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Francisco Martinez Pocaterra
viceversa mag

Desatando demonios

Armados con atavíos bélicos improvisados, más para defenderse que para atacar, los jóvenes en Venezuela han asumido un rol protagónico en la lucha por el cambio, uno que les devuelva el futuro robado. Su arresto juvenil raya en la imprudencia. Sin miedo, enfrentan con menos herramientas y más coraje a los cuerpos de seguridad del Estado, que cada día actúan con mayor inquina. Más de medio centenar de personas han fallecido en los casi dos meses de protestas callejeras. Muchos más han resultado heridos y otros tantos detenidos de forma arbitraria por autoridades militares. No escasean las historias de torturas. Desde palizas y hacerlos pasar horas arrodillados para acalambrarles el espíritu hasta obligarlos a comer excremento. Sin embargo, no cejan.

El fanatismo y la intolerancia se pasean orondos por las calles y uno se pregunta qué pasó, cómo nos degradamos tanto, por qué perdimos la civilidad.  Uno busca en el fondo de sí mismo para saber cuándo nos dejamos seducir por el diablo. Cuando el poder se volvió tan perverso. No creo en brujas ni espantos de medianoche. Sin embargo, tanto encono de los cuerpos de seguridad parece obra del demonio, y, no lo niego, al ver algunos slogans del gobierno, no puedo evitar pensar en la malignidad que, como boñiga de un sumidero tapado, rezuma del verbo putrefacto. Por eso me estalla en la cabeza lo qué quiso decir Mary Shelley con su obra «Frankestein». Los rostros más feos de una sociedad en constante pugna andan desatados, liberados de las cadenas que los ataban a las sentinas mefíticas del Averno.

Su fealdad acobarda. Las calles desoladas se recorren difícilmente. Los escombros sirven como barricadas. También la basura maloliente. La sospecha perpetua ayuda. ¡Claro! Milicianos armados con revólveres e impunidad asaltan las urbanizaciones cual bandoleros de un western hollywoodense. Es una lucha asimétrica. Balas contra piedras, impunidad contra coraje. Ciudadanos contra hampones. Y esos jóvenes aún salen a dar la pelea a pesar de semejante desventaja. Sin mirar riesgos, salen a ser héroes, y como héroes, algunos han muerto y otros, torturados. Mucho más heridos. Todos vejados. Como también lo ha sido esta sociedad ultrajada impíamente, sodomizada por una élite endemoniada que en su desmedido afán por el poder, liberó demonios, liberó monstruos.

Culpan al cuchillo y no a la mano que lo empuña. Pero así es la violencia. Injusta tanto como brutal. Ciega como terca. Y es que, presos de sus dogmas, ya solo pueden obrar tal cual lo hacen los reos. Secuestrados por sus pequeñeces mezquinas, solo les resta intimidar y matar; y sin recato, en eso andan, tratando de domeñar a esa masa enardecida que contra ellos exige castigos. Castigos que cuando quienes hoy rigen buscaban adueñarse del poder, demandaban a gritos con viciosa crueldad.

El miedo es libre, dicen. Y libremente camina entre las facciones. Unos temen el porrazo, la persecución implacable, la tortura o incluso, la muerte. Otros, la pérdida del poder, porque ello supone más que la pérdida de sus prebendas. Son esbirros que han obrado con la saña del rufián. Como tales, temen a los fantasmas que en las mazmorras engendraron: rencores densos y profundos que no saciarán su dolor hasta verlos sumidos en el estiércol. La violencia es osada y sobre todo, biliosa. Carece de piedad y misericordia. No olvida. No perdona. Solo busca hartarse como el goloso, que inmerso en su pecado, no consigue saciar su apetito. Desataron a los demonios del infierno que los encerraba. Tocará recogerlos y regresarlos a sus cloacas inmundas, de donde nunca debieron salir. No será fácil.


Photo Credits: Riccardo Vásquez

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