulce Annabel Lee,
evanescente en las caricias
y marimacho en el trajín,
y que me adore porque soy
tropical cual mono tití…
que me pregunte ingenuamente
—¡y yo no la habré de desmentir!—
cómo es cierto que en Venezuela
los coches de la gente chic
los tiran parejas de tigres,
de tigres “tamaños así…”
(y la altura de un elefante
marcará su mano pueril).
¡Qué fantasías desarrolla
el claro sol de mi país!

 

IV

Mis hijos han de ser gimnastas
con el ímpetu varonil
de quien tiene libres los músculos
libres el pensar y el sentir,
pues nacerán en tierra extraña
y no en la tierra en que nací;
y mis nietos, gigantes rubios,
de cutis de cotoperiz,
bíceps y espíritus de atletas
con volubilidad infantil,
puede que sí se me parezcan,
tal vez tengan algo de mí:
la realidad de mis ensueños,
la mentira de mi sufrir.
¡Pero en vano entre sus cabellos
hundiré mi mano febril,
echaré hacia atrás sus cabezas
y buscaré, sin conseguir,
en el fondo de sus miradas
el claro sol de mi país.

 

V

Y cuando ya, siempre extranjero,
descanse más libre por fin,
y tenga lo que a mi me niegan:
la libertad del buen dormir,
en un cementerio evangélico,
cubierto por el cielo gris,
allá que no hay flores al año
sino una vez, mayo o abril,
a falta de la cruz de té,
del nardo, la rosa o el lys,
colocarán sobre mi tumba,
grabado a rasgos de buril,
un versículo de la Biblia
o algunas coronas de zinc.
Y ya muchos años más tarde,
muy cerca del año 2000,
mis nietos releyendo las fechas
de mi muerte y cuando nací,
repetirán lo que a sus padres
cien veces oyeron decir:
—¡y le darán cierta importancia!—
“el abuelo no era de aquí,
“el abuelo era un exilado,
“el abuelo era un infeliz,
“el abuelo no tuvo patria,
“no tuvo patria…” ¡Y ellos sí!

 

VI

¡Ay, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000,
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

 

Ballad of the Sleepless Prisoner

 

I

I am thinking of embracing exile,
of moving far away from here
to a foreign land where to enjoy
the freedom to live:
about codes of law: man-human
rights: man-civility.
For loving my liberties
I fell into slavery in chains:
here I am overwhelmed by iron,
dirty, famished, coerced,
like a pig corralled in mud,
wiry like a porcupine.
Tired by day of darkness,
I put my head
out the den, perhaps an eye,
perhaps my nose tip;
afraid of punishment,
bent, convulsed, ruined—
like a thief stealing
only a ruby’s reflection—
I see, glowing in the patio,
my country’s clear sun.

 

II

A sun to illuminate reveries
of vast fields without confine,
of a sky embracing the hope
of opening wings. And
here it lights fierce miseries,
cruel revenges, vile hatred,
an unending pain
before another pain to come…
Oh, sacred foreign land
where no one knows me!,
where I arrive a bum
without Rothschild’s ambition
with the mediocre bourgeoisie
leaving me alone!
I shall speak a broken language,
shall eat well from other menus,
and sitting back some afternoon
in my Moroccan sofa,
looking through the windows
a gray winter sky,
I shall think of the dead I loved,
friends I lost,
the woman I loved dearly
with youthful rage
for enlightening my dreams,
my country’s clear sun!

 

III

I am thinking of embracing exile,
getting married to a Miss
with rope-color blond hair
and aquatic, Sapphire-eyes;
a romantic descendant
of the sweetest Annabel Lee,
evanescent in her caresses
and a tomboy for the bustle,
who adores me for just being
tropical like a Ti Ti monkey…
who asks me naively
—and I shall not belie—
if it’s true that in Venezuela
chic people’s cars
are pulled by pairs of tigers,
tigers “as large as this…”
(and the height of an elephant
her puerile hand will mark).
Such fantasies develop
my country’s clear sun!

 

IV

My children will be gymnasts
with manly vigor
of those whose muscles are free
free to think and feel,
for they shall be born in a foreign land,
not in the land I was born in;
and my grandchildren, blond giants
with silk complexion,
biceps and athletic spirit
and childish volubility,
maybe will look like me,
perhaps they’ll have something from me:
the reality of my fantasies,
my suffering lies.
But in vain I’ll dig in my feverish
hand in their hair,
and pull back their heads
and look, without luck,
in the bottom of their eyes, for
my country’s clear sun.

 

V

And when, always a foreigner,
I shall at last rest,
and have what I’ve been denied:
freedom to sleep at ease,
in an evangelical cemetery,
covered by the gray sky,
where there are no perennials
but only once, in May or April,
and since the tea’s cross,
nards, roses, and fleur-de-lys are missing,
over my tombstone shall hang,
in the engraver’s chisel,
a verse from the Bible,
and a few zinc crowns.
And already many years later,
closer to the year 2000,
my grandchildren, rereading
my death and birth dates,
shall repeat what they heard their parents
say time and again
—and shall grant this some importance!—:
“Grandfather wasn’t from here,
grandfather was an exile,
grandfather was a no one,
grandfather had no country,
no country…” And they did!

 

VI

Ah, who knows if by then,
already near the year 2000,
shall be granting freedom light
my country’s clear sun!

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