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Sergio Marentes
Photo Credits: Tucker Leary ©

Huellas de la enfermedad que seremos 

Me despierta la noticia milagrosa que dice que los pacientes con diabetes ahora podrían monitorear permanentemente sus niveles de azúcar en la sangre gracias a un nuevo tipo de tatuajes ortopédicos. No puedo evitar preguntarme de inmediato si mi abuela se hubiera tatuado para no tener que estar victimizada a diario con esas agujas diminutas y las respuestas tan variables como erróneas de los glucómetros de bolsillo. No sé qué se hubiera tatuado ni me lo quiero imaginar, además. Luego, por supuesto, que yo mismo, por herencia, debería hacerme un tatuaje preventivo. Con eso ayudaría a los médicos en la redacción de una historia clínica, y les ahorraría la pregunta de la diabetes.

Según lo que dice el informe técnico de los fabricantes, el tatuaje debe de tener terminaciones circulares y, además, ser pares. Así que fantaseo con hacerme una passarola en la espalda, como sea que esta se me ocurra en el momento en que se la dibuje al tatuador. Pero más que fantasear con ella, me gustaría que asomara de alguna de sus ventanas una mujer llamada Blimunda. Y aún más allá, que ella a cada amanecer me pueda leer mis pensamientos y, mejor todavía, mi salud y no llegue a necesitar del tatuaje ni del tatuador ni, por supuesto, de la ciencia, sino apenas de la literatura. O por lo menos de Saramago, el inventor de ellas, como me ha sucedido a lo largo de toda mi vida literaria adulta.

Me despertó la noticia porque quien me tatuaba creyó que yo sufría de altos niveles de azúcar en mi sangre. Imagino que se dejó llevar por las tantas veces que me reí mientras soñaba que era una de las huellas de mi cuerpo capaz de contarme, e inventarme a mí mismo una historia.


Photo Credits: Tucker Leary ©

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