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Gleiber Alvarez

Fin de semana

—No, él ha estado fumando con la lluvia, mi Stig.

—¿Y por qué tiene esas vendas blancas, abuela? —preguntó Stig.

—Porque ahora practica boxeo.

—¿Desde cuándo?

—Bueno… desde ayer —contestó ella, limpiándose las manos con el delantal—. Es que le gusta mucho, ¿sabes?

El pequeño lo contemplaba de espaldas, tras el marco de la puerta. Se volteaba y veía a la abuela entrar silenciosa en la humeante cocina; se alejó del cuarto y se dirigió a ella:

—Pero no sé… ¿Puedo ir a saludar?

—¡Pero claro que puedes, mi Stig! —le respondió sacando una enorme olla del horno.

Ahora él recorría el cuarto oscuro con sus ojos azules. Dio un paso, pero se detuvo. “¿Y qué pasa si está dormido y yo lo despierto?”, murmuró dando otro paso adelante y echando atrás sus hombros.

A ratos las luces del crepúsculo sacaban al cuarto de las sombras. Solamente estaban recogidos los visillos, como para que quien estuviera en el sillón, contemplara el mundo por los empañados cristales.

Todavía llovía. Y conforme el pequeño Stig se acercaba, notaba pinzas, tijeras y gasas sobre la negra alfombra. Un lampo le reveló al gato que estaba inmóvil con sus ojos amarillos, bien abiertos, inexpresivos, entre dos almohadones, como si se tratase de un cojín más. Stig le hizo una mueca, pero el gato no se inmutó.

—Después me encargo de ti —le susurró al animal, que no apartaba su mirada del pequeño.

El sillón apenas humeaba. Stig veía las sombras deslizarse en el vendaje. Por la ventana los relámpagos iluminaban el cielo gris; las copas mojadas de los árboles bailaban. Y él se abalanzó.

—¡Hola, abuelito!

—¡Cielos! —masculló el abuelo, poniendo su mano en la blonda cabellera de Stig—. Me asustaste, chiquillo. ¿Cuándo llegaste?

—Mi padre me dejó con la abuelita —respondió aún asido al brazo derecho de su abuelo—. Y quería visitarte este fin de semana. ¡Qué bueno que no estabas durmiendo!

—Huy… cuidado, Stig —le advirtió con mansa reconvención al niño—. Ese brazo todavía me duele. ¿Viniste con pijama? Mejor ven acá, lobezno.

Y el pequeño se sentó en las piernas de su abuelo.

—Ya sé. La abuela me dijo que estabas practicando boxeo ayer.

El abuelo permaneció silente y dirigió la vista a la ventana.

—Abuelito, ¿es verdad? —interrogó Stig.

El abuelo seguía viendo por la ventana.

—¿Abuelo?

—¿Sí..? Dime.

—Te pregunté si te gusta el boxeo.

—Ah… Sí. Claro que sí —y el viejo esbozó una sonrisa—. ¿Yo no te conté de la vez que practiqué boxeo en el gimnasio? Yo creo que sí, ¿eh?

—No, abuelito. Tú no me contaste —le replicó Stig todo sonrisas y acurrucándose en su pecho.

El viejo empezó a contarle sus lances pugilísticos, mientras una serie de relámpagos iluminaron sus rostros.

—¿Qué es eso, abuelito? —le preguntó Stig mirando a la ventana.

—Son cuervos. No tienes nada que temer —esclareció el abuelo, soltando una carcajada—. ¿Tú conoces a los dos..?

—Abuelito —le interrumpió aún con la vista en la ventana—, ¿tú sabes lo que dicen los cuervos?

—No, mi Stig —respondió el abuelo pasándole la mano por su frente—. Ni los cuervos ni ningún otro pájaro. Hay estudios sobre la forma en la que llaman a sus parejas y cómo les advierten del peligro a otras aves. Pero nadie puede entender sus voces, nadie puede hablar con ellos, así como ahora estamos hablando tú y yo. Por cierto, ¿tú sabes la historia de los dos cuervos de Odín? ¿No? Bueno, te contaré su historia. Seguramente son ellos que revolotean por el jardín.

En la cocina, la abuela estaba envuelta en el vaho de las ollas, sonando los cubiertos de las gavetas que abría y cerraba. Sobre la mesa había un bol con bollos calientes, frambuesas, arándanos azules, nueces, otras frutas secas y un pastel aún sin decorar que humeaba envuelto en un trapo rojo.

—¡Stig, ven un momento a la cocina!

—Escucha —dijo el abuelo, interrumpiéndose—. Creo que te llaman de la cocina.

—¿Y quién? —preguntó Stig.

—Pues, quién más… Tu abuela.

—¿Y si mejor voy después? —le propuso, ahora buscando el resplandor que había entrado por la ventana.

—¡Stig! ¿Me escuchas, pequeño?

—Anda. No la molestes, que yo sigo contándote apenas regreses. Yo no voy a irme —le aseguró el abuelo, dándole un beso en la frente.

Stig salió corriendo a la cocina y el viejo se quedó observando las gotas que resbalaban por el vidrio de la ventana. Dos pitilleras negras estaban abiertas sobre un buró, junto a unos ceniceros llenos, cerca del sillón.

El abuelo de Stig había cerrado los ojos, reclinándose en el espaldar, dejando las manos abiertas.

—Mira —le mostró la abuela—, te llamé para que veas los dulces que estoy preparando. Huelen bien, ¿no? Este es el de la señora Sigrid, nuestra vecina, ¿la recuerdas? Ella vendrá después de la cena.

—Sí, sí —replicó Stig olisqueando el pastel recién sacado del horno, contemplando las bandejas humeantes—. ¿Ya puedo comer una rebanada, abuelita?

—¿Cómo crees? Es que recién lo saco. Más bien hay que tener cuidado para que ninguno de los dos nos quememos —le explicó sujetando el pastel con sus guantes de hornear y poniéndolo sobre una base, junto al que aún no decoraba, en el centro de la mesa.

Stig, acodado entre las bandejas, manoseó los bollos de canela del bol.

—Abuelita, ¿puedo comerme uno?

—Recuerda dejar espacio para la cena —le dijo la abuela con una mirada tierna, mientras cuchareaba una masa blanca.

Ella contemplaba al pequeño devorar un bollo de canela, con la mesa casi repleta de frutas, tartas y pasteles que debía terminar. Luego colocó la masa junto al fregadero y sacó una olla de patatas del refrigerador.

—Sabes, querido —le contó ella mientras lavaba las verduras y Stig acababa su bollo—, mucho antes de que llegaras, después del almuerzo, cuando todavía fregaba las vajillas, tu abuelito me dijo que oyó tus risas —ahora estaba desenvolviendo unas servilletas de tela y le pasaba una al niño—. Y yo le dije que precisamente había pasado por ahí porque también las había oído. Hasta me pareció escuchar tu voz por las escaleras, y le dije a tu abuelo que era bueno no haber sido la única que te escuchó.

—Pero abuelita, yo estaba en casa con papá Lars. Yo no…

—Lo sé —aprobó la abuela—. Ya nosotros sabíamos que tú ibas a venir este fin de semana. Escucharte solo nos lo confirmó. Toma un poco de tarta.

Y el pequeño devoró gustoso la rebanada de tarta que su abuela había rociado con chispas de chocolate y almendras.

—Sabes —prosiguió la abuela, mientras montaba a hervir las patatas—, no creo que hoy amaine esta lluvia.

—¿Qué es amainar, abuelita? —preguntó Stig desde la mesa.

—Bueno, que la lluvia o una tormenta va perdiendo fuerza hasta que para de llover. Hasta que al cielo —y se volteó sonriendo— se le acaba el agua.

—Ah, ya entiendo —dijo el pequeño limpiándose la boca con la manga de su pijama—. La semana pasada fue aguanieve y esta es solo lluvia, ¿verdad, abuelita?

—Ajá —exclamó ella espolvoreando una taza—. Y así hasta que se abran todas las flores.

El pequeño Stig recordó que tenía una conversación pendiente con el abuelo y corrió directo a su cuarto.

—¡Espera! Olvidé darte el vaso de leche —gritó la abuela desde la cocina.

—¡Está bien! ¡No quiero, abuelita! —respondió Stig desde el marco de la puerta.

—¡Muy bien! Pero pregúntale a tu abuelo si también quiere un pedazo de tarta con su té… para que acompañe la pastilla.

—¡Sí, eso haré!

Los gritos habían despertado al abuelo.

Cuando Stig se puso frente a él, siquiera antes de abrir la boca, el abuelo le dijo:

—Dile que no. Que yo mismo voy a buscar mi pastilla y que guarde el té. Esta noche —dijo, ahora hablando consigo mismo— me beberé un buen vaso de agua. Tú espérame en la cocina —y apuntó a Stig con la pitillera—, que iré con ustedes en cuanto termine con este cigarrillo. A ver… Sí, ya quedan pocos.

El niño salió disparado a la cocina y más atrás fue el gato, que había respondido a la llamada de la abuela.

—Abuelita, ¿por qué a ti sí te hace caso?

—Ah… Bueno, porque yo soy su dueña —le dijo la abuela, cubriendo otro pastel, que recién salía del horno, con un paño de cocina—. Y Copito sabe que siempre le conviene cuando lo llamo desde la cocina. Solamente míralo, ¿no es una ternura este Copito?

El enorme gato níveo movía la punta de la cola enhiesta de un lado a otro en la entrada de la cocina.

—Además —agregó la abuela—, los gatos no son como otros animales. Ellos ven el mundo diferente y son más inteligentes de lo que las gentes creen. Recuerda que también sirve que lo llames por su nombre, y si quieres que se encariñe contigo, acarícialo de vez en cuando. Hasta tú te pareces a Copito con ese pijama.

Stig jugaba con las nueces que comía, y la abuela, que guardaba un manojo de tenedores plateados en el aparador, le preguntó:

—Entonces, ¿tu abuelo no tomará té esta noche? —y miró a la mesa para asegurarse de que el pequeño la hubiese escuchado.

Stig solamente asintió.

En el cuarto, el abuelo estaba terminando el cigarrillo y ya se había levantado. Primero arrojó la colilla apagada al cenicero, para irse a frotar, con uno de los visillos, el cristal empañado; lo hacía con suavidad. Después, recostado del cristal mismo, su faz se iluminó por los relámpagos que salpicaban las cimas de las lontananzas, tras el bosque, ahora envuelto por la luz mortecina que descubría la desnudez de los alisos azotados por el viento.

Tronaba. Y él oteaba a las luces de las cabañas distantes. Miraba gotear a las hojas de los fresnos que ocultaban un meandro espumoso, pendiente abajo, entre robles inquietos, hasta los pedruscos de su jardín inundado. Cabizbajo, también contemplaba la yerba hundida en los charcos.

Su aliento empañaba el vidrio; hasta que dejó la penumbra súbitamente alumbrada.

Él estaba cruzando la habitación, cuando escuchó varias veces su nombre.

—Bjørnson, Bjørnson… Por favor, apresúrate.

En la cabecera de la mesa Stig vaciaba un tarro de mermelada sobre su pan. Dos orejitas blancas sobresalían de su capucha puesta. Y Bjørnson se deslumbraba ante los vahos y el suave resplandor de la cocina.

—Recuerda que ese sándwich también lleva salmón —le dijo la abuela.

Ella cortaba los arándanos y le daba trozos de pescado a Copito, que tenía las patas puestas en su regazo.

—Las pastillas están junto a tu plato —señaló ella cuando Bjørnson se sentó. 

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