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Manuel Adrián López

Homofobia en el semáforo

A mis cuarenta y siete años nunca me había sentido acosado por mi preferencia sexual hasta hace unos días. Aquí en Nueva York, la supuesta capital del mundo fui atacado verbalmente por un señor de avanzada edad. He vivido gran parte de mi vida en Miami, rodeado de una comunidad machista y aunque a mis espaldas deben haber dicho misa, nunca nadie me ha agredido en plena calle.

Esperaba tranquilo a cruzar la avenida Nagle de camino a la estación del tren 1 en Dyckman. Iba vestido con un jean gastado y t-shirt blanco de esos que no llegan a costar ni $5.00 en Old Navy. Me escondía debajo de una gorra marrón insignificante. No llevaba una boa morada ni un arcoíris sobre mi cabeza. Soy un cuarentón, raspando en los cincuenta y bastante aburrido. No me interesa la moda. Añoro poder siempre estar lo más cómodo posible. Además, no tengo los medios para gastar una fortuna en aparentar lo que no es. Ese mito de que porque uno viva en Nueva York uno debe tener plata, no me aplica. Por otro lado, no me considero el hombre más masculino del universo, pero tampoco voy aparentando que soy Lady Gaga. Nada, que después de varios días pensando en este episodio me di cuenta que el ser diferente cuesta. He sido diferente toda mi puta vida y lo seguiré siendo.

Era un lunes creo, si era el lunes de Memorial Day. Yo iba de camino a buscar a mis amigos poetas, que nos visitaban desde la isla. Mi esposo había cocinado un arroz con pollo a su estilo (en otro momento les dejo la receta), tostones y la ensalada iba por mí, por eso de que lo quemo todo. Justo al llegar a la esquina un señor de cierta edad me enfiló la vista como si yo fuera ameba y él, microscopio. El semáforo cambió de luz y justo en ese preciso momento, el desconocido comenzó a gritar como si lo estuvieran matando. Cruzó la calle Ellwood y se detuvo justo detrás de mí. Rezumbando y eufórico se dio a la tarea de seguir con la segunda parte de su escándalo.

Quack, quack, quack, quack, quack, quack, quack,quack, quack, quack, quack, quack, quack…

Las personas que estaban en las cuatro esquinas se detuvieron. Los gritos eran tan fuertes que una señora con un bebé en un coche gris con banderitas dominicanas hizo un alto en el mismo medio de la calle. Mientras, el señor de edad avanzada se lucía. Entre cada cloqueo se detenía y gritaba “pato”, con una rabia exagerada y una saliva espumosa que se le deslizaba por el costado de su boca. El gran tenor del odio había ganado. Yo no había vuelto a mirarlo. Simplemente crucé la avenida y seguí caminando sin parar hasta encontrar a mis amigos esperándome afuera de la estación. En el trayecto intenté calmarme. Quise volver y pegarle con un pedrusco en la misma frente. Pero una voz suave, casi en susurro me fue apaciguando, incluso sentí como me golpeaba sutilmente la frente con un gajo de albahaca.

Ahora, meses después de la masacre en un club Gay de Orlando me doy cuenta que actué mal. Tuve que mínimo llamar a la policía y permanecer en esa esquina hasta que aparecieran. Tuve que haber reportado a las autoridades que ese señor estaba cometiendo un crimen de odio. Asesinar a personas por sus preferencias sexuales y hacer esto, son acciones que parten de la mente enferma de un homofóbico. El escalofrío que escalaba por mis espaldas tuve que haberlo frenado con una acción preventiva. Ese señor camina por estas calles con su odio a cuestas. Este es ahora también mi barrio. No me gustaría que repitiera su clase magistral en contra de otro hombre o mujer que aparente ser diferente ante sus ojos. Al final del día, considerarme pato me ha hecho sentir superior a esa otra fauna a la que él pertenece.


Photo Credits: Michael Kowalczyk

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