Raymond Carver y su esposa Tess Gallagher están en una cabaña silenciosa y amarga. Unas horas antes, el médico le ha comunicado el diagnóstico de una enfermedad fatal. Están juntos desde hace tiempo y los dos escriben. Ambos conocen el sinsabor del odio, del alcohol y del dolor por la muerte limpia. Pero ninguno ha vivido con el revólver impuro de una enfermedad terminal.
Carver se sienta a borronear unos versos en el papel fino. Ahora sabe que el fin se acerca y ya ha escrito los cuentos que le darán la mirada piadosa de los lectores.
Ya puede descansar, piensa. Por su mente desfilan las siluetas de los fracasados, los alcohólicos y los suicidas. Él se ha convertido, a su pesar, en el portavoz de las vidas perdidas que no encuentran una tumba sencilla. Él es, ahora, una de ellos almas. Y no puede cambiar el final.
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