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Antonio Muñoz Molina: “Contar el mundo en forma de novela”

NUEVA YORK: Ganador del Premio Jerusalén y el Príncipe de Asturias en 2013, y entre muchos otros premios, Antonio Muñoz Molina emerge ante nosotros como uno de los grandes escritores hispanos vivos en nuestra lengua, o en cualquier otra. Lleva años enseñando literatura hispánica y creación literaria en la Universidad de Nueva York, además de brindar lecturas y conferencias por toda la ciudad. Por dos años estuvo al frente del Instituto Cervantes neoyorquino dándole una dimensión mucho más iberoamericana. Desde allí, el autor de Sefarad y Ventanas de Manhattan divulgó la cultura latina y latinoamericana de la Gran Manzana con un entusiasmo y sabiduría que no podemos dejar de agradecerle. Por eso si queremos imaginarnos el presente o proyectarnos al futuro de nuestro idioma en Estados Unidos, él, definitivamente, es una de las voces para escuchar.

Con la publicación de El jinete polaco en 1991, la obra de Antonio Muñoz Molina alcanzó una enorme difusión entre los lectores latinoamericanos y españoles. La novela ganó el Premio Planeta el mismo año de su aparición, y el Premio Nacional de Narrativa de España doce meses después. Su prestigio, desde entonces, ha ido cuesta arriba, con la publicación de más de 25 libros entre novelas, ensayos, relatos de viajes y colecciones de artículos. Un corpus literario que lo ha hecho merecedor de casi todos los principales premios literarios españoles y de ser incluido en la Academia Española de la Lengua en 1996 ocupando el sillón U. 

Sus últimos libros son el magnífico ensayo Todo lo que era sólido (2013), en donde se enfrenta a los profundos cambios por los que están atravesando Europa y el resto de occidente, especialmente después de la debacle económica, política y ética, y la corrupción en el capitalismo que se hizo más evidente a partir del 2008, y la novela Como la sombra que se va. Muñoz Molina vive entre Nueva York y Madrid, es un caminante más en una ciudad que supera los 3 millones de hispanohablantes. Su literatura es un diálogo permanente entre España, Estados Unidos y Latinoamérica. El haber sido un viajero e inmigrante precoz, le ha dado a su obra una perspectiva singular que la asemeja a la literatura de viajes. Por otro lado, su vida ha sido un constante cambio de piel entre realidades que contrastan unas con otras; algo que viene sucediendo casi desde su nacimiento, 59 años atrás, en la pequeña ciudad de Ubeda (Jaén), en Andalucía, en el seno de una familia de campesinos españoles. Fue entonces cuando forjó su vocación literaria, en soledad, leyendo a Julio Verne hasta altas horas de la noche; o al menos hasta que se lo permitía su padre, a quien acompañaba desde muy temprano a trabajar en el campo, durante las últimas décadas de la dictadura de Franco.

Sus primeros viajes lejos de su ciudad fueron para estudiar historia del arte en la Universidad de Granada y periodismo en la de Madrid. En Granada y Madrid vivió en los años 80, y fue testigo, primero, de la transición de España hacia la democracia y luego de su ingreso a la Unión Europea. Madrid le fascina y a ella le dedicó buena parte de su obra. Sobre esto, el autor castellano ha declarado: “Ciertas personas han vivido en circunstancias históricas que las hacen pertenecer a dos mundos distintos. Eso proviene de mi propia experiencia biográfica, del hecho de haber nacido en una época completamente distinta a la que vino después. Es decir, en el espacio de una vida, la mía, viví en un mundo rural, cerrado y retrógrado para después dar con otro totalmente distinto. Ese quiebre del tiempo hace que uno esté casi permanentemente escindido entre el pasado y el presente, y que no acabe de encontrar su sitio en ninguno de los dos mundos”.

Quedamos en realizar la entrevista en una cafetería muy cercana a la Universidad de Columbia, que es el barrio en donde vive junto a su esposa, la escritora Elvira Lindo. Es uno de sus lugares favoritos, en donde nos cuenta, ha corregido y escrito parte de sus últimos libros. Aunque nació en un pequeño pueblo, Muñoz Molina es un espíritu citadino, tanto así que dos de sus textos son homenajes a las ciudades que lo han fascinado, Madrid y Nueva York. Justamente en Manhattan vive desde hace casi 20 años. 

De hecho, llegó a ser el director del Instituto Cervantes de Nueva York a principios del 2004 y era común verlo en conferencias o presentando congresos en donde más de una vez expresó su admiración por Latinoamérica y sus escritores. Gracias a él, el Cervantes se convirtió en un centro no sólo de difusión de la cultura española sino hispana, en el amplio sentido de la palabra. Es fácil entrevistarlo porque pese a su timidez y sencillez, es un escritor que es directo en sus respuestas y es muy reflexivo sobre su propio oficio. Como al asegurar que “la escritura se trata de un arte tan ilimitado que nadie que se consagre a él con honestidad dejará nunca de ser aprendiz”. O cuando habla sobre los profesores de literatura y el conocido encono entre académicos y creadores: “Algunos académicos preferirían que todos los escritores estemos muertos para hablar sobre nosotros sin que los contradigamos.”

¿Cómo nació su vocación literaria? ¿Cuáles fueron sus primeros pasos como escritor?

Yo leía muchísimo. Desde muy pequeño era un lector omnívoro. A mí me marcó mucho la literatura. Los primeros libros que me hicieron caer en cuenta que había gente que escribía fueron las novelas de Julio Verne y Mark Twain; sobre todo Verne. Entonces entendí que los libros más que tratarse de un buen oficio, se deben a alguien que los escribe. Me gustó la idea en ese momento de ser algún día escritor. Sin embargo, hay cosas que no tienen demasiada importancia. La gente cuando se hace escritor empieza a buscar en el pasado orígenes misteriosos que iban anunciando ya su vocación, pero hay gente que viviendo las mismas cosas no ha llegado a nada. No hay que hacer demasiada literatura con eso. Creo que hay propensiones, inclinaciones generalmente innatas que te empujan a ciertas direcciones. Pero la primera conciencia que había una cosa llamada literatura o literatura de ficción la tuve leyendo a Borges.

Alguna vez le preguntaron a Ernest Hemingway algo similar, y él dijo que para ser escritor había que haber sido infeliz en la niñez, que eso lo catapultó a la literatura.

Bueno, también lo llevó a suicidarse (risas). Creo que se puede ser escritor de cualquier manera. Hay novelas extraordinarias escritas por escritores que tuvieron una infancia infeliz, como las hay producidas por escritores que vivieron una infancia feliz. No hay reglas. Puedo citar algunos casos: Henry Roth, toda su obra gira en torno a lo horrible que fue su infancia. Hablando de padres, el de Roth era el sumo de la maldad y este escritor escribió mucho en torno a él. Después tenemos una infancia como la de Marcel Proust, que fue bastante feliz. En mi caso, lo fue del mismo modo. 

Usted es parte de una generación de españoles que se formó en los últimos años de la dictadura de Franco y que vivió también el ingreso a la Unión Europea. Además, a nivel literario fue muy influenciado por el boom de la novela latinoamericana. ¿Qué me podría decir sobre esto?

Llegué a la primera juventud justo en el momento de la transición. Mi despertar a la conciencia política y cívica se dio al final de la dictadura, lo que provocó que la maduración de mi propia vida coincidiera con los cambios sociales del país. Entonces eso me brindó una riqueza de experiencia que se tornó muy interesante para escribir novelas, porque fue una época de cambio muy rica en matices y en desarrollo. Y luego la otra cuestión: la lectura de los escritores latinoamericanos simplemente me hizo escritor. Por un número distinto de razones. La primera es porque eran novelas maravillosas, cuentos maravillosos; los libros de Borges y Bioy Casares… Una novela como Conversación de la catedral de Vargas Llosa es una obra maravillosa. Además, eso se dio en un período en que la literatura en España estaba en un callejón sin salida; que procedía en gran parte de la imitación servil de modelos franceses. Por un lado había una literatura realista bastante provinciana, que en algunos casos era muy buena; pero por otro existía una escuela que decía que la novela estaba muerta. Es decir, que la novela ya no podía contar historias ni sustentarse en personajes: la herencia de la nouveau roman y del experimentalismo extremo. Sin duda era un callejón sin salida para un joven escritor como yo. Entonces, de pronto leer a Mario Vargas Llosa, a Jorge Luis Borges o a Juan Rulfo, te demostraba que la literatura no sólo no estaba en el final sino en el principio de un camino. Ese elemento maravilloso que hay en el comienzo de Cien años de soledad, cuando García Márquez escribe que había una época en que las cosas no tenían nombre y que había que señalarlas con el dedo… Es un momento comparable al Génesis. Esa generación de escritores nos trajeron la vibración del mundo exterior. El escritor detrás de Conversación en la catedral ambicionaba lo mismo que había anhelado Tolstoi o Balzac: contar el mundo en forma de novela. Eso fue asombroso para mí.

Habiendo nacido y crecido en la época de Franco, ¿en qué ayudó el hecho que varias de esas novelas describían el mundo de las dictaduras latinoamericanas? ¿Se sintió identificado?

No necesariamente. Las novelas de dictadores –que a su vez proceden de Valle Inclán– no son las que más me han interesado, porque la vida interior de los dictadores no me seduce nada. Supongamos, una novela como El otoño del patriarca es una profecía: García Márquez estaba retratando a su amigo Fidel Castro, 30 años después. Me llamaba la atención la sensación de tener un mundo que contar. A Francia voy con cierta frecuencia, y ellos siempre te dicen lo mismo: que no tienen muchas cosas que contar, que no hay nada fuera de los idiomas y la lingüística (algo que es muy enfermizo). La lección extraordinaria de esos escritores latinoamericanos fue que se atrevieron a contar. Leer con 20 años La orgía perpetua de Vargas Llosa me reveló no sólo cosas de la literatura, sino también cómo ser escritor. Me acuerdo perfectamente de la emoción que sentí al leer ese libro, y también del entusiasmo de involucrarme con Onetti y Rulfo, y también por supuesto con Proust, Faulkner y Cervantes. Pero ciertos escritores hispanoamericanos fueron y son decisivos. 

Una pregunta técnica, ¿cómo usa los adjetivos en su escritura?

Con los adjetivos hay que tener mucho cuidado. Tienen que dar información sustancial, si no, hay que quitarlos. Además, es importante que la escritura siempre fluya. No puede pararse en lo seudo poético. Tiene que tener swing. Eso no quiere decir que deba ir más rápido o más lento. Lo importante es que la frase te empuje hacia delante. En este punto, aprendí mucho leyendo a Borges. En su literatura, el adjetivo siempre posee una utilidad y además tiende a marcar una diferencia con respecto a los sustantivos. Un adjetivo debe ser inesperado pero a la vez tiene que haber una relación entre uno y otro. Hay que procurar no regodearse en la propia escritura. En Rulfo puedes contar los epítetos que hay en una página. Por eso el mejor adjetivo es el que no se pone. 

Y con respecto al estilo, ¿considera que está sobrevalorado?

Sí, sin duda. Los escritores se regodean demasiado en su propia escritura. Una novela es igual de económica teniendo 100 páginas que contando con mil. Y puede ser igual de retórica comprendiendo dos folios que dos mil. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Algo que me ha hecho bien es el contacto permanente con la lengua inglesa, tan distinta a la retórica de nuestra lengua latina. Eso ha sido útil para mi trabajo. Por ejemplo, la poesía seca de William Carlos William ha tenido mucha influencia, especialmente en mis últimos libros.

A su juicio, ¿cuál es el papel que el idioma español ejerce y desempeñará en la sociedad norteamericana?

Creo que estamos en el umbral de un salto cualitativo en la presencia del español en Estados Unidos. Ese salto puede ocurrir o no, pero las posibilidades se advierten con sólo estar un poco atentos: la aparición de hablantes de lengua española de clase media y con profesiones liberales; la utilidad del bilingüismo para hijos de parejas de inmigrantes que habrían perdido el español si no les ofrecieran oportunidades profesionales. La existencia todavía pequeña, pero gradualmente mayor, de libros en español en las grandes librerías; la visibilidad de artistas hispanos en algunos medios importantes; el éxito de películas habladas en español; la apuesta por la lengua que hace la cadena PBS, con programas de televisión que empiezan a tener calidad, y que se dirigen a un público que no es el de las telenovelas, son algunos de los motivos que veo como claves. ¿Se convertirá la cultura en español en parte del mainstream anglo, aunque sólo sea en parte? Lo sabremos en unos pocos años. No soy del todo pesimista. Creo que la presencia del idioma es tan abrumadora que difícilmente se le puede mantener en posición subordinada por mucho tiempo, o que pueda perderse del todo en las próximas generaciones.

Usted vive desde hace muchos años aquí. Es un inmigrante. ¿Se puede hablar del multiculturalismo en Estados Unidos, de una convivencia armoniosa entre la cultura latina y la anglosajona? ¿De un empalme entre una y otra?

El multiculturalismo es un término demasiado vago para significar algo concreto. No creo en el valor de yuxtaponer culturas aisladas entre sí, sin puntos de contacto. Más que de multiculturalismo, me gusta hablar del antiguo pluralismo; es decir, el diálogo verdadero no entre grupos cerrados, sino entre personas, cada una con sus valores y sus intereses.

¿Ha sentido discriminación alguna vez por ser el español su primera lengua?

Por mi trabajo, que ha sido unas veces de profesor, otras de representante de mi gobierno, soy consciente de haber recibido un trato de privilegio, por lo cual mi experiencia no sirve. Pero también me he puesto nervioso en Inmigración, y he tenido algún percance desagradable. Nada importante, desde luego. La discriminación siempre es contra los pobres.

París fue por muchos años una ciudad que tuvo un poder magnético para escritores del mundo entero. ¿Nueva York tiene ahora el mismo dominio sobre la literatura hispana?

No puedo hablar en general, sólo de mi propio caso. Nueva York me ha permitido huir de la vida literaria española, refrescarme gracias al encuentro con la lengua inglesa, con una vida cultural muy rica y muy variada. Asimismo me permitió descubrir la enorme variedad del español de América Latina, que se encuentra resumida en esta ciudad casi más que en ninguna parte. No hay dos países ni dos latinoamericanos iguales.

“A menos pensamiento, pensamiento más tiránico y absorbente.” - Miguel de Unamuno

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