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Francisco Suniaga: la escritura estaba «escrita» en su destino

NUEVA YORK: De mirada aguda, traviesa curiosidad y una ironía salada, del mismo sabor salobre del agua de mar que cobijó su infancia y adolescencia en la isla venezolana de Margarita, Francisco Suniaga estudió para ser pedagogo y abogado pero las palabras lo arrastraron, lo atraparon y lo transformaron en escritor. El escritor que más libros ha vendido en Venezuela en el transcurso de este siglo con su obra El Pasajero de Truman.

En Nueva York se sumergió en la escritura de su última novela y paralelamente aprovechó para saludar amigos y paladear la alegría de un reencuentro con una ciudad en la cual cursó un Master en la Universidad de Columbia y transcurrió años importantes junto con su esposa Guillermina Da Silva, apreciada diplomática, y sus hijos aún pequeños.

Suniaga pertenece a la generación de los ’50, años en los cuales Venezuela, tras salir del yugo de los regímenes dictatoriales, el de Gómez antes y el de Pérez Jiménez después, empieza a construir el sueño de la democracia.

Margarita la isla en la cual nace y se queda hasta el momento en el cual tiene que ir a Caracas para cursar estudios universitarios, es el lugar en el cual se desarrollan todas sus historias, todas menos la de El Pasajero de Truman.

 

Francisco Suniaga

 

Los protagonistas de tus novelas se mueven entre calles y plazas de una isla que pasó de ser un territorio casi olvidado, a transformarse en un polo turístico al cual llegaban diariamente varios vuelos internacionales, y que hoy sufre un deterioro lamentable como reflejo de la difícil situación que vive todo el país. En tus páginas pareciera que tratas de reflejar la verdadera esencia de un lugar que en ningún momento fue realmente respetado.

Esa actitud rapaz, que explota sin respeto la naturaleza, es muy común entre los venezolanos y también entre los extranjeros quienes, cuando llegan, se contaminan. Como decía Cabrujas pareciera que el país fuese provisional, algo que va a pasar, que se va a acabar de un momento a otro y por lo tanto justifica cualquier desmán. Margarita no es distinta de muchos otros lugares, es la síntesis de las vivencias de cualquier comunidad. El escritor narra la experiencia humana que se desarrolla en esos contextos.

 

¿Pero hasta qué punto el escritor logra narrar desligándose de sí mismo y de sus vivencias? ¿Cuánto hay de ti por ejemplo en el abogado Benítez, protagonista de La otra isla y de Esta gente?

Indudablemente la experiencia que tu adquieres a lo largo de la vida es lo que te permite escribir. La narrativa consiste esencialmente en eso, en tomar las experiencias humanas y narrarlas con un uso estético del lenguaje. Pero eso no significa que estés escribiendo tu vida. Benítez no soy yo. En absoluto. El mundo de Benítez no se parece al mío. Él es un abogado que se queda a ejercer en Margarita, es una persona con una visión romántica de la vida y una ética kantiana que de nada le sirven en un país como Venezuela y que más bien lo llevan casi a la miseria. No sigue casos importantes y podríamos definirlo un perdedor. Son muchas las diferencias entre su vida y la mía, hay aspectos que coinciden pero yo no podría forzar mi vida en la de Benítez porque él es un personaje que nace a raíz de muchas otras vivencias.

 

El Pasajero de TrumanTu libro más famoso y vendido, El Pasajero de Truman, se distingue mucho de los demás. ¿Cómo y por qué decidiste escribirlo?

Siempre supe que, si un día iba a escribir un libro, sería sobre el episodio del cual se desprende El Pasajero de Truman y que marca la transición del proyecto gomecista a la democracia. De niño, al notar que un amiguito cuyos padres eran militantes de Acción Democrática, tenía más juguetes y una vida un poco más holgada que la nuestra, le pregunté a mi padre porque no dejaba de militar en URD y pasaba a las filas de los adecos. En respuesta mi padre me contó la historia de Diógenes Escalante. Eran los años en los cuales Venezuela, tras la muerte de Vicente Gómez, pujaba para un cambio. Si bien Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, los generales que tomaron el poder después del dictador, fueran más abiertos y liberales, mantenían los mismos lineamientos del régimen anterior. La sociedad deseaba acelerar el camino hacia la democracia y desde el gobierno, con una maniobra muy gatopardiana, decidieron agilizar una transición ordenada. Buscaron a un personaje con ciertas características y escogieron a Diógenes Escalante,  diplomático de larga trayectoria quien, en ese momento, era embajador en Washington. Hombre de leyes, Escalante era un estadista y gozaba del prestigio del cual goza quien no ha estado involucrado en la política del día a día. Era el personaje justo para ser Presidente y dar comienzo a una transición que llevara a una Constituyente y a elecciones populares, libres y universales. Diógenes Escalante llegó a Venezuela un 7 de agosto acompañado de grandes esperanzas y el 3 de septiembre se hizo pública la enfermedad mental que venía arrastrando desde hacía algún tiempo. El fracaso de esa posibilidad movilizó al régimen a buscar un personaje sustitutivo. Nombraron al Ministro de Agricultura Ángel Biagini quien no tenía ni la misma autoridad de Escalante ni la misma libertad de movimientos. En consecuencia los otros actores políticos, in primis Acción Democrática, rechazaron esa opción y decidieron forzar la mano a los eventos promoviendo un golpe de estado. Golpe que mi papá condenaba ya que, según su opinión, había sido contrario a lo que el país necesitaba. Estaba seguro que, de haber sido posible la transición con Escalante, Jóvito Villalba, líder de URD y héroe de mi padre, hubiera sido electo Presidente. Esa historia quedó impresa en mi memoria. Lo que le pasó a Diógenes Escalante me parecía el colmo de la mala suerte para él y para nosotros también. Desde entonces empecé a interesarme por ese período histórico, leía todos los artículos relacionados y comencé una investigación más profunda cuando pensé dedicarle una novela.

 

Sin embargo esa no fue tu primera novela.

No, fue La otra isla. Por casualidad. Fue por un hecho que ocurrió mientras estaba en Alemania, país en el cual escribí todo el libro. El segundo fue El pasajero de Truman.

 

De escritura cerrada y con una capacidad muy especial de concentrar en pocas palabras una imagen, un personaje, un acontecimiento, los libros de Suniaga son difíciles de dejar. El lector se sumerge en la historia, vive con los personajes, respira con ellos, comparte sus miedos y pasiones. El proceso creativo con el cual el escritor narra sus historias se transforma en una telaraña de la cual no sales hasta llegar a la última página.

Al preguntarle sobre ese proceso creativo nos confiesa:

 

En un primer momento me dedico a pensar la novela, tomo algunas notas, trato de prever el curso que tomará la historia pero lo hago a sabiendas que pasarán otras cosas, porque cuando te sientas a escribir, la novela toma su propio curso. No significa que el escritor queda anulado sino que la novela marca una vida propia y hay que saber conciliar entre lo que te planteaste inicialmente y lo que quieren tus personajes. Hay narradores, como Javier María, quienes se sientan a escribir y punto, otros que preparan sinopsis y descripción de personajes. Yo trato de resumir la novela en una frase, una palabra que describa su esencia. Por ejemplo en el caso del Pasajero es el poder, la obsesión por el poder, en La otra isla es la locura, esa a la que está siempre expuesto el ser humano cuando se rompen algunos mecanismos que la contienen, en Esta gente es la opresión y en la última la estética. A veces, cuando llego a la mitad, decido escribir el último capítulo para que me sirva de guía, para que me indique donde hay que confluir.

 

¿Hay algún autor que ha marcado tu vida y que tiene particular influencia en tu escritura?

He leído y leo a todos los más grandes escritores latinoamericanos y también a muchos anglosajones. Todos ellos han tenido una influencia en mi como persona y como escritor. Pero al final yo trato de escribir como soy, volcado en la realidad de la que vengo. La nuez de la creación de cada escritor depende de cuan acertada sea la percepción de la realidad que lo rodea y de la gente que está dentro de esa realidad. Sin embargo el libro que más me ha impactado ha sido sin duda Cien años de soledad. Me lo regalaron unas primas cuando llegué a Caracas para ingresar en la Universidad y me atrapó porque vi reflejada en esas páginas la realidad de la que yo provenía, de ese universo familiar en el cual mi abuela antes de dormir ponía las sillas contra la pared para que no se sentaran los muertos. Con ese libro entendí realmente y profundamente el fenómeno literario. García Márquez había dado proyección universal a una cotidianidad que también me pertenecía y había contado maravillosamente un espacio muy particular en un tiempo muy particular.

la otra isla suniaga


¿Hasta qué punto, según tu opinión, la literatura de lo que se llamó realismo mágico condiciona todavía la obra de los latinoamericanos?

Lo que llamamos realismo mágico para nosotros es una realidad en la cual crecimos y vivimos. En los años ’60 un grupo de escritores narró y realzó esas vivencias. Ya no tendría sentido volver a hacer lo mismo. Nadie puede pretender escribir otro Cien años de soledad o cualquier otra novela que describe esas vivencias. Yo creo que la literatura latinoamericana ha evolucionado y sigue evolucionando muy bien dentro de lo que son sus características históricas. Son escritos con mucho contenido social y a veces político porque los nuestros son países incompletos y la literatura tiene que jugar un rol que va más allá de la simple recreación estética o de entretenimiento. Un escritor no puede darle la espalda a lo que pasa en su entorno. Por ejemplo en Venezuela vamos a necesitar escritores que participen en la construcción del gran mural de lo que estamos viviendo. Deben haber obras que dejen registro de lo que está pasando, de cuales eran las conductas de la gente que hicieron posible que ocurriera lo que está ocurriendo y que quizás hagan posible que termine.

 

Y hablando de política. Hay una frase de Richelieu que dice: “Las leyes perdonan los delitos que la fuerza nos obliga a cometer”. ¿Es lo que está pasando en Venezuela?

 

Frente a esta pregunta el semblante de Suniaga cambia. Casi nos arrepentimos de haberle arrancado del espacio solar de la creatividad para pedirle que se adentrara en una realidad cuyo recuerdo lo oscurece con la fuerza de un nubarrón. El rítmico golpear de un papel sobre la mesa testimonia el malestar que le procura hablar de lo que está pasando en Venezuela, realidad en la cual, según sus mismas palabras dichas en ocasión de un encuentro en la Universidad de CUNY, “la necesidad de la sobrevivencia mata la creatividad”. Su reflexión surge con la claridad del hombre de leyes.

 

En esa discusión sobre la naturaleza política del chavismo como fuerza social siempre ejerció una gran influencia el hecho de que Chávez fuera un militar. Un militar que amaba definirse humanista, contradicción extraordinaria ya que los humanistas se preparan en las facultades de Humanidades de las Universidades y no en las escuelas militares. Esa contradicción inicial siguió pesándonos porque fue una grave manipulación de la verdad. En la realidad Chávez era un militar con pensamiento militar y estableció un régimen autoritario cuyos mecanismos siguen persistiendo a pesar de su desaparición física. Ese régimen prevé que la última palabra la tengan los militares quienes caminan hombro a hombro con quienes juzgan la constitucionalidad de las leyes y la legalidad en general. Eso permite al gobierno violarla cada vez que lo necesita. En un primer momento el chavismo se apoyaba en tres pilares, la gente, el poder militar y el poder institucional. Hoy ya no cuenta con el apoyo de la gente pero mantiene el poder militar e institucional que le permiten hacer lo que está haciendo.

 

El país está cada día más dividido y el gobierno en vez de mitigar los ánimos intensifica la violencia del discurso. ¿Por qué?

Creo que el gobierno se siente acorralado porque ha perdido el apoyo popular. El discurso agresivo y violento deriva del miedo que les genera cualquier proceso electoral. Saben o deben saber que es imposible que recuperen el favor de la mayoría así que recurren a mecanismos intimidatorios para preservar el poder. El problema es que cuando le cierras cualquier válvula de escape a una sociedad frustrada y cansada la presión puede ocasionar un estallido social de gran proporción.

 

Suniaga vino a Nueva York en búsqueda de ese espacio de calma que necesita un escritor para crear. Durante tres meses se dedicó a terminar su último libro apreciando cada minuto del goce de la creatividad.

 

Francisco, tras ser durante tantos años únicamente un lector apasionado, ¿en qué momento decidiste pasar al otro lado y transformarte en escritor?

Nunca me planteé como proyecto de vida ser escritor. Eso era algo que yo hacía dentro de mis actividades, escribía para la prensa, dirigí una revista y escribía cuentos que guardaba para mi pero no tenía la aspiración de ser escritor. Solamente después de la publicación de mi segunda novela pensé que podía dedicarme a eso y acepté la idea de ser escritor. Quizás durante toda mi vida adulta había estado huyendo de ese destino pero los destinos son inapelables y se cumplen no obstante lo que tu hagas y desees.

 

La sonrisa traviesa que volvió a su rostro es la mejor demostración de lo acertado que fue ese destino. Una persona con la capacidad de observación de Suniaga, con la hambrienta curiosidad del panorama humano que lo caracteriza, no podía escapar del destino de contar.

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