“Ven conmigo” le digo y ella extiende su mano para levantarse del sillón y su mirada me dice que, al menos en esta ocasión, confiará en mí.
Salimos hacia el garage, le pido que suba al coche, pues no se puede quedar sola en casa. Lo suplico, lo negocio, lo demando, miento. Por favor, te están esperando allá abuelita. Sí, yo subo detrás de ti. ¡Súbete ya! Mira, ahí ahí viene ella y se va a enojar si no subes!.
No me recuerda. “Yo me llamo como tú, ¿me recuerdas?”, le pregunto mientras sostiene mi mano mirando hacia afuera del carro. Ella asiente con la cabeza “Sí, eso dicen ellos” me comenta, con una voz ya rasposa tan cansada como ella.
Ellos, ellas, la niña. En su imaginación se encuentra de nuevo con vivos y muertos sin hacer diferencias, con todos habló esta mañana o puede que ayer, o la semana pasada. Personas sin rostro que encontró en la parada del camión, los mozos de su rancho en Oaxaca, los niños que no fueron suyos pero cuidó como si lo fueran, de quienes ya no recuerda el nombre.
En el centro de Xochimilco bajamos del carro y me vuelve a dar la mano. Entre carritos de vendedores de verduras y puestos informales agradezco que aún se mueve con facilidad. Su mente es la que se rindió antes. Un Alzheimer no detectado a tiempo extinguirá todo rastro de memoria mucho antes que lo haga su cuerpo.
Su hija, mi madre, como típica mujer mexicana, y mi abuela antes que ella, tiene que llevar toda las responsabilidades logísticas del hogar y no puede detenerse ante su lento andar. “Tú vete moviendo con ella, la refaccionaria está allí, a ocho cuadras todo derecho” me dice, y acelera el paso, desaparece entre árboles y carros aparcados.
Yo emprendo la marcha, la seguimos en el desigual paso de la banqueta. Las calles son silenciosas y desiertas por esta parte, el sol nos calienta la nuca. Me imagino a mi misma dentro de un cuento de García Márquez, abuela y nieta cruzando un desierto, una dejando sus memorias como árbol que va deshojándose con la brisa seca y caliente, mientras la otra las levanta, hace suyos sus arrepentimientos y juntas van en busca de un lugar que nunca han visto.
Sé que lo encontraremos, y que no será solución ni medicina. Volveremos al carro, regresaremos a casa y de noche, cuando se le empiecen a cerrar los ojos, mi madre la llevará a su cuarto y la desvestirá con cuidado, como se cambian de ropa a los santos, procurando no molestarlos. Tras la puerta, escucharé el murmullo de la oración que mi madre, quien no cree, enuncia cada noche para calmarla antes de dormir “Contigo voy virgen pura, y en tu poder voy confiada pues yendo de ti amparada mi alma volverá segura…”
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