You’re down on your knees
Begging us please
Praying that we don’t exist
But we exist.
Arcade Fire
Ella fue, sobre todo, una sonrisa. Busco fotos y entrevistas y veo que en todas, en absolutamente todas, aparece así: posando como si la vida fuera, realmente, un carnaval. Marsha P. Johson era una reina en toda regla y por eso, desde que pudo, se plantó frente al mundo con esa risa suya tan indómita. Reírse era su manifiesto. La risa era lo que menos se esperaba de una mujer que, como ella, reunía los estigmas más sospechosos para la época: ‘Marsh’ era pobre, era negra y era transgénero. Y eso, en los convulsos años ‘60 en Estados Unidos, era —¿era?— un delito.
El ‘orgullo’ LGBTIQ+ fue una creación de Marsha: ¿qué puede ser más elocuente, poderoso y reivindicativo que la aceptación gozosa de uno mismo? El marketing gringo, sin embargo, dice que el ‘orgullo’ nació en The Stonewall Inn.
«Where Pride Began» es el slogan con el que ahora se promociona al mítico bar neoyorkino donde, el 28 de junio de 1969, «las abejas reinas picaron como locas». Con ese titular displicente y homofóbico, el New York Sunday News contó ocho días después cómo fue la revuelta espontánea e histórica que frenó, por un momento, los hostigamientos a la comunidad LGBTIQ+ que frecuentaba el Greenwich Village.
Por esos años, The Stonewall Inn era uno de los pocos sitios de la ciudad donde los homosexuales —estigmatizados como enfermos mentales y delincuentes— podían divertirse. En este bar, regentado por la mafia, las redadas eran constantes y los dueños, la mayoría de las veces, calmaban con coimas a las autoridades. Pagados o no, los policías invadieron el bar a la medianoche del 28 de junio. Todxs fueron arrastradxs hasta los furgones frente al bar. Mientras intentaban llevarla hacía allá, Stormé DeLarverie, una habitué del Village, se opuso y exigió que la soltaran. La policía ahogó su reclamo con golpes.
Explotaron entonces los gritos, los abucheos, las protestas. Gays y lesbianas lanzaron contenedores de basura, botellas y ladrillos con rabia e indignación. Arrancaron incluso un parquímetro para bloquear con eso la entrada del bar en donde se habían agazapado algunos policías asustados. Marsha, su amiga Sylvia Rivera (de ascendencia puertorriqueña) y el resto de ‘sisters’ llegaron un momento después, ocuparon el frente de la resistencia y prendieron fuego a todo.
De no haber sido por el coraje y la lucha incansable de Marsha —modelo de Andy Warhol, cantante, fundadora del Frente de Liberación Gay y madrina de cientos de chicos y chicas gays y trans de la calle— y de la incombustible Sylvia —también artista, guardiana de la comunidad y la activista feroz que pronunció el estremecedor discurso ‘Es mejor que todos ustedes se callen’ en 1973—, ese primer grito de liberación en Stonewall habría sido apenas un susurro blanco, homosexual y privilegiado. Un grito excluyente entre los propios excluidos.
Es febrero de 2019 y esta es la primera vez que mi mamá y yo estamos juntos en Nueva York. Ella va a cumplir 60, yo 32, y ésta ha sido, por lo pronto, la única vez que hemos viajado sólos los dos. Me ilusiona y me preocupa mostrarle la ciudad porque pienso, absurdamente, que podría aburrirse o desilusionarse. Aposté conmigo mismo que la pirotecnia marketinera de Times Square la sorprendería por encima de la levedad de un paseo por Central Park. O que la novelería de las figuras de cera del Madame Tussauds la deslumbraría bastante más que el esplendor de los animales del Museo Americano de Historia Natural. Me emociona descubrir, sin embargo, que mi madre ni se inmuta ante la estridencia fotogénica de los anuncios y que, en cambio, se detiene a contemplar el apuro cauto de las ardillas. Me enternece ver cómo le fascina mil veces más ver de frente a un bisonte que sacarse una selfie con una Michelle Obama postiza.
Después de tomarle fotos frente a la elegancia estática de las jirafas, mi mamá me agradece por haberla llevado ahí y yo me voy un rato al baño con los ojos lluviosos.
Al salir del Museo de Historia Natural, reconociéndome más parecido a ella de lo que me imaginaba, le propongo ir a Bryant Park para ver a la gente patinar. Las bufandas, los gorritos, la música y las risas al paso: para mi mami todo es «como en las películas», salvo este frío temerario. Se me ocurre entonces que, para abrigarnos, podríamos entrar unas horas al refugio más cercano: la imponente Biblioteca Pública de Nueva York. Juro que no tenía pensado someterla a un recorrido más allá de la tienda de souvernirs pero, por un afiche en la planta baja, me entero — sí, recién ahí— de que en el tercer piso hay una muestra de fotos por el 50 aniversario de Stonewall.
Mi mamá y yo subimos a recorrer los pasillos de mármol donde se exhibe Love and Resistance: Stonewall at 50, una recopilación de los archivos de la biblioteca, «que incluye una de las más importantes colecciones de la historia LGBTIQ del país», según el folleto de la exposición. Me siento afortunado de poder mirar tanto material inédito, pero también me fastidio porque sé que deberé explicarle cosas a mi madre. Traducirle más que explicarle. r. xhib estaba mterormacil mi myant Park para ver a la gente patinar. Vemos pocas fotos juntos y ella aprovecha para ir al baño y buscar donde sentarse. Me pregunto si tal vez se incomodó por las obras de Kay Tobin Lahusen y Diana Davies —las fotógrafas estadounidenses que durante los 60 y 70 retrataron la diversidad con belleza, sagacidad y empatía—, pero me respondo que de cualquier modo no debería porque todo lo que reflejan esas imágenes son las formas, las luces y los códigos del amor.
Sigo caminando sin atender demasiado a mi duda y me paro frente a los archivos de las protestas. Por esas fotografías resilientes en blanco y negro, firmadas por Lahusen, me entero de que en 1965, cuatro años antes de Stonewall, grupos de no más de 30 personas —ellos con traje oscuro y ellas con faldas ejecutivas— se plantaron frente a la Casa Blanca y al Pentágono para protestar por la prohibición que impedía que gays y lesbianas trabajaran en empleos federales, incluido el servicio militar. «Ninguna sociedad puede ser grandiosa sin todos sus ciudadanos», dice una de las pancartas hechas con marcador, madera y cartulina.
Más allá hay un retrato de la risa imperial de Marsha P. Johnson, y otra postal en la que su ‘hermana’ Silvya Rivera —cofundadora del colectivo y la Casa S.T.A.R, creadas para ayudar sobre todo a mujeres trans sin techo— posa en el borde de una fuente, recostada como faraona. Entre todo lo que veo me embelesa especialmente un rastro de ternura clandestina enmarcado por Diana Davies: en una pared del baño de la librería Oscar Wilde, en 1969, dos parejas encerraron sus nombres en dos corazones alargados y volátiles: Jim y Bill, y Ellen y Linda. Saco el teléfono de mi pantalón y trato de tomar una foto. Mi mamá, que ha estado sentada, viéndome desde lejos, se acerca de nuevo y me ofrece el suyo porque la cámara tiene mejor resolución. Un rato después, antes de salir a encontrarnos con la nieve, mi mamá compra y me regala el libro de la muestra.
Imaginar este paseo de libertad, entendimiento y apego mutuos, hace 10 años exactos, habría sido un delirio.
Mi mamá se enteró de que yo era homosexual por escrito. En un diario perfumado que ella mismo me compró cuando cumplí ocho años, yo había escrito, una tarde de 2009, lo que no había podido contarle a nadie: «Hoy terminé mi primera relación sentimental con un hombre mayor». Yo tenía entonces 21 años e intentaba coserme el corazón roto con música, películas y libros. Esa tarde había entrado a bañarme y, sedado como estaba por mi primer gran despecho, había olvidado esconder mi cuadernito y lo había dejado abierto sobre la cama. Cuando regresé al cuarto, mi mamá guardaba la ropa en el clóset y lloraba.
Por qué no me dijiste antes, me preguntó sin mirarme.
Por qué, si hubiéramos podido ayudarte.
La conjugación en plural era artificial, innecesaria: mi papá ya se había ido de la casa a buscar a esa compañera de trabajo de la que se había enamorado.
Ayudarme, para mi mamá, era prohibirme salir o quedarme a dormir en la casa de cualquier amigo. Era llamarme todo el tiempo, como nunca antes. Era pedirme, por mi propio bien, que fuera a conversar con el pastor de su iglesia. Era rezar, era callar, era disimular. Era cambiar de canal cuando se hablaba del tema. Era confiar en que apenas era una etapa o quizá una forma de llamar la atención.
No conozco, hasta ahora, a otro homosexual en mi familia.
No olvido, hasta ahora, cuando mi mamá me dijo que mi papá, en plena crisis de su segundo matrimonio, tenía todo el derecho de volver a la casa porque mi confesión le había lastimado y necesitaba recuperarse.
No llegué a decirle nunca a mi abuelo, que fue mi padre, que su nieto era marica.
Y no sé del todo bien qué piensan mis hermanos sobre mi homosexualidad.
En 2012, harto de llorar en cocinas ajenas, borracho y asustado, harto de pensar en casarme para que me dejaran en paz, y harto de conocer a gente solo en la oscuridad, huí un año a Barcelona y me alivié. Mi mamá lloraba por Skype, me decía que me extrañaba y me pedía, con demasiada insistencia, que me cuidara (ese verbo aséptico conjuraba su miedo a que, por ser homosexual, terminara con VIH). En la distancia, en la ausencia y en la espera todo, finalmente, se apaciguó.
Regresé de España. Salí del aeropuerto y mi mamá, desde ese día, ya sólo me abraza.
Salimos de la Biblioteca Pública de Nueva York y ni mi madre ni yo acotamos nada. Ni siquiera le pregunto qué opina de las fotos. Entre nosotros, la homosexualidad ya no es un tabú, pero tampoco es siempre un leitmotiv. Una vez, durante un almuerzo, me contó que un compañero de trabajo hizo comentarios homofóbicos y que ella lo cuestionó. Hace dos años, cuando la invité al cine a ver Love, Simon, el «tema», en cambio, salió calculadamente a relucir. En una de las escenas de esa comedia liviana y pudorosa, madre e hijo se reúnen en la sala a conversar. Él está anegado, pero tras escuchar su salida del clóset, ella le dice: «Ahora puedes ser más tú de lo que nunca has sido en un buen tiempo. Tú mereces todo lo quieras». Mi mamá empezó a llorar, dijo en voz alta «así es» y me apretó la mano con fuerza.
Caminamos despacio hasta Grand Central Station y, con ánimo de llevarla a otro paisaje, le propongo ir a Greenwich Village. Podría parecer que ir precisamente allá es una conveniencia narrativa y personal, pero lo cierto es que no tengo un mapa mental tan claro de Nueva York y mi intención no es otra que almorzar en un restaurante mexicano conocido. Con cada paso por Christopher Street, sin embargo, empiezo a reconocer que en el verano de 2018 caminé por aquí con E.
E. es mi novio desde hace seis años, pero desde hace dos estudia su doctorado en Yale. En agosto de ese año, cuando vine a visitarlo, peregrinamos juntos y por primera vez a The Stonewall Inn. Justo frente al bar queda Christopher Park, y como E. y yo llegamos por la noche, ni siquiera se nos ocurrió espiar por la cerca para ver las estatuas blancas por las que ahora mi madre me pregunta intrigada.
El 25 de junio de 2016, 13 días después del tiroteo de odio en la discoteca LGBTQ+ Pulse de Orlando, en el que murieron 49 personas y 53 resultaron heridas, el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, designó a este parque y a la calle homónima como el Monumento Nacional de Stonewall. Éste incluye al Monumento a la Liberación Gay: los dos hombres de pie —la mano de uno sobre el hombro del otro— y las dos mujeres sentadas —la mano de una sobre la pierna de la otra—, de blanco, esculpidos por George Segal, que a veces portan rosas rojas o la bandera del arcoíris.
Mi madre me escucha atenta mientras leo y traduzco el cartel explicativo del monumento. Le señalo entonces en dirección a Stonewall y le resumo lo que pasó ahí, lo que pasó en Orlando y le recuerdo, también, la detención de 100 personas en un bar de Cuenca en 1997, el año de la despenalización de la homosexualidad en Ecuador.
Antes de salir del parque, mi mamá se para junto a una de las estatuas, la abraza y me entrega el teléfono. Yo cuento hasta tres y pienso, en esa quieta brevedad, que en los últimos cinco años ella se ha dado modos para decirme, sin alardes ni exageración, todo lo que me está diciendo ahora al sonreír, con tanta serenidad, para esta foto.
El nombre, sobre una vitrina horizontal, arde en su estridencia neón: The Stonewall Inn. La luz roja ruboriza las siluetas apretadas y flameantes que copan el interior del bar. E. y yo espiamos desde la acera y distinguimos las entrañas de cualquier otro pub: una barra enmarcada en botellas, sillas altas y recubrimientos de madera con un oscurecido aire old western. En la entrada, protegido por una lámina de vidrio, está el recorte del artículo que el New York Sunday News publicó el 6 de julio de 1969, en el que se refería a este espacio como «un nido de homosexuales» y abejas reinas.
Esta noche, lo único que zumba con intermitencia son los iPhones con los que las reinas, las maricas, las bolleras y lxs trans Whatsappeamos e Instagrameamos en vivo nuestro fiesteo insumiso. Al mirarme en uno de los espejos del fondo y reconocer que estoy al interior de este «santuario de la causa homosexual,» me siento obligado a persignarme como Pedro Lemebel, el gran cronista chileno. Tal como escribió esa voz salvavidas en su fantástica crónica de 1989, yo también me veo impelido a «derramar una lágrima en esta gruta de Lourdes Gay» en la que Madonna apareció por sorpresa, el 31 de diciembre de 2018, para ofrecer un mini-concierto gratuito para sus fieles más devotxs.
La diva que hoy canta para nosotros es la gran-diosa Jacqueline Dupree. E. y yo pedimos un par de gin tonics y nos acomodamos cerca de la mesa de billar que todxs usan para apoyar las bebidas. El repertorio de Dupree, para mí, es un flashback a mi reprimida adolescencia pop. No hay estrofa de Britney Spears, Celine Dion, Alanis Morrissete, Christina Aguilera o Destiny’s Child que yo no cante con el fervor de los redimidos mientras el pobre E., a mi derecha, se avergüenza un poco por no saber o ni siquiera haber escuchado muchos de estos himnos con brillantina que yo memorizaba a escondidas de mis compañeros de colegio.
Siento un rush enternecedor y centelleante cuando todxs —blancxs, negrxs, mestizxs—, en un gran karaoke queer, coreamos Like a Prayer hasta la afonía. Siento, también, el impulso de romantizar este recuerdo y por eso arrimo mi cabeza al hombro de E. pero él, preocupado porque dejó cargando su teléfono cerca del baño, aprovecha y se va a revisar si nadie le ha robado. Cuando E. regresa con el teléfono recargado, le reclamo con desdén porque me dañó la postal mental. Él me aguanta un rato, se ríe y me invita el último trago.
Nos abrimos paso hasta el guardarropa y ahí, en el último recoveco del Stonewall Inn, aparecen ellas. Colgados cerca de la luz, a centímetros del techo, los retratos en blanco y negro de Marsha P. Johson y Silvya Rivera se miran de frente, a una altura imposible para dedicarles un altar llameante. Sé muy bien que mis próceres son otras (las emancipadoras mujeres trans del colectivo Coccinelle, quienes lucharon por la despenalización de la homosexualidad en mi país), y sé también que lo que siento es quizá un efecto del relato comercial de esta lucha que aquí adentro, sin más rastro ‘político’ que bolsos y camisetas, es apenas un souvenir. Pero aún así —agradecido por haber llegado hasta este momento diáfano de mi vida— me detengo y las contemplo. De pie, frente a la risa portentosa de Marsha P. Johnson nadie me ve rezar, pero yo rezo.
Photo by: Netflix © – The Death and Life of Marsha P. Johson


