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esteban ierardo
Photo by: Manuel ©

En Cracovia

En la noche llegamos a la estación de Kraków Glówny, y nos asomamos a las calles de Cracovia. Empezamos a preguntar por su casco histórico: el Stare Miasto.

De a poco, lo desconocido se nos convertirá en lo familiar en la ciudad de 766 000 habitantes, en el sur de Polonia, la antigua capital polaca, hasta que Varsovia adquirió esa condición en 1596.

Luego de ser destruida por los mongoles en 1241, Cracovia fue una de las ciudades más poderosas de Europa. Su prosperidad colapsó en el siglo XVIII. Las guerras de partición de Polonia fueron el límite. Entonces, cayó bajo la dominación de rusos, franceses y austrohúngaros.

Al poco tiempo de andar, a Laura y a mí, nos atrae una vieja librería que asoma ni bien salimos de nuestro alojamiento en la calle Tomasza: la librería Wojtowicz. En sus vidrieras relucen abundantes libros de tapa dura de arte, filosofía, religión, de notable calidad de edición.

Esa librería ratifica el lazo visceral de las letras y el arte con la Cracovia declarada por la Unesco “ciudad de la literatura”. Su inquietud cultural rebasa lo promovido por vías institucionales por incluir también el impulso de iniciativas privadas que se plasman en numerosas tertulias y cafés literarios. La atmósfera bohemia de esos lugares abraza el recuerdo de grandes escritores vinculados con Cracovia: la poetisa premio nobel Wislawa Szymborska; el también premio nobel  Czeslaw Milosz; Stanisław Lem, hacedor de visiones futuristas en Ciberiada Solaris; incluso el célebre Joseph Conrad, el autor de El corazón de las tinieblas, habitó un tiempo en la ciudad antes de iniciar su vida aventurera.

Un poco más allá, nos impresiona el teatro Juliusz SłowackiUna gema de la arquitectura teatral europea, diseñada por Jan Zawiejski, de un estilo ecléctico y elementos neobarrocos. Para ser construido, entre 1891 a 1893, se debió derrumbar una iglesia y un convento, lo que provocó una airada reacción entre los conservadores.

Nos sorprende la bella estampa de ese edificio, sólido y delicado, aún más vivo en la noche, con el nombre de un poeta, Slowacki, todo un arquetipo del romanticismo místico polaco del siglo XIX.

A poca distancia, confluimos en un sitio emblemático de la ciudad que ya habíamos entrevisto en fotografías: la gran plaza central de Cracovia, Rynek Główny en polaco.

Trazada en 1275, es la plaza de origen medieval más grande de Europa. En su centro está La lonja de los Paños o Sukiennice, un edificio que impresiona con sus 108 metros de largo y 10 de anchura. Alcanzó esas proporciones en tiempos de Casimiro el Grande. Luego de quemarse en la época renacentista, fue reconstruido con la intervención de manos italianas, las de Santi Gucci, artista de corte, y de Giovanni Maria Mosca, arquitecto, escultor, y gran medallista de la época manierista.

En la planta baja, en una galería bajo arcadas ojivales neogóticas, recorremos multitud de puestos que ofrecen artesanías, cerámicas, pieles, cueros, ropas. La plaza, en su derredor, era el Camino Real, la vía de desfiles hacia la cercana Catedral de Wawel, el centro del poder eclesiástico y monárquico de Polonia, el lugar de la coronación tradicional, y entierro, de los monarcas polacos. Como ven, un lugar lleno de historia.

Aquí también, Tadeusz Kosciusko, un personaje de novela que solo el siglo XIX podía producir, gran revolucionario que combatió en Estados Unidos a favor de su guerra de independencia, en 1794, declaró el levantamiento polaco contra la dominación del imperio zarista ruso.

En unos de los extremos de la gran plaza se yergue la Basílica gótica de Santa María. Sus altas paredes de ladrillos fueron construidas sobre las ruinas de una iglesia anterior devastada por los mongoles. Cada hora, desde la parte alta de la torre norte, un trompetista toca la melodía tradicional polaca Hejnal mariacki, que se transmite al mediodía por la radio a todo el país. La costumbre recuerda la muerte por un tiro en la garganta de un trompetista en el siglo XIII, mientras con su instrumento daba la alarma de la llegada de los feroces mongoles. Una diaria evocación de un héroe anónimo que insiste en su advertencia desde los tiempos medievales.

En  la plaza, vemos también el monumento a Adam Mickiewicz, otro poeta y patriota polaco muy importante en la historia de su país. Y la Torre del Ayuntamiento, a un costado de la cual se encuentra una singular cabeza tumbada…

El Eros Brendato o “La cabeza de Cracovia”, para algunos, del escultor polaco Igor Mitoraj, alumno de la Academia de Bellas Artes de Cracovia, en la que ingresó por la ayuda de Tadeus Cantor, el famoso exponente del teatro experimental. La cabeza hecha en acero yace reclinada, enfundada en lo que parecen vendas, acaso el testimonio de las heridas que desgarraron a la sufrida Polonia.

En la plaza, al día siguiente, se aglutinarán los puestos de comida de una feria provisoria, pero el día de nuestra primera visita, en la plaza desnuda, nos sorprende también un pozo, y al lado lo que parece una bomba de agua, y una placa que dice Walenty Badylak.

En ese exacto lugar el 21 de marzo de 1980, Badylak se prendió fuego. Era un panadero jubilado, miembro en su juventud del Ejército Nacional Polaco. Con su acto desesperado buscaba llamar la atención sobre la negación, o directo olvido, por el gobierno comunista polaco de la matanza de Katyn.

En la primavera de 1940, luego de la invasión germano-soviética a Polonia, en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, casi 22 000 polacos, entre soldados y policías, y numerosos intelectuales capturados, muchos residentes de la misma Cracovia, fueron fusilados en el bosque de Katyn en Smolensk, y otros lugares. En Katyn fueron  enterrados en una gran fosa común. Al principio fueron culpados los alemanes. Pero hoy, mediante documentación desclasificada y por el propio reconocimiento de máximas autoridades rusas como Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, se sabe que la matanza fue ordenada por Stalin a petición de Lavrenti Beria, jefe del servicio secreto soviético (NKVD).

El gobierno comunista en la Polonia de la posguerra se empeñó en continuar con la política de atribuir la culpabilidad de la masacre a la Alemania Nazi. Los que conocían la verdad, como Badylak, nunca cejaron en su reclamo de justicia. También eso buscó desde el cine el gran cineasta Andrzej Wajda, otro egresado de la Academia de artes cracovianas. En 2007, Wajda estrena un film que recrea los hechos de Katyn y que busca contribuir a la justa memoria del exterminio de miles de oficiales y ciudadanos polacos.

La inmolación de Badylack coincide con el inicio del sindicato independiente Solidaridad, de Lech Walesa, que enfrentó al Partido Obrero Unificado Polaco, el gobierno comunista que, desbordado por la oposición, colapsó en 1990.

La plaza central en Cracovia conoció las marchas de Solidaridad, como también los actos públicos de condolencias por la muerte del presidente Lech Kaczynski, en 2010, cuando buena parte del gobierno polaco murió en un accidente aéreo mientras volaba a Smolensk para recordar a los fusilados en Katyn. Otras víctimas por tanto de una guerra interminable.

La crítica al estalinismo tuvo una de sus voces más influyentes en el ya mencionado Czeslaw Milosz en La mente cautiva, obra de 1953. En su primer capítulo, Milosz dialoga con la novela distópica Insaciabilidad  del genial y polifacético Stanislaw Ignacy Witkiewicz, otro egresado de la Academia de Bellas Artes de Cracovia, que se suicidó al día siguiente de la invasión soviética a Polonia el 17 de septiembre de 1939.

En su ficción, Witkiewicz imagina un nuevo Imperio mongol que conquista Polonia, y que apela a las píldoras Murti-Bing para “curar” el pensamiento independiente para así mejor dominar. Crítica indirecta del autoritarismo soviético, obsesionado por alcanzar el mismo objetivo.

En un nuevo día de nubes veloces y pujantes, decidimos repetir con Laura una de nuestras prácticas viajeras favoritas: el libre deambular por las calles en las que éstas se convierten en puentes hacia lo imprevisto. Y qué grande es nuestra sorpresa cuando por una angosta calle lateral a la plaza, descubrimos un pasillo abierto, y la indicación: Universidad Janguelónica. La universidad de Cracovia fue fundada en 1364 por Casimir III, no en vano llamado “el Grande”. Una de las universidades más antiguas de Europa, su nombre es por la dinastía Jagolia, de los Jagellón, de origen lituano, que regía en esos tiempos.

Al recorrer su patio central rodeado por gruesos muros y techos de tejas rojas no puedo evitar emocionarme al recordar que uno de los alumnos de la universidad fue Copérnico, quien seguramente deambuló por aquí ya apasionado por escrutar el cielo de la noche, lo que lo llevó a determinar que la Tierra se mueve alrededor del Sol, y no al revés.

En el Collegium Novun de la universidad está exhibido el cuadro Astrónomo Copérnico o conversaciones con Dios, de 1873, un óleo en lienzo del notable pintor Jan Matejko. Copérnico inició la demolición de la física aristotélica-tomista encorsetada en un universo esférico y cerrado con la Tierra inmóvil en su centro (geocentrismo). Al postular que la tierra se mueve en torno del sol (heliocentrismo) desde el cambio astronómico, Copérnico promovió una transformación filosófica que luego fue continuada por Giordano Bruno y su apertura del pensamiento hacia un cosmos que abriga miles de mundos. Y “revolución copernicana”, luego, será la expresión para aludir al sujeto de conocimiento que determina el horizonte de los objetos a conocer en la filosofía de Kant.

En la gran universidad de Cracovia además de Copérnico también estudió Józef Wojtyła , el futuro Papa Juan Pablo II, quien antes de acceder al trono de Pedro fue arzobispo de la ciudad.

Y cuando salimos de allí, la sorpresa por el mero deambular nos demuestra que es una experiencia potencialmente inagotable, porque en el límite del casco histórico, no muy lejos de la universidad, encontramos un pequeño altar, con la imagen de una virgen rodeada de vasos con flores. Es un lugar de recuerdo del Holomodor, el genocidio ucraniano. La gran hambruna provocada por el gobierno soviético de Stalin entre 1932 y 1933, en la puja por la colectivización de la tierra a la que muchos ucranianos se resistían, y que habría causado entre 1.5 a 10 millones de víctimas.

Atónitos, permanecemos unos instantes estáticos y callados. Evocar aquel tipo de muerte masiva que se recordaba en ese sitio solitario de Cracovia, desafía lo que el lenguaje pueda decir. Para expresar lo más visceral las palabras a veces buscan aliento y clarividencia en las terrazas de la poesía, pero, al final, el intento de rememorar el horror por el verbo naufraga en un oscuro lago silencioso.

Duramente la Segunda Guerra Mundial, los alemanes deportaron a los judíos y a los profesores de la universidad; algunos se salvarían al trabajar en la fábrica de Oscar Schindler, hoy un museo en Cracovia que recuerda el Holocausto y la ocupación nazi de la ciudad.

Y en Cracovia, después del fin de la guerra, en 1948, se desarrolló el primero de los juicios de Auschwitz, el máximo campo del genocidio, no muy lejos de la ciudad. En ese juicio se juzgó a 40 oficiales y soldados de las SS que fueron parte de la macabra máquina del exterminio. Rudolf Höss, jefe del campo, y  la sádica carcelera María Mandell, entre otros,  fueron condenados a muerte.

Y los invasores alemanes destruyeron también en Cracovia el monumento a una batalla fundamental de la historia polaca: el homenaje a la batalla de Grunwald.

Lo visitamos en una mañana radiante, y la abrumo a Laura con mi charla sobre Grunwald y su importancia. Una batalla en la que, en 1410,  los polacos asociados con los lituanos derrotaron a la Orden de los Caballeros Teutónicos, orgullo de la Alemania medieval. Los alemanes destruyeron el grupo escultórico que luego fue reconstruido, en 1976. Y me asombro al leer que cuando el monumento se inauguró originalmente, en 1910, a ese acto asistieron ciento cincuenta mil personas.

La historia trágica de Polonia nos sale al paso por todas partes. Como cuando nos encontramos con la Academia de Música de Cracovia, y recuerdo al gran músico profesor de esa academia Krzysztof Penderecki, que compuso el Réquiem polaco para conmemorar a los muertos por las protestas contra el gobierno, en 1970, en el astillero de Gdansk. Sí, la historia trágica de Polonia nos sale al paso por todas partes.

Quizá por eso, cuando volvemos a nuestro alojamiento veo, o creo ver, a un joven que desentona por su vestimenta respeto a los habitantes que caminan muy rápido en este siglo XXI.

Me sorprende la insistencia con la que observa la vidriera de la librería Wojtowicz. Fuma un cigarrillo. Tiene un sobretodo con su solapa alzada. Quisiera hablar con él, pero no sé polaco. Desisto. Descansamos. Volvemos a las calles. Repetimos ya cierta rutina. Y asaltados por el apremio de comer algo, en un bar disfrutamos con Laura de unos pierogi, un plato tradicional de la cocina polaca,  relleno de hongos con salsa de cebolla.

Y vemos las personas que nos rodean. Hablan una lengua que no comprendemos. Pero cerca, hay una familia, una mujer joven con su hijo; y en otra mesa una pareja que quizá compartió décadas de amor y desacuerdos. Rostros surcados por deseos, tristezas y expectativas. Siento que los lenguajes y las culturas nos separan más en la imaginación que en la realidad.

Y caminamos hasta el Vístula que, caudaloso, recorre la ciudad; el curso de agua por el que fluyeron la sal, y la madera y piedra para las construcciones; el río jaspeado en sus márgenes por numerosos castillos y fortificaciones.

Frente a sus reflejos, veo al joven del sobretodo,  obstinado en buscar algo, indefinible. Cerca, se levanta la figura metálica de un dragón que cada cinco minutos arroja fuego. Su presencia recuerda una de las leyendas más queridas en Cracovia: la del dragón de Wavel. El ser mítico habitaba en una cueva en la colina de Wawel, y aterrorizaba a los habitantes del país de Krak, nombre del príncipe del que viene el nombre de Cracovia. El monstruo exigía ofrendas de ganado. El miedo y los estragos que causaba hicieron que se convocara a los más valientes caballeros para enfrentarlo y matarlo. Todos fracasaron, salvo un joven y modesto zapatero, llamado Skuba. En una oveja puso azufre y la dejó en la entrada de la cueva del dragón. La bestia comió al cuadrúpedo. El azufre le hizo doler las entrañas. Entonces, acuciado por la sed, el dragón bebió mucha agua del Vístula, hasta finalmente estallar.

Moraleja: el ingenio del humilde y no la fuerza ostentosa del poderoso venció al monstruo.

La cueva del dragón nos hace recordar lo telúrico, lo subterráneo, lo profundo como las minas de sal de Cracovia, que entrega cloruro de sodio desde el siglo XIII hasta la fecha. Una de las minas de sal más antiguas del mundo, la llamada “catedral subterránea de sal” de Polonia. Con una profundidad de 327 metros, hondura en la que brillan las estatuas de muchos personajes míticos e históricos, esculpidos en rocas del sal. También hay cámaras y capillas.

La fusión del arte y la profundidad de las minas nos apartan de lo conocido. Con Laura especulamos sobre qué pasaría si no pudiéramos salir de ese pozo hondo, extraño, de una rara belleza orgánica y gótica.

Pero pudimos salir pasar visitar el Museo Czartorysi, en el que las pinceladas de Leonardo da Vinci sobreviven en uno de sus retratos: el de Cecilia Gallerani, amante de Ludovio Sforza, duque de Milán. La dama del armiño, obra de 1490.  La mujer de finos rasgos mira hacia un costado, acaricia al animal como si se fundiera con él, o más exactamente como si se uniera con lo que animal alegoriza: la belleza y la pureza.

Cecilia era conocida por su hermosura, refinamiento y cultura. Escribía poesía, conversaba sobre teología, participaba de tertulias filosóficas. Su belleza y delicadeza contrastan con la rapacidad nazi que apresó el cuadro de Leonardo que primero fue enviado a Alemania, y que luego Hans Frank, el gobernador general de Polonia, exigió que se le devolviera a Cracovia, solo para exhibirlo en su cuartel general en el castillo de Wawel.

La ciudad, las sombras quejosas de un pasado de dolor, las leyendas y los grandes artistas. Y aquel joven misterioso que, de vuelta, lo veo frente a la librería Wojtowicz. Un halo de soledad lo atenaza. Lentamente se ladea. Puedo verlo de perfil. Sospecho quién es.

Todo el tiempo del viaje estuve imaginando a un joven intelectual de Cracovia, antes de los años de la guerra. Sé que ama los libros, la cultura. Pero los camiones de los asesinos lo obligaron a subir, a punta de ametralladora. Lo arrojaron a una celda. Y luego el camión de nuevo, la noche, la soledad absoluta, el temblor, la resignación, el disparo en el bosque de Katyn, la despida sin nadie a quien decirle una última palabra.

En la estación de transporte de Kraków Glówny, estamos a punto de marcharnos a Berlín. Con Laura, conversamos sobre la experiencia desgarradora que fue visitar el cercano Auschwitz.

Y siento un aire frío, pesadez e inquietud. Sé que viene de ver sus amados libros de la librería Wojtowicz. Y ahí está de nuevo, de perfil, el joven intelectual. Le digo do widzenia, adiós en polaco, mientras se empeña en no oír de vuelta un disparo, el de la tristeza sin fin.


Photo by: Manuel ©

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Ana
Ana
1 year ago

Excelente reseña… camine esas calles de tu mano, recorri cada capitulo de tu historia, que ya conocia…. soy hija de polacos, ya fallecidos hace años… Mi abuelo materno, tanto como mi padre y mis tios pelearon por Polonia libre durante la Segunda Guerra. Años despues, emigraron huyendo del comunismo, y se establecieron en Argentina, en Capital, conociendo apenas el idioma y, hasta sus ultimos dias, trabajaron por un futuro mejor… De mi abuela materna, y de mi madre, aprendi avidamente los recuerdos, la historia, el idioma y el amor a esa Polonia Libre, que aún hoy, añoro, con su estandarte… Seguir leyendo »

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