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Achy Obejas: “Para mi era importante encontrar Cuba”

Es imposible resumir la historia del continente americano en el siglo XX dejando por fuera el nombre de una isla: Cuba. Cuba significa mucho para muchas personas. Para unos, es el gran ejemplo revolucionario del Caribe, bastión antimperialista cuya existencia es una piedra constante en el zapato de los capitalistas más grandes del mundo. Para otros, es la última dictadura del continente; eterno blanco de chistes sobre balseros, papel higiénico, Studebakers y cartillas de racionamiento. Para un tercer grupo, que se presume de apolítico, es una curiosidad, un anacronismo, un destino turístico cuyo “Patria o muerte” y uniformes verde oliva son mero folclore.

Pero Cuba es complicada; los cubanos son complicados y Achy Obejas es complicada. Reconocida por su labor traduciendo al español a Junot Díaz, una de las principales voces de la literatura contemporánea estadounidense, Obejas es y no es la típica cubana, si tal cosa existe. Periodista durante casi diez años en The Chicago Tribune, se ha dedicado a diversas actividades, desde la publicidad hasta el activismo político, desde la dramaturgia, hasta la edición de libros; no obstante, su constante y su más grande orgullo, reside en la escritura literaria.

Entre sus novelas están Memory Mambo, Days of Awe y Ruins. Temas recurrentes y paisajes comunes se dibujan en sus palabras, reflejos de su persona que se vuelven inmortales. En la actualidad es Escritora Visitante Distinguida de Mills College en California pero sus responsabilidades con la institución, en los campos de la traducción y la escritura creativa, no la distraen de su pasión: una nueva antología de cuentos.

 

Achy Obejas

 

Naciste en el 56, en La Habana de Batista y a los 6 años tu familia se muda a Estados Unidos, específicamente Indiana. Me imagino que fue un cambio muy brusco…

Bueno, de hecho nos mudamos primero a Miami. Estuvimos en Miami año y medio viviendo en un barrio de puros refugiados cubanos. En ese entonces no conocíamos a nadie que no fuera refugiado cubano. En mi clase de primer grado todo el mundo estaba recién llegado. También las maestras quienes, quizás, habían llegado un par de años antes. El sistema escolar nos las había asignado a nosotros porque había una crisis de… boteros, en ese entonces no se les decía «balseros» sino «boteros».

Entre esos boteros habían muchos niños que estaban entrando al sistema público escolar de Miami y no hablaban ni «pío» de inglés. Necesitaban a docentes que fueran bilingües, así que muchas de nuestras maestras eran cubanas más dos o tres puertorriqueñas extraviadas. En realidad fue una experiencia bastante fuerte, porque aún a esa edad y en esas circunstancias existía tensión entre quienes estaban convencidos que íbamos a quedarnos largo tiempo, algo indefinido, y quienes pensaban que regresaríamos.

Eso se reflejaba en la clase, porque el goal oficial era enseñarnos inglés y en cada clase había tres maestras bilingües; pero en la nuestra había una que no nos hablaba inglés. Ella quería que habláramos español para que estuviéramos preparados para regresar a Cuba en cualquier momento. Mucha gente esperaba el gran regreso.

Mi familia se mudó a Indiana porque el gobierno de los Estados Unidos buscaba la manera de canalizar a estos cubanos en distintos lugares de Estados Unidos. No querían cubanos en el sur de la Florida… ¡Te puedes imaginar el éxito que tuvieron! (risas).

En Indiana enviaban a quienes tenían doctorados en pedagogía y abogados. Mi mamá tiene un doctorado en pedagogía, y mi papá es abogado.

Para mí fue una especie de shock pero no estábamos tan aislados porque, aunque no lo creas, en ese mismo edificio vivíamos treinta y pico familias cubanas. Era una especie de gueto. Había un gran sentido de comunidad y de seguridad. Los niños se pasaban el día entero correteando por los pasillos, entraban y salían de los apartamentos, todo el mundo se conocía y para nosotros se convirtieron en tíos, primos, etc. ¡Hasta hoy! Yo considero «primos» a personas que conocimos durante ese tiempo.

En fin, cursas estudios universitarios en Indiana e inicias tu carrera periodística en Chicago. ¿Cómo fueron esos primeros años?

Mis primeros años en Chicago fueron muy divertidos. No tenía nada, vivía en un apartamento tipo estudio de una habitación, situado en un barrio culturalmente muy activo. Había mucho teatro, mucha locura, mucho movimiento gay, mucha música. Cuando llegué no trabajé en periodismo sino en publicidad como freelance. Hacía anuncios en español para varias empresas americanas, la compañía eléctrica, una cadena de supermercados, cosas así… Era muy bohemia.

Empecé a colaborar como periodista para la que se conocía como prensa alternativa. Poco a poco llegué a The Chicago Tribune. Allí me quedé durante muchos, muchos años. Al comienzo escribía una columna sobre la vida nocturna en la ciudad. Era lo que hacía un amigo mío, pero sus textos se centraban sobre todo en los chismes de los famosos. Yo propuse algo distinto, más cultural y me pasaba la vida en las calles de Chicago, de noche, explorando.

El cambio fue profundo. Él escribía sobre las celebridades que asistían a tal y cual local, yo sobre los homeless que comían los restos que extraían de los basureros que estaban detrás de esos mismos locales. Él hablaba de los clubs de Blues de downtown donde preparaban show para la gente blanca, yo de los del sur de la ciudad, que era donde vivía, y donde hacían espectáculos, muy diferentes, dirigidos a la gente del barrio.

Me invitaron a escribir más y más cosas y después de un tiempo me ofrecieron una posición permanente en el periódico. Dejé la columna y empecé a redactar artículos diversos, desde el asesinato de Versace hasta la crisis del Sida.

 

¿Y de todo este trabajo cuál te enorgullece más?

Bueno, el periodismo me gustó mucho, pero lo que más me enorgullece son los libros. Esa escritura es mucho más personal y necesita que le pongas alma. Mi trabajo en The Tribune requería mucho de mis zapatos. Tuve que pasearme toda la ciudad pero era menos personal. No estaba escribiendo sobre mí. No hablo en un sentido autobiográfico, porque yo no escribo nada autobiográfico, pero sí en un sentido personal. Los libros son lo que más me llenan, lo que más me enorgullece, lo que más me cuesta espiritualmente.

 

Achy ObejasEsto fue algo que comenzaste a principios de los ’90, si no me equivoco. Primero con una antología de cuentos y luego con Memory Mambo.

Exacto. Primero la antología de cuentos y luego Memory Mambo, que ahora leo y me parece una novela bastante inmadura. Después escribí Days of Awe que es la que más me gusta y al final Ruinas. Acabo de firmar un contrato para otra antología de cuentos que saldrá el año que viene con el título La torre de Las Antillas. Tiene que ver, de nuevo, mucho con Cuba, obsesión de la que no puedo curarme.

 

En tus escritos se notan distintos elementos tuyos, personales, que tocas de manera recurrente. ¿Alguna vez te resultó difícil ahondar en esos pasajes?

Creo que siempre me ha costado escribir los libros. Todos los escritores sufren un poco al escribir, pero, en términos de reacciones fuertes, el periodismo es más inmediato. La gente reacciona muy rápido, mi mamá y mi papá tenían disgustos fuertes, me lo dejaban saber y eso me molestaba mucho.

Con los libros es distinto. Mi mamá los empezaba a leer y si llegaba a un punto en el cual se sentía incómoda, dejaba de hacerlo y me pedía que le resumiera el resto. Mi papá dice que los leyó, pero no creo que haya terminado nunca un libro mío.

Pienso que, de alguna manera, trataron de evitar el disgusto por alguna de las cosas que yo decía. Por ejemplo, mi relación con Cuba es muy distinta de la de ellos, quienes son unos refugiados muy típicos, profundamente anti-castristas. No es que yo sea pro, pero comparado con ellos……

 

Más tolerante en algunas diferencias…

¡Sí! A mí me interesaba mucho la reconciliación, a ellos en lo absoluto. A mí me interesaba descubrir Cuba, cosa que ellos no necesitaban ya que habían sido adultos en Cuba. Habían hecho su vida allí y la habían perdido aquí.

También les molestaba mi deseo de tener una relación con Cuba y con cosas cubanas. Antes de ir yo misma a Cuba ellos eran los que controlaban el reino de los detalles; después de mi viaje perdieron ese rol. Tras ir yo a Cuba, quedarme por largo tiempo, vivir allí como adulta, se modificó la dinámica familiar y me convertí en la persona que tenía la visión más actual de la isla.

Poco a poco comenzaron a cambiar muchas cosas. Contacté a familiares que no había visto en años y ellos me dieron versiones diferentes de hechos que me habían contado mis padres. Eso le da otra luz a toda la historia familiar. Empiezan a surgir matices que van transformando muy sutilmente la percepción de las cosas.

El otro problema es que muchos de los libros míos tocan temáticas gay. Y, a pesar de que mis padres conocen mi orientación sexual, porque he tenido una vida pública, para ellos no es fácil. Mi mamá me dijo que la primera vez que leyó una escena sexual en uno de mis escritos no pudo terminarla. Yo le decía “pero mami, es ficción. No soy yo” y me respondía “lo único que veo eres tú”.

Achy Obejas¿Cómo comienza tu trabajo con la traducción?

Lo de la traducción fue una casualidad. Una cosa muy rara. Estaba con la casa editorial Akashic Books y ellos tienen una serie de libros que son cuentos negros, basados en diferentes ciudades. Chicago Noir, New York Noir, Boston Noir… cada libro reúne cuentos negros relacionados con una ciudad en particular. Yo había participado en la antología de Chicago con un cuento situado en el barrio mexicano.

El editor, Johnny Temple, y yo nos hicimos socios y él estaba muy entusiasmado porque iban a editar Miami Noir. Yo también lo estaba porque imaginaba que iba a ver una pila de cuentos latinoamericanos, entre ellos muchos cubanos. ¡Al fin y al cabo, se trataba de Miami! En ese entonces yo estaba, como escritora distinguida de no-sé-que-cosa, uno de esos títulos súper exagerados, en Honolulu, Hawai. Y entre Nueva York y Hawai hay como ocho horas de diferencia.

Johnny, emocionado, me envía Miami Noir. Lo abro, voy al índice y había… ¡una cubana, una haitiana y cero otros latinoamericanos! Lo llamé echando chispas, le dije que estaba horrorizada… que lo consideraba un insulto… Él reflexionó y me dio la razón. Me dijo “Vamos a hacer Havana Noir.” Me pareció una tremenda idea y pedí que lo hiciera con gente dentro y fuera de la isla.

Ni él ni yo habíamos contemplado en ese momento el problema de la traducción. Ninguno de los libros de la antología había tenido traducción.

En un primer momento pensé que no sería difícil encontrar a buenos traductores entre los cubanos ya que muchos autores aspiran a ser publicados afuera. Pero, las traducciones que nos llegaban ¡eran horribles!

 

Pasa allá, pasa aquí…

Es por eso que yo misma comencé a hacerlas. Estaba comprometida con el proyecto y me horrorizaba la idea de que no quedara bien. Al final terminé haciendo 13 traducciones de los 18 cuentos que reunía el libro. Fue muy curioso, porque ni Johnny ni yo sabíamos nada de la industria de la traducción. Me acuerdo que estaba en Nueva York, rumbo a la presentación del libro en The Americas Society cuando Johnny me llama y me pregunta si no conozco a nadie en el mundo de las traducciones.

Recordé a David Unger, que es el director de la sección de traductores de la Feria del Libro de Guadalajara. Lo había conocido en Cuba, en una de mis tantas aventuras en La Habana. Habíamos dado clases juntos en un programa en Matanzas, con Junot Díaz, Danny Hoch, Irene María Fornés ¡Era un equipo de All-Stars! (Risas) que en ese entonces no eran reconocidos como All-Stars.

Llamé a David Unger y me contestó muy seco. Le pregunté si iba a estar en la presentación y me dijo que no sabía; pero ahí estuvo, en primera fila. Al finalizar se fue sin hablarme pero, al llegar en el hotel, muy tarde en la noche, abrí el correo electrónico y encontré una carta suya de catorce páginas en la cual me explicaba lo que tenía que hacer con la traducción y como comenzar una carrera como traductora.

A los tres o cuatro días, recibí una llamada de Jackeline Montalvo de Random House diciendo que según David Unger yo era la única capaz de traducir la nueva novela de Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Junot Díaz había tenido muchos problemas anteriormente con la traducción al español.

Achy ObejasMe imagino. Mucho uso de spanglish, muchas frases coloquiales de lado a lado…

El primer libro de él, Drown, de hecho tiene dos títulos en español: Negocios y Los Boys. Es el mismo libro pero la primera traducción es horrible. Los dominicanos de Nueva Jersey hablando de pollas, sonaban rarísimo. Entonces él pidió una segunda traducción.

Estaba histérico con la novela. No había publicado nada en diez años y quería que saliera bien. Era la novela de su vida, su gran desafío. Para colmo, Junot es amigo mío y habla español. Una cosa es que yo traduzca del español al inglés otra del inglés al español. Mi educación formal es toda en inglés, así que me pidieron una muestra y yo decidí hacerlo como desafío pensando que no me iban a escoger. Junot no sabía nada. Cuando me escogieron y él se enteró, confesó que por poco se desmayaba. (Risas) No sabía que yo era traductora y se quedó asombrado.

El proceso fue un gran dolor de cabeza. El texto era muy problemático y súper desafiante. Era particularmente difícil porque él quería que tuviera un gustito… un swing caribeño… pero que al final saliera a flote el lado dominicano. Yo no soy dominicana, en mi vida he puesto un pies en Santo Domingo, así que empecé un entrenamiento. Todos los días escuchaba estaciones de radio de Santo Domingo, nada de música, sólo gente hablando, discutiendo temas. Me compré todos los diccionarios que hay sobre la jerga dominicana, me puse a leer literatura dominicana publicada en Santo Domingo, para cogerle el ritmo.

Pero eso no fue lo difícil del caso. Lo difícil del caso fue que Junot estaba tan nervioso que formó un grupito con dieciséis amigos. La mayoría hablaba español con propiedad, otros muy mal. Cada vez que terminaba un capítulo, yo se lo mandaba a él y él, sin dar su opinión, lo enviaba a las 16 personas para que hicieran sus comentarios. Luego, sin contrastar las observaciones que podían ir de “¡Magnífico! ¡Perfecto!” a “Esto es una mierda”, me lo devolvía.

Él y yo analizábamos las notas. Y era difícil, porque su español es un español aprendido en la calle; ahora es mejor, pero en aquel entonces era un desastre. En muchos casos lo que aparecía en el libro de hecho estaba mal y no porque fuera jerga. Nombres históricos, sitios geográficos… cosas así. Y había que darle la vuelta, pero al final quedó bien.

Es gracioso, porque durante las primeras entrevistas que dio en España, antes que saliera el libro, estaba muy a la defensiva. En una dijo “bueno, siempre se pierde algo en la traducción… la traducción es un proyecto secundario…”, tomando distancias. Luego, cuando salió el libro y la crítica fue extraordinariamente positiva, cambió y al final decía “bueno, cuando empezamos, Achy y yo trabajamos mano a mano…”. ¡Sonaba como que él me hubiese dictado la traducción!

Hubo momentos rarísimos. En Venezuela, un crítico dijo que la obra estaba mejor en español que en inglés y Junot se molestó. Y otro, en Argentina, dijo que Achy Obejas no existía, que era un pseudónimo que Junot se había inventado para traducir la novela.

 

Yo entiendo los comentarios. Cuando leí La maravillosa vida breve de Óscar Wao me sorprendió mucho lo casual y lo orgánico que se siente el lenguaje.

Me alegro que te pareciera así. Eso me pone muy orgullosa. Ya con el segundo libro, Así es como la pierdes, puse otras condiciones. Le dije “te quiero, pero esta vez lo hago yo sola. No hay grupo editorial de 16 personas. Y tú y yo lo discutimos al final”. Le pareció perfecto y lo hicimos así.

Estaba la ventaja de que habíamos establecido mucho de los términos del lenguaje con Óscar Wao. “Fucking” se volvía “fokin”, “rapar” para “to fuck”. En la jerga dominicana hay como 17 maneras para describirlo, pero ya tenía un diccionario de “Junot-speak” y se me hizo más fácil. La traducción de Óscar Wao tomó 10 meses, Así es como la pierdes solamente 6 semanas.

 

¿Y cómo ha sido tu labor de español a inglés?

Del español al inglés ha sido más fácil para mí, por razones obvias.

Los textos eran sobretodo caribeños y están escritos en un lenguaje que conozco muy bien, un lenguaje de la calle, contemporáneo, muy vibrante. Los libros que me ha costado más traducir han sido los que utilizan el español mexicano. Mexico City Noir fue un verdadero desafío porque había 17 autores diferentes, cada uno con su propio lenguaje, su propio diccionario. Esa gente es súper creativa y usa el idioma de una manera muy particular.

He traducido dos libros de Carlos Velázquez, también de México, La biblia vaquera y La rosa marrana. Él inventa su propio lenguaje, está muy empapado de la calle, de las terminología de los drogadictos. Mucho ritmo, mucho color y a mí eso me encanta. He tenido también el placer de traducir a Rita Indiana este último año. Parece que sigo con el swing dominicano. Rita es una maravilla, ahorita trabajo con La mucama de Omicunlé , un libro delicioso.

 

En la actualidad los cubanoamericanos están viviendo un momento muy peculiar. Obama yendo a La Habana y visitando a uno de los hermanos Castro por un lado y por el otro, Ted Cruz y Marco Rubio fueron candidatos fuertes en las primarias del Partido Republicano. ¿Cómo te hace sentir este enorme contraste?

Ayayay… Lo curioso de Cruz y Rubio es que de verdad no representan a la comunidad. Cruz en particular, quien creció en Texas, habla con un dejo tejano y tiene una visión de la vida muy evangélica. Los cubanos no tiramos al evangelismo. Creo que somos muy espirituales pero no muy religiosos. El tipo usa botas vaqueras, por Dios. ¿Quién carajos anda en botas vaqueras en Cuba o en Miami?

Rubio es un bicho raro porque es jovencito, es el niño lindo que quisiera cualquier mamá y ese es su problema. Está constantemente intentando complacer a mamá y papá y se inspira en la política de la primera generación, ni siquiera en la de sus padres, sino en la anterior. La comunidad cubanoamericana ha evolucionado y él ha perdido todo su brillo en las últimas elecciones, donde Donald Trump le ganó en Florida. Rubio solo ganó en el condado de Miami-Dade, donde están los abuelitos, las abuelitas y las tías.

En fin, es un momento peculiar, porque se sabe que la política de los últimos 50 años no funciona. Tratan de presionar a los hermanos Castro, pero ellos siempre han encontrado a alguien dispuesto a ayudarlos. Cuba ha tenido la mala suerte de ser un país constantemente dependiente. Durante los años de la colonia éramos dependientes de España, después lo fuimos de los Estados Unidos y después de la Unión Soviética.

Hubo un periodo durante el cual no se dependió de nadie y casi nos morimos de hambre, hasta que llegó el gran salvavidas de Chávez, quien nos ha dado oxígeno, como sabe todo el mundo.

Yo creo que el gobierno cubano, al ver que Venezuela estaba en dificultad, decidió dar un paso hacia los Estados Unidos. De hecho, según los reportes que tenemos, la gente de Fidel y de Raúl estaba muy reacia a la idea de abrir negociaciones diplomáticas con Estados Unidos.

En cuanto a Obama, sabemos que siempre estuvo contrario al bloqueo. Las relaciones se abrieron en diciembre del año pasado, pero ya en octubre, en la Universidad de Columbia hubo una conferencia privada sólo para 40 o 50 invitados relacionados con Cuba, entre los cuales estuve yo, y nos adelantaron lo que iba a pasar.

Greg Craig, quien fue asesor de Obama por un tiempo, nos hizo una pregunta retórica: ¿Qué pasaría si el gobierno decidiera abrir relaciones diplomáticas con Cuba sin pedir nada a cambio? Ya veíamos por donde iba la cosa. Hasta cierto punto fue una maniobra inteligente, porque era la única manera de lograrlo.

Lo que pasa es que, durante este proceso de “transición”, que no se sabe cuánto durará, el pueblo cubano está sufriendo. La represión de la disidencia es violenta y la vida se ha puesto mucho peor en el último año y medio. Los recursos han sido invertidos para incentivar la nueva ola de turismo y de posibilidades con Estados Unidos, así que las cosas para el cubano de a pie están muy apretadas.

Aquí se habla mucho de esperanza, pero los números dan a entender otra cosa. Ha habido más balseros este último año que en los doce anteriores. No tengo la cifra precisa pero hay más gente saliendo de Cuba ahora que desde hace años. Se sabe que Estados Unidos no va a intervenir a favor de los disidentes, a favor de los derechos humanos, ni a favor de la economía interna de los cubanos.

Los estadounidenses quieren firmar sus contratos, desarrollar la construcción de hoteles y que vayan los cruceros. Pero no sabemos lo que puede pasar internamente. El vicepresidente de Cuba, quien se supone ha sido nombrado por Raúl como su sucesor, es un tipo llamado Miguel Díaz-Canel y sería el primero de una generación que no tuvo que ver con la Revolución. Pero él está con Ramiro Valdés, quien ha sido la eminencia gris de Cuba. Es el único a quien Raúl y Fidel han botado y que ha regresado. Tiene muy mala fama entre quienes son muy “patria o muerte”, así que no se sabe bien qué va a pasar.

No es posible prever las acciones que tomará Miguel y ni siquiera si llegará al cargo. Sé que mientras Fidel siga vivo hay pasos que Raúl no va a dar y mientras esté vivo Raúl, hay pasos que el pueblo cubano no va a dar. Estamos secuestrados por estos dos seres que son más mito, que otra cosa pero mitos poderosos, que nos atrapan, nos inhiben.

 Ellos son genios. Fucking genios. No importa lo que creas, hay que quitarse el sombrero.

 

Cuando cursaba estudios en la Universidad en Venezuela, un profesor, quien fue un dirigente importante en Copei, partido venezolano de derecha moderada, me dijo que una de sus frustraciones fue no haberse podido tomar una foto con Fidel cuando éste visitó Venezuela en el ’89.

(Risas) El tipo tiene una extraña magia. Hace muchos años yo fui con una amiga, cubana de allá, a un evento en La Habana. Una reunión privada y muy de la alta nomenclatura. Decían que estaba Fidel y nosotras estábamos pendientes. De repente sentimos una energía completamente diferente. Volteamos a ver y ahí estaba Fidel. El tipo era una especie de luz, no le podías quitar los ojos de encima.

Te juro por Dios que era como un imán. Recuerdo que dije a mi amiga “nos tenemos que ir, porque si yo caigo cerca de ese hombre y por accidente le doy la mano y Miami se entera, a mi mamá le va a dar un ataque de muerte”. Nos fuimos y mi amiga me confesó haber tenido una sensación parecida.

Fue una cosa realmente surreal. Claro, sabes que todo es psicológico, es la atracción del poder. Pero había una cosa extraña… algo de magia… yo me sentí muy trastornada por ese encuentro.

 

Es un fenómeno que a mí siempre me ha fascinado ya que es tan común en América Latina. Lo mismo pasó con Trujillo en República Dominicana, con Juan Vicente Gómez en Venezuela…

Es muy de nuestra región. Creo que también pasa con otros dictadores en algunas partes de Asia y de África. Pero a la vez es algo muy nuestro.

El otro día estaba viendo en la televisión unas entrevistas a electores dispuestos a votar por Trump y, cuando les preguntaban las razones de sus votos, ellos respondían “es que es un hombre fuerte, nos va a resolver los problemas”, “es un hombre fuerte”, “un hombre fuerte”. Cada vez que decían lo del hombre fuerte sentía que me iba a dar algo. Esa es nuestra herencia. Lo tenemos en la sangre.

 

¿Qué esperanza tienes para los latinos en Estados Unidos, en especial para los cubanoamericanos? ¿Qué te gustaría ver?

La gente siempre habla de los latinos en Estados Unidos sin darse cuenta que los latinos en realidad no estamos muy unidos. Somos gentes de muchas partes muy diferentes. Los intereses en el sur de la Florida no son los mismos de quien vive en la Costa Este, la Costa Oeste o en el Medio Oeste. Los niveles de educación también son muy diferentes. La gente de los libros de Junot, por ejemplo, habla de Nueva Jersey pero aquí en San Francisco es otra cosa. Ese español no se entiende aquí.

Hay que darse cuenta que las oleadas de inmigrantes han creado diferentes tipos de relaciones. Por ejemplo, en Chicago encontrar a una niñera que hable español es facilísimo, porque siempre hay nuevos inmigrantes aunque haya comunidades de cinco o seis generaciones. Aquí en San Francisco mi hijo ha tenido tres diferentes niñeras hispanas y ninguna habla español.

Es porque en la Bahía de San Francisco todo está muy caro, es la ciudad más cara del país y los latinos que viven en esta ciudad son de cuarta y quinta generación. Se consideran latinos, sobresalen de la mayoría blanquita pero no hablan español.

Me gustaría que los latinos en Estados Unidos aprendieran a reconocer las diferencias, respetarlas y a trabajar por las cosas que tenemos en común, en lugar de insistir sobre sus problemas particulares.

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