En unos días daré inicio a una escuela de poesía para niños. Es un viejo proyecto al que he puesto finalmente traje y corbata. Han sido semanas, muy largas, pensando en cómo abordar metodológicamente la didáctica de algo tan escurridizo como enseñar poesía a pequeñines. Al cabo me he decidido por el enfoque que Michael Breen define como funcional, orientado hacia la adquisición de competencias, y enriquecido con el modelo por contrato de tareas de Flechsig & Schiefelbein (alineado con el paradigma funcional), en el que el alumno es quien construye el conocimiento dentro de una estrategia de aprendizaje cooperativo.
Lo que a propósito de este ensayo me interesa no es, sin embargo, tanto el enfoque didáctico cuanto la primera competencia que propondré a los estudiantes: el hábito de observar. De todos modos, si alguien desea ahondar más en mi trabajo sobre el aprendizaje cooperativo, puede hacerlo aquí: https://ucv.academia.edu/JAG
El hábito de observar es esencial al poeta. También al filósofo. Ya hemos dicho que filosofía y poesía son modos complementarios de interrogar la realidad. Observar supone no únicamente una mirada inquisidora. Hace falta mucho más que la mirada tendida entre dos signos de interrogación. Inquirir la realidad es un paso inicial. Diríamos, también, iniciático. ¿Por qué no? Pero la mirada de quien observa es una mirada ancestral, larga y profunda, que comienza con una pregunta, ciertamente, y prosigue con la posibilidad de desnudar, una a una, las diversas capas semióticas con que la realidad ha sido vestida por el milagro cultural.
Pongamos un ejemplo para ser más claros. Hace unos días descubrí un árbol que no había notado antes. Quizá sea bueno apuntar que en el radio de 10 km en el que suelo desplazarme a diario veo, literalmente, cientos de árboles. Así que no había reparado en este de modo particular. La primera capa sígnica que levanté fue la del hombre que admira y respeta la naturaleza que le rodea, solo que el signo que elevé tenía un matiz diverso: el árbol está seco. Luego reparé en su leve inclinación hacia atrás, como si quisiera descansar finalmente sobre los cables del teléfono.
Esta imagen en mi mente disparó una multiplicidad de capas semióticas. Hace unos meses otro árbol seco se rindió y se durmió sobre el tendido telefónico, a unos cien metros de mi casa. Allí sigue. Se diría que es gemelo de este. Y desde entonces su sueño perturba con cierto ronquido el fondo de nuestras llamadas. Luego vino a mi mente la torre de Pisa. La torre y el árbol tienen más o menos la misma inclinación. Solo que el árbol está cundido de un musgo llamado aquí barba de palo, que le da un aspecto fantasmagórico. Esta imagen, a su vez, me remitió al título de la obra de teatro escrita por Alejandro Casona: Los árboles mueren de pie. En varios sentidos, ese árbol seco, adornado de fantasmales barbas de palo, inclinado y a punto de caerse, es una metáfora de la ilusión que en la obra crea el abuelo Balboa.
En este punto ya había dejado el árbol casi dos kilómetros atrás en mi recorrido, y yo estaba sorprendido de cómo estaba intelectualizándolo. Observar es mirar con los ojos de la cultura. Y es una operación absolutamente personal. Tendemos a ver la cultura como una magnitud colectiva. Al menos de eso nos han tratado de convencer los herederos de la Escuela de Frankfurt. Yo creo que es una magnitud individual. Es más: todo acto de cultura es en sí un acto de individuación que entra en diálogo con la humanidad. Un diálogo, además, polifónico.
El hábito de observar supone también el hábito de la escucha. Reto difícil en un mundo hipercomunicado. Escuchar también es un modo de observar, en este caso, las palabras y las ideas que aquellas agitan. Por ello el silencio es intrínseco a la observación. Lo primero en quien observa es callarse a sí mismo para hacerse uno con el mundo, con aquello sobre lo cual tendemos esta mirada cultural. Si se me ha leído con cuidado, se notará que todo aquel alborozo de ideas en torno del árbol seco ocurrió a la distancia. En los segundos que lo tuve frente a mí lo miré y admiré en silencio como quien no podrá hacerlo por segunda vez. ¿Acaso alguien estaría completamente seguro de tener una segunda oportunidad?
Hay siempre la tentación de la totalidad, de la que habla Marc Augé, esta necesidad de pensar algo como un todo. Y es esa tentación la que hace que la narrativa interior sobre el mundo no nos deje escuchar al mundo. El observador sabe que el origen de la poesía y la filosofía está en escuchar ese primer parto del mundo, en ese modo prístino en que algo, que ya es, se nos muestra como si nunca antes hubiese sido, como si su ser estuviese naciendo solo para nosotros. Observar es eso: escuchar el primer e irrepetible llanto de la vida que interpela la vida propia. Entonces uno comprende que observar es más que inquirir: es ser interrogado de un modo inédito por aquello que ocupa el horizonte de nuestra mirada.

