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Eduardo Lalo: La condición humana no está asociada al éxito

Eduardo Lalo ganó el Premio Rómulo Gallegos por Simone, la novela que presenta un viaje intelectual y simbólico entre París y San Juan. En este diálogo piensa en las dificultades de la actividad literaria y destaca el lugar que tiene el libro en la Argentina.

 

eduardo lalo simone

¿Por qué escribiste la novela Simone? ¿Hubo un disparador? ¿Hubo algún hecho de la realidad que tuvo algún influjo para escribir esta ficción?

No creo que haya un hecho específico, había una noción de explorar ciertos asuntos. Me interesaba escribir un texto —ahora todos mis textos de alguna manera tienen que ver con la ciudad, sobre todo con mi ciudad— que pueda atribuirle una densidad a la ciudad de San Juan y que fuera como una especie de protagonista. Había también el intento de hacer una novela que tuviera el ambiente paranoico que a veces tiene una novela de detectives, pero sin policía y sin muerto, que estuviera fuera de ese ámbito; y hasta cierto punto, también trabajar un poco con una idea muy tradicional y muy trillada ¿no? Toda una relación amorosa pero salida, digamos, de sus cauces habituales. Y toda esa serie de factores, y también un poco explorando ciertos límites del género, tratar de proponer una novela no tan convencional que también trabajara casi su propia crítica… Eso fue lo que me llevó a explorar ese mundo.

 

Cito una pregunta que hace Li, personaje de Simone: “¿es posible escribir cuando la identidad no es compartida por nadie?” Cuando leí esa frase pensé en el escritor Noreña y en el propio narrador, que son escritores marginales, por lo menos al lado del español que los visita. Ellos no comparten sus identidades como escritores con su sociedad. Y pienso cuando digo esto, en esta frase: “una sociedad que apenas tiene afición por los libros” La pregunta es: ¿se podría decir eso sobre un escritor de Puerto Rico en el seno de un mundo globalizado?

Bueno, ese es un problema ¿no? Es un problema que se aborda en el libro. La tradición literaria puertorriqueña es tan longeva, digamos, como la de cualquier país de América Latina. Sin embargo, es una tradición que ha sido invisibilizada: hay autores como Hostos, del siglo XIX, que si fuera de otra nacionalidad se leería en todas las escuelas de América Latina.

 

Si fuera Sarmiento, por ejemplo…

Claro, claro. Hay literaturas que se invisibilizan porque vienen de países con menos peso. En el caso de Puerto Rico, países con una situación política o una limitación muy grande de auto-representación, no tenemos lazos fáciles con el resto de América Latina y el mundo. Por ejemplo, un escritor como yo, que gana el premio Rómulo Gallegos, es imposible que surja si no hay una tradición literaria detrás, una tradición nacional. Pero, a la vez, hay una institucionalidad muy débil. Hay que pensar también que la Argentina es, en cierto aspecto, una sociedad anacrónica con respecto al libro. En el mejor sentido de la palabra, es decir, el libro aquí tiene un espacio social que ha perdido en la mayor parte de los países. O sea, yo estoy aquí ahora mismo, al lado de un hotel en la Avenida Corrientes, salgo aquí a la calle y a lo mejor puedo recorrer 10 o 15 librerías en un radio muy cercano. Eso es inencontrable en el mundo, incluso en las grandes capitales literarias. Ha desaparecido el libro. Es decir, tú no puedes salir a la calle a entretenerte en una librería porque es que no las hay. Entonces la presencia, el debate público relacionado al libro, todo eso, es un fenómeno que la mayor parte de las sociedades no poseen. Y si a eso le añades este fenómeno de la invisibilidad entonces aparece lo que se debate hacía el final de la novela: un escritor que como muchos escritores que andan por ahí de gira, son escritores muy flojos, por decirlo de alguna manera, no son grandes escritores, pero tienen la ilusión de ser una cosa extraordinaria, porque tienen una industria editorial detrás, unos intereses económicos multinacionales, porque tienen un país que invierte en llevarlos a España. Pero conozco, incluso amigos, que llegaban a Puerto Rico pagados por el Ministerio de Cultura, meramente con una carta de invitación, y el Ministerio les pagaba el viaje. En muchas sociedades eso no se da. Y entonces se crea una presencia cultural —en el caso de España es notorio— en el mundo que es mucho mayor de su verdadero valor. La literatura española es una literatura muy provinciana, a mi juicio, y de muy poco peso. Varios adquieren un renombre mucho mayor, por el mundo editorial y todo eso. Yo cuando vivía en España hace unos años, le inquietaba mucho a la gente cuando le decía… porque el Premio Cervantes, sabes, que se lo da un año a un latinoamericano y al siguiente a un español y yo le proponía a uno, ¿por qué no vamos a dárselo cada dos años a un hondureño? Porque es el mismo absurdo, ¿no? O sea, vamos a escoger un país al azar y vamos a dárselo. Porque sabemos está respondiendo a unas presiones internas, pero también a la creencia de que ahí sobran los premios de la lengua, de toda la literatura escrita en español. Y por eso hay muchísimos de esos premios que son de escritores que no son buenos… nadie tiene que leerlos, no son escritores que impacten el quehacer literario de una manera sólida. Entonces está el fenómenos propio de América Latina, eso escritores que a veces son grandes lectores o grandes estudiosos o grandes escritores, perdidos en sus sociedades. Pienso, por ejemplo, en César Moro, en otra época en Perú. Aquí podríamos pensar a muchos también, en casi cualquier sociedad. Pues eso, desde el centro cultural, no se conoce, y aunque se conociera es una mácula ¿no? el ojo maculado por el discurso de poder de la tradición que aunque lo tengan aquí frente a la cara no lo están viendo. Entonces la novela quería también, poner ese contexto ¿no? que parece un poco inesperado hacía el final pero es el contexto de todos esos personajes, es lo que está ahí en juego.

 

Li, el personaje de Li, es una china en Puerto Rico, y ella misma tiene autoconciencia de ser una persona marginal, acaso como un hombre de Puerto Rico en Europa o en España. ¿La elegiste como personaje por su condición marginal, es decir, pensaste en Li como un personaje marginal o no?

Yo no escribo con un plan previo. Yo voy descubriendo mi texto en la medida que lo voy escribiendo. Yo no pensé al comenzar “voy a hacer una novela donde haya una china y…” Había una búsqueda incierta. Así como el protagonista no sabía quién lo perseguía, o quién le dejaba mensajes, yo tampoco lo sabía. En Puerto de Rico, hay chinos. Una comunidad china, que no será numerosísima pero su presencia es importante. En el sentido de que casi en cualquier pueblo, en cualquier ciudad, en cualquier centro comercial, hay un restaurante chino. Más bien un chino adaptado, un poco, al gusto del Caribe. Y pues uno ha visto a esa gente toda la vida. Se los ve en la cocina de los restaurantes, hablan español, un español precario a veces. Y quién sabe, a lo mejor haya gente que nació, sin duda, en Puerto Rico. Una segunda o tercera generación que son puertorriqueños. Pero son chinos con toda esa generalización tan deshumanizante que hacemos tantas veces. Y entonces aparece todo este tema de la invisibilidad que está en otros textos míos; hay uno que publicará Corregidor, ahora en unos meses, un ensayo que se titula “Los países invisibles”, pues trabaja con todos esos asuntos. Entonces en la medida que un chino en Puerto Rico, es casi el extremo de la invisibilidad, podría ser otra nacionalidad, podría ser un ucraniano en Puerto Rico, –aunque haya tan pocos—aunque que ahí no hay prácticamente imágenes, mientras que todo el mundo sabe qué es un chino, ¿no? Igualmente la sexualidad, esa sexualidad tan particular que tiene el personaje, la ubica en ese extremo, en ese extremo de lo más difícil de ubicar, que es lo que se sale de los patrones y sin embargo es una persona como cualquier otra. Entonces es para mí interesante explorar esas fronteras, digamos, de un personaje o de un texto o de un género.

 

En La inutilidad, en un momento el narrador dice que quería hacer un cambio, pero que el cambio nunca llegaría. Él ya era el que sería para siempre. Después dice: “yo era presa de lo imprevisible”. O dice también: “desde entonces estábamos condenados…” Me parece que hay una idea de destino ahí, de destino fracasado. Hay cierto pesimismo o determinismo en el periplo del personaje, ¿cómo lo ves?

Creo que es algo que responde a la condición humana, o sea, hay muchas cosas fundamentales que no escogemos, no escogemos ni la familia, ni la clase social, ni la época, ni el país, ni la sexualidad, ni la genética. Podemos ser lindos, feos, enfermos, saludables, y todo eso determina poderosamente nuestras vidas y no tenemos ningún control. Eso no quiere decir que una situación sea en si misma trágica, aunque tenga unos elementos trágicos, sin duda. Aquí, yo creo que en la novela, si recuerdo bien, está todo eso más asociado a la vocación literaria. Y entonces creo que hay un elemento, que bueno… cualquiera que se dedique a ésta cosa, como a otros asuntos, es una renuncia a muchas otras cosas. No es diferente, digamos, que un atleta que se dedique a la gimnasia o al atletismo o qué sé yo, yo hacía grandes corridas cuando era joven, eventos de fondo, pero es absurdo correr kilómetros y kilómetros y kilómetros. Sin embargo uno está dedicando la vida para tratar de bajar el tiempo unos segundos, haciendo un esfuerzo agónico. Pues la literatura no es muy diferente, o cualquier práctica artística, un bailarín, un actor, un pintor, hacen a su manera ese tipo de cosas. Y quizás la literatura también, dado el hecho de que es una cosa que se puede hacer a lo largo de toda una vida, es algo todavía más álgido en ese sentido. Siempre uno puede dejar de escribir, pero se siente como una mutilación. Y no siempre se obtiene reconocimiento, pero aún así se continúa haciendo o se sigue intentando. Y a eso únele la situación, como la vivimos hoy, pero que siempre ha acompañado a la literatura, de que por un lado, se tiene detrás una tradición milenaria y, por otro lado, siempre se está saltando al vacío. Siempre la literatura está a punto de desaparecer. Siempre está amenazada. Las bibliotecas se han quemado muchas veces, es una constante en la historia, al escritor se le ha perseguido muchísimas veces, se lo ha ninguneado, eso casi es parte de lo que es un escritor ¿no?

 

Sí, así es. A la vez, está el tema de la relación con la ciudad, de los personajes con la ciudad o con las ciudades, y yo he rescatado muchas oraciones, muchas expresiones, de las dos novelas que he leído como, por ejemplo, ésta: “Otros las fundan, pero los escritores inventan las ciudades”, dice el narrador de Simone. La pregunta es, ¿cómo ha sido inventar la ciudad de París y de San Juan, después de tantos inventores?

Bueno, París, imagínate… San Juan, no es que sea más sencillo, pero bueno, es una liga de menos equipos, digamos. Lo que está detrás de eso yo creo que es una cosa fundamental, o sea, la idea que tenemos de París, es un París que no existe, es un París decimonónico, Baudelaire, la vanguardia, los surrealistas. Incluso, yo recuerdo cuando tendría 19 o 20 años, leer Rayuela, de Cortázar, y quedar fascinado. En parte por otras razones también me fui a Francia, pero también motivaba la idea de esta ciudad, de ese mundo… Uno llega y ahí se da cuenta que eso no existe, que existió a lo mejor alguna vez, y ahí está plasmado en la novela, de alguna forma, en la novela de Cortázar, pero es una construcción y sin embargo es así, sigue siendo el París que mucha gente tiene en mente. Lo mismo pasa con Nueva York, el Nueva York que tenemos en la mente tiene mucho que ver con esas películas en blanco y negro, de alto contraste, de detectives y policías, y toda esa serie B que llamaban. Y en Buenos Aires, el mundo del tango. Afortunadamente el tango está vivo, es una música que a mí me encanta. Yo digo que tengo dos vicios argentinos, uno es el mate –aunque parezca increíble yo soy un tomador de mate en el Caribe— y el otro es Astor Piazzolla, que es un vicio. Pero el mundo del tango del que estamos hablando es un mundo que feneció hace un siglo, prácticamente, pero se sigue con esas imágenes, y las convenciones de turismo muchas veces construyen sus campañas a partir de eso. Por ejemplo Lisboa, yo nunca he estado, pero me cuentan que la presencia de Pessoa está por todas partes, lo cual es una cosa horrible, casi de humor negro, un autor tan invisible en su momento, tan solitario, tan abandonado por su entorno, pues se convierte ahora en una imagen de marca de una ciudad. Y en ese sentido las ciudades son imágenes, y las imágenes las crean los artistas.

 

No sé si te interesa la literatura francesa, pero a mí por ejemplo me ha conmocionado la novela de Céline, Viaje al fin de la noche, una enorme novela. Yo no creo que tus novelas, La Inutilidad y Simone, sean tan drásticas o tan pesimistas como Viaje al fin de la noche. Sin embargo, hay en la voz del narrador, por momentos, cierto eco de ese pesimismo nocturno. Encuentro cierto nihilismo en tus novelas.

A esa novela de Céline la he leído en dos ocasiones hace muchos años, y las dos veces me impactó mucho. También leí Muerte a crédito, que es como la continuación, me gustó menos. Pero no creo que haya sido una influencia directa porque fueron lecturas de hace muchos años. Sí, obviamente, marcan a uno en la formación. A mí, a veces me sorprende cuando me preguntan acerca de la negatividad y tal, pero es una novela, es un personaje, y por otro lado la literatura explora los aspectos, generalmente, más terribles de la condición humana. La condición humana no está asociada al éxito. Sin embargo, al lado de Céline y del personaje de ese narrador de Céline, pues yo soy un niño de teta.

 

Hace un momento vos mencionaste la idea de la paranoia, al comienzo de la entrevista. Tengo la impresión de que las tramas de tus novelas tienen algo de paranoica, la relación del narrador con la ciudad y con los amores contrariados es una relación paranoica, todas las cosas ocultan una señal. ¿Qué opinas sobre esto? ¿Te interesa la paranoia como máquina de narrar?

No conscientemente, Fabián. En el caso de Simone me interesaba más, vamos a decir desde una cuestión del género, de cierta práctica de la novela. Realmente es muy interesante lo que estás formulando, por ejemplo, no sé en qué medida eso estará formulado en La Inutilidad, no sé, a lo mejor tienes razón. Pero bueno uno nunca es otro lector de su propio trabajo y no quizás el mejor. Pero sí, en ese sentido, habría que pensar que mucha literatura, al leer una trama, implica cierta paranoia, porque hay un enigma hasta cierto punto. Siempre. El personaje como cualquier individuo no tiene todos los datos de lo que pasa, entonces, lo que lo rodea implica un desciframiento de elementos, a veces, muy aleatorios de la realidad. En ese sentido, pues está próximo, si la cosa se desarticula un poco, a una deriva paranoica o abiertamente paranoica.

 

Hay una escena magistral de la novela que retrata la zona de sombra y el estado de perdición en el que está el narrador. Es la escena cuando habla con Wen, el abuelo de Li. Hablan en idiomas distintos y usan señas y entienden parcialmente lo que dicen…

Sí, es una escena que para mí fue un reto hacerla. Quería tener ese hándicap de tratar de que funcionara. Ahí yo creo que hay mucha ternura, hasta cierto punto, en estos dos seres que no comparten lo que usualmente es lo más esencial, la lengua. Y, como dice el personaje en un momento dado en la segunda etapa de esa conversación, que se da cuenta de que él está hablándole chino y el otro español. Sin embargo, llevan entendiéndose hace rato. Pues claro, aquí habría que elaborar, un poco como se elabora ahí, lo que es la comunicación humana, lo que es la lengua, hasta cierto punto están entendiéndose a partir de saber que no tienen un código común. Pero sí tienen una experiencia común. O un lazo común, que vendría a ser Li Chao. Y cada uno sabiendo dónde está el otro en relación a Li Chao y sabiendo, también, el enigma que Li representa, hasta cierto punto, para los dos. Y son dos relaciones de amor porque, como tú recordarás, aunque ella presenta a Wen como su tío, pero en un momento ella lo presenta como tío aunque no son parientes.

 

Claro, ella tiene una afinidad porque Wen es pintor.

Wen es el único que tiene una base cultural. Y que colecciona sus dibujos, o es el primero que le da un contacto con una vida más allá del trabajo brutal de la cocina o del restaurante. Es alguien que era otra cosa, antes de la emigración.

 

Cuando Li se pierde, cuando Li desaparece, el narrador camina por la ciudad sin orden ni destino, se pone a escribir su encuentro con Li y dice, para mí, una frase memorable: “era el relato de una línea obsesiva que desembocaba en una geometría ilegible”.

Yo creo que es fundamental la experiencia que se retrata en esos textos, hay también una forma de conocimiento que se da en la marcha, la marcha a pie, a través de cualquier espacio, o sea el espacio que recorrían los nómadas hace siglos o miles de años, o el espacio que recorre un ciudadano. Entonces es importante, porque es un viejo tema literario, que viene de originarse con Baudelaire y el flaneur. Pero que aquí adquiere una deriva diferente, también es un acercamiento a un mundo caribeño que no es el usual. Y sin embargo existe, lógicamente.

 

Si viajo alguna vez a Puerto Rico recorreré o buscaré alguna de esas esquinas o esos lugares que recorre el personaje.

Sí, tú sabes que TeleSur hizo, comisionó un documental sobre mí, y yo un poco temía que fuera sobre mi vida y esas cosas, por suerte delegaron el proyecto a unos cineastas jóvenes puertorriqueños, con quien tuve muy buena relación, y lo que hicimos fue justamente eso, ellos entendieron muy bien mi trabajo, y el director y ellos me pusieron a caminar, y yo caminaba por la ciudad con dos cámaras y un micrófono y todo ese tipo de cosas, e íbamos encontrando cosas, encontramos cosas maravillosas. Y hay algunos sitios que son los que aparecen en la novela. Entonces llegamos a un callejón que está al lado del cine en ruinas, del cine Paradise, y entre gente deambulante, una zona muy —como todo Puerto Rico hoy— pero muy empobrecida y muy triste. Y, de pronto, encontramos una pintada, y yo nada más podía señalarla, porque decía, esto es lo que es esa deriva y esa maravilla del texto de la ciudad. Y la pintada decía: “La mímesis me tiene malo”. Y está, literalmente, en la pared de al lado de la ruina del Paradise, desde donde se podía ver incluso parte de lo que era el cuarto de proyección que aparece en la novela.

 

Una línea de la novela dice: “las parejas se niegan a verlo pero todas las historias de amor tienen un final”. Se podría decir que tus narradores, tanto en Simone como en La Inutilidad, son coherentes porque cumplen de alguna manera con lo que piensan. Los dos narradores viven relaciones amorosas que terminan o que fracasan.

Sí, sí, lo comparto totalmente. Y más allá de la novela, yo creo que es una realidad, incluso las parejas que duran toda la vida son las que han aprendido a sobreponerse al fracaso, porque es una experiencia humana fundamental, los triunfos son imposturas, son momentos de la vida. Pero pensarse en la gloria es una impostura.

 

Hay otra idea que es conmovedora: “Una de las imágenes más certeras de una historia de amor eran las calles de una ciudad que la habían hecho nacer”, dice el narrador. Y de nuevo aparece la ciudad y las emociones conectadas…

Creo que es el título de una película argentina, uno tiene “un lugar en el mundo”. Uno tiene unos lugares, en plural, en el mundo. Y yo recuerdo, por ejemplo, hace unos 15 años o más, un momento dado contemplé irme de Puerto Rico, y tuve eso en la mente durante una semana, un tiempo, y un día hice un recorrido en automóvil por la ciudad, una noche, y era algo conmovedor, porque estaba recorriendo esa ciudad pensando que me estaba despidiendo de ella. Y entonces, pues, uno se da cuenta, la ciudad no es un espacio muerto. La ciudad es lo que llevamos hasta cierto punto adentro, no tiene que ser una ciudad necesariamente, puede ser un pueblo rural, puede ser una selva, lo que sea. Pero yo puedo recordar mi ciudad: mira, “debajo de este árbol gigantesco… aquí me sentaba yo cuando me separé de fulana, y estaba viviendo prácticamente de la forma más precaria y por aquí pasaba y me fumaba un cigarro debajo del árbol y pensé en qué sé yo…”. Hay una relación, hay un espacio que es la zona vieja de San Juan, siempre que la visito hay algo que se mueve.

 

Estaba pensando en que efectivamente establecemos esos vínculos con las ciudades, y me preguntaba hasta qué punto todos establecemos esa red. ¿Por qué a algunos lectores les fascina leerlo en un libro? Por otro lado, las dos novelas están narradas en primera persona, ¿por qué elegís ese tipo de narrador y no un narrador en tercera o un narrador omnisciente?

Yo soy mal lector de mi obra. Lo que tú no conoces de mi trabajo, de los últimos libros, son ensayos. A veces son ensayos que envuelven también un ensayo fotográfico u otros materiales visuales, pero una práctica de ensayo sumamente libre y, digamos, creativa. No un ensayo académico, no un ensayo histórico, no un ensayo transgenérico, que algunas veces parece un ensayo filosófico otras veces una crónica, una exploración autobiográfica. Todo eso es como una escritura, yo pienso que la escritura en sí misma es un género, y que la división en los géneros tradicionales es sumamente arbitraria. ¿Por qué es la primera persona? Yo creo que es porque es mi preocupación, yo creo que la literatura es una exploración de la vida de alguien. No necesariamente la autobiografía (autobiografía en el sentido lato o inmediato del término). Entonces esa voz narrativa que es la primera persona, es la base de la escritura. Hay un texto tan antiguo como La Odisea, precisamente ahí nace la experiencia literaria que conocemos, pues es la típica épica, hay un narrador, alguien que la va narrando. Pero hay una parte de La Odisea en la que Odiseo finalmente llega, se libera y llega, luego de naufragar y pasar por veinte aventuras, al reino de Alcínoo, y lo recibe la ninfa Nausícaa, y otros. Tú conocerás la historia. Y en un momento dado a Odiseo se le es revelado quién es y oye al bardo de la corte, que como se ha desaparecido hace tanto tiempo, está cantando la épica. Está cantando una épica en tercera persona, que es la historia de Odiseo. Entonces el Rey Alcínoo ve a este hombre, al huésped, que se tapa con la túnica la cabeza, porque está conmovido, está llorando, está escuchando su propia historia, cantada por el bardo. Después el rey le inquiere, le pide que les diga quién era, por qué llora al escuchar la épica, y ahí comienza la literatura moderna, porque Odiseo cuenta lo mismo que está cantando el bardo. Él comienza: “Yo soy Odiseo Laertíada…”, o sea pasa de la tercera persona a la primera. Y eso es un momento inaugural de la historia de la literatura, pero es un momento fundamental. Porque ahí comienza la exploración de un individuo. Ya no es el Aquileo de La Ilíada. Aquí es un personaje que habla por sí mismo. Y en cierta medida comienza la exploración de un interior, no sólo de un exterior. Entonces es maravilloso. Porque pudiera haber escrito Homero (o cualquiera que haya creado esa tradición oral que llamamos los homéricos)…

 

Sí, Borges decía los homéridas.

Exacto, pues esos homéridas escogían muy bien, porque el comienzo es: “Yo, Odiseo Laertíada”, es decir, un nombre. Es un pronombre y por ahí comienza su historia. Quizás ellos no eran conscientes de lo que estaba pasando ahí. Claro, nosotros lo interpretamos desde la modernidad, desde otro ámbito.

 

Ahora que te escucho hablar de Homero y de la inauguración de la literatura moderna a través del uso del pronombre y de la interioridad, mientras me decías esto, pensaba que tus novelas usan ese yo, esa primera persona, pero hablan también de lo exterior. Es decir, la ciudad se filtra o es filtrada a través del yo.

Sí, sí, totalmente, como es en la realidad. Es decir somos unos cuerpos que construyen en sí mismos la realidad a cada momento.

 

Y en La inutilidad, en un momento, el personaje dice: “París volvió a ser un desierto”. Y más adelante, dice: “París devenía la ciudad soñada”, lo dice cuando vuelve Marie… La ciudad es vista como una expresión o metáfora de las emociones, me parece a mí. Porque París es la ciudad soñada en un momento, y antes ha sido un desierto. ¿Por qué crees que es tan importante la ciudad en tus novelas? No sé si te pusiste a pensar en el origen de ese placer o de ese interés, o de esa vocación.

Yo creo que la respuesta es muy simple. Yo siempre he vivido en ciudades, en San Juan primero, y ya luego viví en Nueva York, en París, Madrid, Valencia. Algún día viviré en el campo y pues también hablará de alguna manera. Pero ha sido mi mundo, y es el mundo de la literatura moderna, también.

 

Me ha interesado en La Inutilidad, la idea del viaje a París porque no está relacionado —ya que vos mencionabas hace rato la idea decimonónica que tenemos de París— en tus novelas con la bohemia artística y con la bohemia creativa y original, como por ejemplo sí lo ha hecho Hemingway, o lo ha hecho Vila Matas después recreando a Hemingway, o lo ha hecho el propio Cortázar; si no que hay una especie de mirada hacía otra idea del exilio, me parece.

Sí, ese mundo ya no existe y todo el que va, más o menos, lo trata de reproducir y se ilusiona a veces con que está viviendo la fiesta movible de Hemingway, pero está bastante estático. Y si no le llega la beca, pues se le acabó la fiesta. Ya eso no es lo que hay en esas ciudades. Queda su simulacro.

 

También dice el narrador en un momento: “Leer y escribir era inútil pero ineludible”. La pregunta es ¿la literatura es inútil y, en ese caso, qué tipo de inutilidad?

Es una muy buena pregunta. Pasa que la respuesta es difícil de dar brevemente. La literatura no cambia nada. Yo te mencionaba que antes corría, yo hacía kilómetros y kilómetros, no hay nada más absurdo que correr y correr y subir montañas, correr y bajar montañas, los entrenamientos, subir una cuesta 25 veces. Pues es totalmente absurdo. O el entrenamiento de un bailarín o un actor, es igualmente absurdo… repite, repite, repite. El músico también repite una escala, toca determinada cosa no sé cuántas veces. Y un escritor, lo mismo, llenar páginas, tratar de expresar el mundo a través de unas páginas, ¡no hay nada en esas páginas, sino tinta! Y la experiencia de lectura… tú eres un lector, yo otro, sabemos que ahí pasa algo, pero sabemos que lo que pasa no pasa en el mundo, pasa en nosotros. Pero por lo que pasa en nosotros se reubica el mundo, el mundo se reconstruye de alguna manera, o reubicamos nuestra posición en relación a lo que percibimos como el mundo. Entonces la inutilidad no es necesariamente una mala palabra. A diferencia de lo que se piensa hoy que un texto es información, no, no es información. Me parece que hay que aprender a leer, aprender a leer un texto literario que no es lo mismo que aprender a leer mecánicamente, entonces ver la relación que se puede tener con ese complejo compuesto de palabras, un conjunto compuesto de palabras. Si acabaste la novela, no pasa nada…. Ni tú eres distinto, ni Puerto Rico es distinto, ni la Argentina es distinta, ni nada es distinto. Pero, sin embargo, hay algo… Y más si te impactó un texto poderosamente, hay algo –brevemente- que es diferente. Entonces es inútil, pero está ahí. Y por eso es muy menospreciada por los poderes establecidos, la literatura o las artes en general. Porque hay una enorme fuerza, pero siempre el poderoso sabe que eso se va a desinflar porque es la experiencia de un momento. Cuando se lee, luego queda un recuerdo muy, muy incompleto del texto, en todo caso queda un recuerdo de la experiencia de leer, no del texto. Uno, generalmente, se olvida de muchas cosas que leyó, queda la experiencia de lectura.

 

Cuando leía esa frase, pensé en dos ideas de dos autores distintos y de épocas distintas. Pensaba en Aristóteles cuando dijo que la filosofía es inútil. Aristóteles está rescatando la filosofía, justamente, porque le parece que todas las otras disciplinas están supeditadas a un fin, a un objetivo, y que por lo tanto la filosofía es superior a toda disciplina supeditada a un fin. Entonces, la inutilidad era la gloria o la excelsitud. Y por otro lado pensé en la formulación de una pregunta que hace Ricardo Piglia, acerca de cómo ha hecho la literatura para sobrevivir en el capitalismo, formulando una especie de misterio siendo una disciplina completamente inútil.

Sí, sí, Piglia… Bueno, los dos autores. Pero Piglia creo que tiene tremendas representaciones al respecto, textos breves en El último lector, y es un autor que yo leo. No tanto sus novelas, pero sí sus trabajos ensayísticos literarios me parecen muy lúcidos.

 

A partir de la tristeza y de la soledad del narrador en La inutilidad, pareciera que los lugares se relativizan, porque el narrador dice: “París, era como cualquier lugar, la soledad estaba bien repartida”. Me llamó la atención esta idea, que va quizás en contra, como ya lo dijiste antes, en contra del mito París.

Claro, no recuerdo un texto donde lo escribí, pero era algo así como: el mundo es ancho y ajeno (parodiando a Ciro Alegría) pero me tiene a mí idéntico. Pues sí, podemos decir Japón es sumamente interesante con todo lo que ya traemos. Entonces, cuando vamos a París en cierta medida se descubre que dentro de todas esas imágenes heroicas de la ciudad, también hay una enorme banalidad.

 

La inutilidad está divida en dos partes según la ubicación de las ciudades, obviamente París y San Juan. Yo pensé en Cortázar, la división en ciudades, pero me parecía que acá tenían otra función, que aparecía de nuevo esta idea del exilio en un sentido no glorioso, no épico, si se quiere, sino pesimista. A propósito de esto: ¿cómo pensás las estructuras de tus libros?

En el caso de La inutilidad, pues era bastante claro, porque tiene dos ámbitos claramente distintos, y en La inutilidad, como en otros textos ensayísticos míos se aborda esto de que hay un personaje prestigioso en la literatura del siglo XX o de la modernidad que es el exilado. Y qué decir en una sociedad como la Argentina, con el tema de la dictadura y del exilio y de todo eso. Pero también hay un personaje que me parece a mí que es muy importante y que no ha tenido ese prestigio y es lo que llamo “el quedado” o “el regresado”. El que no quiere o no puede irse, y también es una figura tan importante como el exilado. Lo que pasa es que merita otra aventura, una aventura más doméstica, más pequeña, más chica, pero yo creo que es de suma importancia, y yo creo que mi literatura ha venido a elaborar eso. Tanto una u otra novela, de estas dos, son quedados, En La inutilidad está el gran exilio, el gran proyecto, por lo menos de la migración… La novela comienza algo así: “Pensé que nunca me iría de París”, y sin embargo la historia es un regreso. Es la historia de un regreso a un lugar que hay que aprender a sobrevivir, del mismo modo que hay que aprender a vivir en el país del exilio, aquí también hay que aprender de una manera más dolorosa y ardua, quizás mucho peor porque es un país propio. Así que está en ese sentido. En el tema de la estructura, por ejemplo Simone que es una novela muy, muy, estructurada, o sea lo que está en la página 20 está ahí porque en la página 80 va a añadirse algo más, que luego en la 120 va a entenderse porque estaba en la página 20. Quizás en una primera lectura el lector no se da cuenta. Pero luego si lo recorre nuevamente verá que hay una ilusión de espontaneidad, pero está muy construido. Es ese sentido una ficción que está dando esa ilusión de espontaneidad de manera muy técnica. Sin mostrar las costuras.


 

Perfil

Eduardo Lalo es escritor, fotógrafo y artista plástico puertorriqueño. Es autor de libros de difícil clasificación genérica en los que reúne su pasión por la palabra y la imagen: La isla silente (2002), Los pies de San Juan (2002), La inutilidad (2004), Donde (2005), Los países invisibles (2008) y El deseo del lápiz. Castigo, urbanismo, escritura (2010). Obtuvo el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2013 por su novela Simone (2011). Ha dirigido además, donde y La ciudad perdida, dos mediometrajes que han sido incluidos en muestras de video en museos y casas de cultura de América Latina, Europa y Estados Unidos. Su obra visual se ha reunido en múltiples exposiciones.

“Colectividad que no sabe pensar, no puede vivir.” - Concepción Arenal

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