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paola maita
Photo by: Creativity103 ©

Las últimas semanas que vivimos en uno de los pisos del edificio 112 llovió como si el cielo quisiera secarse. Además de la lluvia, solo recuerdo de esos días el acto automático de empacar cosas en cajas, cajitas y maletas, y el aprovechar cualquier momento para ir al nuevo piso a dejar cosas.

Vi vaciarse las estanterías, cajones y armarios de las cosas que los ocuparon en los últimos 3 años. Luego, todo estaba tan vacío que el sonido hacía eco. En un momento, creí que podía escuchar mis pensamientos rebotando de una pared a otra. Durante esos días, mi alrededor se convirtió en un mundo de goma sin que yo pudiese hacer algo por evitarlo.

El último día que habitamos ese piso fue un sábado. Quedaban solo las cajas pesadas, las plantas grandes, el sofá, el televisor y la cama. Eran las cosas que habíamos decidido que se llevaría el camión de la mudanza. Durante un par de horas, estuve sola en el piso limpiando y revisando que realmente no se quedaba nada.

Las personas que contratamos llegaron a la hora que les habíamos indicado. Entre un señor ecuatoriano, que enseguida me preguntó si era venezolana, y un chico pakistaní con un marcado acento latino, aseguraron las cosas grandes que quedaban y bajaron todas las cajas.

Mientras ellos estuvieron allí, me sentí rodeada de conocidos. Por una parte, estar con personas que hablaban parecido a mí hacía menos pesada la sensación de dos inmigrantes que se mudan solos. Por otra, verlos mover todo frenéticamente de un lado para otro hacía que quisiera gritarles que parasen, que ya no me quería ir, que se quedasen con el dinero del transporte, que ese piso fue el primero que sentí mío y que me arrepentía. No sé cómo no rebotó todo eso que pensé en las paredes de goma que me rodeaban

Con los gritos imaginarios aun retumbándome en la cabeza, les confirmé la entrada del edificio nuevo con una rápida consulta en Google Maps, y se fueron a donde S. les esperaba. Nos despedimos entre risas, cerraron la puerta detrás de ellos, y enseguida comencé a llorar. Las paredes dejaron de ser de goma y se convirtieron en arenas movedizas. ¿Cómo arrancaba y dónde empacaba la sensación de hogar que había florecido allí? Ya se lo habían llevado todo. Solo me quedaba una bolsa de Ikea y mi mochila, y no creo que entrase allí.

Los últimos 10 minutos que pasé en el piso del edificio 112 lloré sentada en el suelo de parqué que tanto me gustaba, como si me hubiesen desahuciado. Cuando logré recomponerme un poco, aproveché ese momento que solo hay en el descanso de un llanto intenso, y salí por última vez de ese piso como habitante de él. De camino al piso nuevo, también llovía.


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