Somos una revista independiente que sobrevive gracias a tu apoyo. ¿Quieres ser parte de este proyecto? ¡Bríndanos un café al mes!
alicia perdomo
Photo by: Hernán Piñera ©

A un año de la muerte de Alicia Perdomo

Durante los meses de julio de 2009 y 2013, tuve la oportunidad de coordinar con Alicia Perdomo el Programa de Estudios en el Extanjero de BMCC en la Universidad de Oviedo. El entusiasmo de Alicia para acompañar a un grupo de estudiantes de nuestra escuela a mi tierra no es fácil de transcribir, y las palabras a las que puedo acudir para describir lo que esta experiencia representó para ella son pocas y, muy posiblemente, inexactas. Por suerte, Alicia escribió en su día, y con una pasión que yo no podría repetir ahora, acerca de aquellos dos veranos en Asturias en los que, pese a no haber llegado a conocer a Corín Tellado como le hubiera gustado y yo le había prometido –porque la gran dama de la novela rosa había fallecido pocos meses antes de ella viajar a España– y pese a las dolencias que la aquejaron durante el segundo verano que pasó en Oviedo, supo disfrutar con la intensidad con la que Alicia disfrutaba de todas las cosas, de las gentes, el paisaje, la lengua, la música y la comida asturianas.

Cuando aún quisiéramos que la realidad de su ausencia hubiera sido un mal sueño, y cuando tenemos que reconocer que no hemos podido acostumbrarnos a la idea de que se nos haya ido para siempre, nos queda el consuelo de mantenerla viva en nuestro recuerdo y de acudir a esa palabra suya tan poderosa que, afortunadamente, ha quedado entre nosotros. En este primer aniversario de su muerte, todavía doloroso, me llena de satisfacción poder compartir con cuantas personas la conocimos y quisimos, esta memoria entrañable que Alicia escribió en el 2014 para las II Jornadas de Cultura Asturiana que se celebraron en la Spanish Benevolent Society de Nueva York, sobre su estancia en Asturias, una tierra que adoptó sentimentalmente y un lugar en el que quiero creer que nuestra Alicia fue feliz.

Oviedo desde Corín Tellado hasta La Regenta: crónica de un viaje

Alicia Perdomo H.

La primera vez que fui a España aterricé en Ranón con varios estudiantes de BMCC. No aparecía el transporte que nos iba a llevar a la Residencia San Gregorio y alguien me prestó un celular. Le ofrecí pagarle y con un “Noooooooooooo, bastante les quitamos a ustedes”, que me dejó boquiabierta, se despidió con un beso en cada cachete.

Ese verano del 2009 había decidido dictar un seminario intensivo en el marco del Hispanic Heritage y había escogido un tema incómodo: la educación sentimental española y su retórica romántica y melcochosa. En pocas palabras quería analizar la historia de una persistencia: del folletín hasta la telenovela con los respectivos coqueteos a la Cenicienta y al resto de los cuentos de hadas. Paquita Suárez-Coalla me consiguió una cita con un ícono nacido en Asturias: Corín Tellado, quien lamentablemente se murió un mes antes de que la conociera. Recuerdo el clima fresco y lluvioso de finales de junio que me acompañó durante mis caminatas por la ciudad empinada.

En 2013 repetí el mismo itinerario, pero el verano –y fue realmente verano– casi me mató aunque me quedé en un hotel que generosamente, y por mi condición crónica de fumadora, me obsequió con una terraza enorme con manguera incluida. Entendí lo maravillosa que se sintió Carmen Maura en Mujeres al borde de un ataque de nervios rodeada de gallinas, gazpacho, policías y mujeres. En el restaurante del hotel me cocinaron todo al momento y sin sal, y empecé a perder peso como me lo hicieron notar Perla y María José, una cubana y la otra española, ambas simpatiquísimas. Llevaban razón. Un día al regresar de la clase, una mujer me tropezó y me espetó un “perdón, es que no la vi”. ¡Y eso que estaba hinchadísima por el calor! Las piernas me mataban y otra vez, en el restaurante, una española que yo juraba que era hermana gemela de Chus Lampreave, no solo me llevó ortigas frescas sino que me ortigueó ferozmente y me sentí mejor. Por si acaso, una de mis estudiantes me rezó las piernas y las señoras que me hacían el cuarto me mandaron a la farmacia a comprar una crema milagrosa, de acuerdo con su opinión: Thrombocid. Todo eso y el verano con las piernas hacia arriba –sobre unas almohadas idénticas a un chorizo–, unos estudiantes maravillosos que hicieron lo que tenían que hacer, y me relevaron de mi obsesivo “control freak” y unas profesoras que estuvieron allí, terminaron aliviándome. Por segunda vez, celebré allá mi cumpleaños –el 50, esta vez– con torta sorpresa compartida con un enorme grupo de estudiantes, parroquianos (con los que sufrí el fútbol con sus victorias y derrotas) y músicos. Los regalos me cayeron como lluvia (una botella de sidra con oro 24 que no me atrevo a abrir, una edición facsimilar de las arras del Cid que no me atrevo a colgar y un libro de la Leticia Rocasolano ahora real –de la realeza– que me atreví a leer morbosamente). En el otro cumpleaños, el del 2009, Paquita me inició en los pimientos de Padrón y del montón que picaba me tocaron casi todos. El mesonero que nos atendió resultó ser el nieto de la señora que atendía a Corín Tellado. El fantasma de esa escritora-escribidora, como diría Vargas Llosa, no me ha dejado de perseguir desde entonces. También me pasaron otras cosas que contaré más adelante. El 2009, como decía, me incliné a explicar lo sentimental, el folletín, me apoyé en las novelas de Tellado y en ese extraordinario libro de Carmen Martín Gaite, Usos amorosos de la postguerra española. No me olvidé ni de Blasco Ibáñez ni de Emilia Pardo Bazán. Hablé de las costumbres amorosas durante y después de la dictadura de Franco, hice que los estudiantes vieran algunos capítulos de Cuéntame cómo pasó, confundí los cuentos de hadas con la misma terquedad con que confundo la derecha y la izquierda por lo que mi reputación como cretina geográfica quedó demostrada (y doblemente reforzada porque al parecer nadie se pierde en Oviedo y yo lo hice, no una sino más de 5 veces, y en la última aterricé dentro de la Iglesia de San Juan el Real donde se casó el innombrable con la Collares pero con tal pericia que entré por una puerta lateral y cuando los ojos se me acostumbraron a la penumbra, me di cuenta de que estaban velando a alguien de cuerpo presente. Me senté a un lado por respeto y al rato, cuando el cura terminó el responso, el funeral o como lo quieran llamar, se empezaron a levantar unas señoras a darme el pésame. En el 2013 no vi difuntos, sino la Sábana Santa.

Para completar el intensivo del 2009, terminé con la Crónica sentimental de España de Manuel Vázquez Montalbán, hablé de Amantes de Vicente Aranda y de los viejos amores y de las nuevas representaciones incluyendo las versiones feministas y homosexuales, de las transgresiones sentimentales con el análisis de Yo no soy esa que tú te imaginas, de las revistas femeninas y la construcción de la feminidad y claro, tema caro a la cultura popular, la novela rosa (El derecho de nacer, Simplemente María, la telenovela que más ha impactado en España, la venezolana “Cristal”, et alli y la revista revistota Hola).

Mis estudiantes se olvidaron durante un mes del arroz y se aficionaron a las patatas, al aceite de oliva y a la sazón de allá. Descubrieron sitios, helados y bebidas que me describieron alegremente. Le entraron a la fabada, al bollu preñáu y dos o tres escanciaban sidra como naturales. Los recordé hace pocas semanas cuando Paquita me llevó a la universidad en un túper “El desarme” (garbanzos con bacalao y espinacas, callos y arroz con leche). Por cierto, hablando de comidas, Perla, la cubana del restaurante, me mandó un día elegantemente y sin parada al mismísimo carajo –sin parada– cuando le pedí unos “huevos rotos” en lugar de un revoltillo o perico como decimos en Venezuela. Nos reímos mucho, ella celebrándome la creatividad y yo, celebrando mi maldad culinaria. Siempre me quedo asombrada por el color de la yema que no es amarilla sino carmesí, como si alimentaran a las gallinas con pimentón y azafrán. Lo de la cáscara no tiene nombre: no son ni crema ni color carne: son casi marrones con lunares.

Volví a ver la casa de Carmen Polo, honrosamente conocida como La Collares o señora de Meirás con Grandeza de España, la espectacularidad de la catedral, del Teatro Campoamor, los hórreos, el parque de los pavorreales –vivos– y las abundantes esculturas. Me volví a sorprender por el número de peluquerías por metro cuadrado y la influencia de Sofía, la reina, claro, en lo que a peinados se refiere. Me encantó y me seguirá encantando cuando me llaman doña. Sigo oyendo en Nueva York “La Cabraliega” –casi todos los días– lo que pone a prueba los nervios de mi pareja. ¡Cómo me gusta esa música!

El verano del 2013 preferí dar un monográfico. Me atreví con Clarín y La Regenta porque enseñar esa novela en la ciudad que ostenta los títulos de «muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena» me pareció más que adecuado. ¡Era vivir dentro de la ficción! Y entre nos, porque, cuando uno la lee se imagina a la pobre Ana Ozores acosada por aquel sátiro sinvergüenza (y que les quede claro que no estoy haciendo análisis literario).

El curso fue fascinante y la respuesta de los estudiantes más. Obviamente, introduje la novela del siglo XIX y específicamente a La Regenta. Hicimos un recorrido histórico por Oviedo tras los pasos de los personajes. No me olvidé del realismo, ni del naturalismo, ni de la formación intelectual de Leopoldo Alas, ni del tema de la educación sentimental en la novela, ni de los personajes secundarios, porque de los protagonistas hablamos y mucho. Ana Ozores fue diseccionada. Por ella y desde ella tocamos la intimidad femenina, el masoquismo y el placer, mujer y lenguaje, lo privado y lo público, lo religioso y lo profano, la vida familiar, el hogar, la sexualidad, el cuerpo, el vestido y la conciencia. Y sobre todo: el deseo y la frustración de querer ser escritora.

Después nos metimos con la representación de la masculinidad. Los puntos se unían: La relación madre-hijo. Masculinidad, poder y control social. Relación entre el Magistral (mundo de la iglesia) y Don Álvaro (mundo de la política). Víctor Quintanares: ¿héroe a pesar de todo? La falta de modelos masculinos (y femeninos) positivos y cerramos el curso con la gran y redundante pregunta: ¿La Regenta es una novela feminista o misógina?

En el intermedio, los muchachos aprovecharon para entrevistar a Alberto Polledo, antes del cierre de la legendaria Librería Santa Teresa, para comer como se comía en la novela, para viajar y conocer. De regreso al hotel, porque estaba buscando la calle Uría, volví a perderme. No quieren saber dónde aterricé.

Se me olvidó contarles algo: cuanto estaba saliendo del aeropuerto con destino a Madrid y luego a Nueva York, obviamente llevaba sobrepeso –la maleta, no yo porque arriba les dije que perdí varios kilos– el señor que me estaba verificando el pasaporte me anunció que debía pagar no sé cuántos euros. Saqué mi tarjeta de crédito –a esas alturas no tenía efectivo a pesar de la generosidad de las tragaperras oviedenses– y seguimos hablando. De pronto, me la devolvió y me dijo: “Usted es muy simpática. No paga nada”. ¿Regreso a Oviedo? Siempre que pueda. Sin lugar a dudas.


Photo by: Hernán Piñera ©

Hey you,
¿nos brindas un café?