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fabian soberon
Photo by: sandro bisotti ©

El esclavo entra y le entrega la copa oscura de veneno.

Sócrates pregunta qué debe hacer. El anciano no ofrece ninguna resistencia. Solo quiere saber. El filósofo ya es otro: ha sido atrapado por el fantasma ecuánime de la muerte.

El esclavo le dice que después de beber la cicuta salga a dar un paseo.

Hay una indiferencia que abisma. El esclavo no siente compasión. Se limita a un acto mecánico de recomendación, como si Sócrates solo tuviera que cumplir un protocolo, un conjunto de comportamientos según la ley. El esclavo trata a Sócrates como un autómata, un robot que cumple una regla mínima.

Sócrates bebe el veneno, pasea y se recuesta.

El líquido indiferente ingresa lentamente en el cuerpo. Primero se enfrían sus pies. Luego el veneno gana la batalla.

Antes del último suspiro, Sócrates le pide a Critón que le entregue un gallo a Asclepio. Ese pedido define el futuro irónico de la filosofía.

El fin solo tiene sentido como el inicio de una broma.


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