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MADRID: Era una de esas noches en las que las ganas de no hacer nada se apoderaron de mi. Ni ver una película, ni una serie, ni simplemente encender la tele para idiotizarse con el primer canal que aparezca al darle al botón del mando. Nada. Se acercaba la media noche y la oscuridad se había apoderado de las calles. Yo, que estaba sola en casa, me tumbé boca arriba sobre la cama acompañada únicamente de la oscuridad y del silencio. Poco tiempo después pasó un coche por la calle. Iba despacio. Su luz iluminó el techo de mi habitación. La luz, tenue y cálida, dibujó la forma de la ventana en el techo y recorrió mi habitación de un punto a otro. Tal y como apareció se desvaneció, llevándose con ella el sonido del motor del coche –aunque este tardó un poco más – y dejándome de nuevo sola en la oscuridad y en el silencio. Todo este evento probablemente habrá transcurrido en menos de un segundo, fue tan solo un instante, pero para mi cabeza fue como si el tiempo se parase.

En ese momento, en el preciso instante en el que la información sobre la luz en el techo traspasó la barrera de mis ojos y llegó a mi cerebro, mi mente debió hacer alguna clase de cortocircuito y pararse. Aunque mis ojos siguiesen fijamente el viaje de la ventana de luz a través del techo de la habitación, yo había dejado de estar allí. Reconocí inmediatamente ese otro lugar al que mi mente me había llevado. De pronto me vi muy pequeña, tumbada sobre una enorme cama con sábanas blancas y un mullido edredón. Estaba en la misma posición, en el centro de la cama, boca arriba y mirando al techo. Ni era de noche, ni se escuchaban los coches pasar, pero las persianas estaban bajadas dejando a penas unas rendijas por las que la luz se abría camino. Allí me encontraba, en dos lugares y tiempos a la vez, hipnotizada con los dibujos de luz en el techo de las oscuras habitaciones.

Había olvidado por completo la paz que me invadía cuando me tumbaba en la cama de mis padres en aquel octavo piso de uno de esos edificios que se yerguen sobre las montañas que custodian el valle y vislumbran desde la altura las tripas de la ciudad, como si del Olimpo se tratara. El mismo sentimiento se apoderó de mi esa noche, en un lugar muy distinto, en el sur de una ciudad muy lejana a la anterior. Estaba flotando en la misma burbuja que hace veinte años. Por encima de todo. Alejada de las realidades de aquellas dos ciudades. Entonces sonó la puerta, un pequeño bicho peludo –Río- saltó sobre la cama para saludarme. La luz invadió mi casa y con ella desaparecieron los dibujos del techo de la habitación, sin embargo la burbuja no desapareció. Siempre ha estado en mi, o yo en ella. Aunque con el tiempo ha cambiado. Se ha hecho más clara, más transparente. Quizás porque he crecido, quizás las circunstancias la han hecho más pequeña o quizás son las dos cosas. Por un instante, mientras la luz dibujaba el techo de mi habitación, yo era pequeña y ella grande.

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