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Xabel Vegas: En el Estado Islámico los muertos sirven para atraer a los vivos, no al revés

Xabel Vegas es, desde hace años, una figura conocida dentro de la sociedad española. No es raro oír hablar de su trayectoria musical, en grupos como Manta Ray o Las Uvas de la Ira, aunque también le hemos visto ejercer como columnista y tertuliano en prensa y televisión.

Lo que nos resulta de especial interés es que Xabel, graduado en Ciencia Política y de la Administración por la UNED, ha estudiado en profundidad el auge del terrorismo yihadista, un fenómeno difícil de entender a ojos del ciudadano occidental. Por este motivo, por las dimensiones y la complejidad del problema, nos hemos reunido con él para abordarlo centrándonos en dos de sus aspectos más inexplorados: la historia del islamismo radical y, ante todo, sus características ideológicas.

 

Comencemos por lo más básico:  ¿Qué es la yihad y cuáles son sus orígenes?

El de yihad es un término confuso, surge en la época de Mahoma y existe una discusión teológica sobre qué quiere decir. Se habla de Yihad Mayor para hacer referencia a una lucha íntima, de autosuperación, mientras que la Yihad Menor es la que tiene una orientación más guerrera. El concepto de yihad, que estaba un tanto abandonado en el léxico del islam, se revitaliza a partir del siglo XX y adquiere las connotaciones que todos conocemos.

A veces se critica mucho que se hable de terrorismo yihadista, pero realmente la mayoría de los musulmanes nos entienden cuando nos referimos a la yihad en un sentido combativo. Casi nadie la ve como un proceso de esfuerzo personal, lo habitual es pensar en grupos violentos como los que hay hoy en día.

 

¿Es el terrorismo yihadista un fenómeno con identidad propia? Si así fuera, ¿podría exponernos sus rasgos diferenciales?

Sin duda es un terrorismo muy distinto del que hasta ahora hemos visto en los países occidentales, el de la extrema derecha, la extrema izquierda y algunos grupos nacionalistas. Se trata de movimientos con los que no es posible negociar, no están dispuestos a hacerlo; mientras que con ETA o las Brigadas Rojas había espacio para la conversación, unos códigos de diálogo compartidos, con el terrorismo yihadista no existe nada de esto. Para ellos es todo o nada.

Por otro lado, aunque tiene un marcado carácter ideológico, destaca sobre todo por su fuerte componente religioso. Esto se entiende en el contexto del islamismo, una corriente que surge después de la Primera Guerra Mundial, como respuesta a la desaparición del califato del Imperio Otomano. Se suele decir que el islamismo es el islam político, pues no solo desea transformar la sociedad en lo moral y lo espiritual, también pretende penetrar en sus estructuras sociales. En consecuencia, lo que nos encontramos es una mezcla indisoluble de ideología y religión.

 

Photo Credits: haddensavix ©

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Ahora que se refiere al islamismo, ¿existe un islam político ajeno a la yihad?

Sí, claro que sí. Estamos ante un movimiento enorme, importantísimo y normalmente alejado de prácticas terroristas. Quizá la organización más conocida sea la de los Hermanos Musulmanes y, pese a que algunos de ellos coquetearon con la violencia, no podemos decir que constituyan un grupo violento. Por lo general el islamismo apuesta por la paz, de manera que los yihadistas suponen una excepción y no la norma.

 

¿Hay una conexión real entre el yihadismo y la doctrina islámica, o se trata de una interpretación fundamentalista y violenta?

Ambas cosas. Es una doctrina fundamentalista y violenta, desde luego, pero también musulmana. Me preocupa mucho cuando se afirma que los miembros del Estado Islámico (EI) o Al Qaeda no son musulmanes porque, sinceramente, eso es negar la realidad. Aun siendo extremistas, toda su base doctrinal se basa en la Sunna, los hadices y el Corán. Si el que ellos practican es un islam falso, ¿cuál se supone que es el auténtico? Esta pregunta nos coloca en una difícil situación.

Lo digo porque, para estas organizaciones, sus creencias son un asunto central. Resulta irrelevante que la suya sea una interpretación distorsionada de los textos sagrados, eso es algo común a todas las corrientes religiosas. Otra cosa muy distinta es que, en este caso, se utilicen las armas y la violencia como vías para imponerse. Los yihadistas practican un mal islam que, a pesar de todo, sigue siendo islam.

 

¿Encuentra alguna razón para esta deriva minoritaria del islam?

Las prácticas terroristas se dan dentro de religiones muy diferentes, pero parece que el yihadismo tiene una mayor entidad. Existen muchas razones, pero hay dos en las que me gustaría incidir: En primer lugar, el islam es una religión muy normativa. Si estudiamos la trayectoria de Mahoma en Medina, en Arabia Saudí, veremos que ya existe un proyecto político, una intención clara de transformar la sociedad. En el cristianismo esto no es así porque el afán reformador se sitúa, ante todo, en el plano moral.

Por otro lado, los países musulmanes no han pasado por una fase de modernidad como la que vivimos aquí, decisivamente influenciada por la Ilustración y la Revolución Francesa. Una de las causas de esto es la actividad colonial de Europa, aunque hay muchas otras, tanto intrínsecas como extrínsecas. Con independencia del porqué, el caso es que estos países no han terminado de virar hacia el laicismo. Al contrario, en ellos la religión tiene un peso capital.

 

Photo Credits: Al Jazeera English ©

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Más allá de toda motivación religiosa, ¿es posible situar este islamismo radical dentro del espectro político?

No lo creo. Desde una perspectiva occidental, cualquiera que lea escritos yihadistas entenderá que son textos muy conservadores, sobre todo en lo referido a la mujer, la homosexualidad y las libertades individuales. No obstante, esto no significa que puedan adscribirse dentro del clásico eje izquierda-derecha.

A este respecto conviene reseñar el trabajo de Gilles Kepel, el gran estudioso del islamismo radical. En su último libro, de 2016, expone un caso de lo más ilustrativo: durante un tiempo, la mayor parte de ellos —muchos de ellos islamistas— votaron a la izquierda en las urnas como rechazo a las políticas antiinmigración. Sin embargo, cuando los socialistas ganaron las elecciones y aprobaron el matrimonio homosexual, estos inmigrantes de primera y segunda generación se decantaron por la derecha. El islamismo no encaja en el espectro ideológico al que estamos acostumbrados en los países occidentales.

 

¿Resulta inadecuado, pues, hablar de una ideología yihadista?

El problema es que no se parece a las ideologías europeas del siglo XIX, como el marxismo, el fascismo o el liberalismo. Más bien es un relato sobre la realidad, un relato omniabarcante [sic]. Al fin y al cabo, alcanza la política, la moral, la espiritualidad, las relaciones entre seres humanos, etc.

 

La mayor parte de las víctimas de este tipo de terrorismo son musulmanes.  ¿Qué papel ha jugado el cisma entre suníes y chiíes al respecto?

Esa es una muy buena pregunta porque, para los yihadistas, sus enemigos son malos creyentes y no merecen ser considerados musulmanes. En el islamismo más radical existe una herramienta, el takfir, que permite señalar a otro fiel como apóstata. Esta forma de exclusión, de situar al diferente fuera de la umma o de la comunidad religiosa, es la que utilizan estas organizaciones para justificar sus actos. Aquellos a los que matan no son como ellos y, por tanto, deben morir.

En el caso del Estado Islámico, el rechazo hacia los chiíes es determinante desde su mismo nacimiento. De hecho es este odio, que entronca con el pensamiento del teólogo medieval Ibn Taymiyya, el que lleva a la ruptura con Al Qaeda. La separación se produce a raíz de la Guerra de Irak, cuando Abu Musab al Zarqawi comienza a atentar contra los chiíes. Aunque Al Qaeda también rechaza su doctrina, no considera que merezcan la muerte.

 

¿Podría explicarnos esa transición entre Al Qaeda y el Estado Islámico?

Al Qaeda funciona a la manera de una franquicia, con patas muy diferentes, como Al Qaeda del Magreb Islámico o Al Qaeda en la Península Arábiga. El Estado Islámico surge de lo que era Al Qaeda en Irak, liderado por Abu Musab al Zarqawi.

Cuando Al Zarqawi llegó a Irak y empezó a operar en ese escenario de guerra, Al Qaeda se vio obligada a acogerle dentro de ese paraguas que es la organización. Ya por aquel entonces las relaciones no eran buenas, Bin Laden decía que Al Zarqawi era un extremista, pero fueron los ataques contra los chiíes los que produjeron la gran escisión. Este no fue el único motivo, hubo muchas otras causas, pero los atentados contra mezquitas supusieron un gran problema y condujeron a ambas facciones hacia el cisma. Hay que tener en cuenta que, después del 11 de septiembre, muchos efectivos de Al Qaeda eligieron refugiarse en Irán, que es chií.

En todo caso, no cabe duda de que la cuestión chií fue esencial en el nacimiento del Estado Islámico, sobre todo por las malas gestiones de la posguerra en Irak. Este era un país en el que había una buena convivencia entre suníes y chiíes, con muchos matrimonios mixtos, pero el conflicto acabó con esta realidad. Se le dio el poder a los chiíes y, aunque es verdad que estos habían estado marginados de las altas esferas políticas, eso no hizo sino azuzar la división sectaria entre las dos comunidades. El nuevo gobierno de Nuri al Maliki adoptó una actitud revanchista hacia los suníes y, por supuesto, el futuro Estado Islámico se aprovechó del descontento resultante.

Además, antes de la llegada de Al Maliki, la administración estadounidense ya había cometido el error de expulsar a todos los militares y funcionarios del Partido Baaz, el partido de Saddam Hussein. Estos eran fundamentalmente suníes, de modo que, al quedarse sin trabajo, muchos se unieron a la insurgencia. Por eso, en el EI hay un extraño matrimonio entre islamistas radicales procedentes de Al Qaeda y miembros del Partido Baaz, que en teoría eran laicos, socialistas y no muy religiosos.

 

¿Cuál es para usted, entonces, la responsabilidad de Estados Unidos y Occidente en este proceso? Se ha debatido mucho al respecto.

Es enorme, desde luego, pero tampoco me satisfacen los discursos que cargan toda la culpa sobre Occidente. También la tienen los gobiernos iraquíes que surgieron después de la guerra, por ejemplo. Mirar únicamente hacia Estados Unidos y Europa nos impide ver hasta dónde llegan las responsabilidades de los demás.

 

Photo Credits: DVIDSHUB ©

 

Hemos hablado del EI y Al Qaeda. ¿Qué diferencias existen entre ambas organizaciones?

En los 90, Osama bin Laden publicó un manifiesto que denunciaba las agresiones que él decía se estaban cometiendo contra la comunidad musulmana, como esquilmar los recursos naturales de sus países. Desde una perspectiva teológica existen dos tipos de yihad, la ofensiva y la defensiva, y Al Qaeda reivindica esta última. Aun con todas las barbaridades que ha hecho, que son muchas, su relato legitimador se basa en la defensa de la umma frente a los ataques de Occidente, Israel y los tiranos del mundo musulmán.

El Estado Islámico, por su parte, tiene una actitud claramente ofensiva. Sus reivindicaciones se centran en la creación de un Califato, en unir a los musulmanes bajo su bandera y extender el islam.

 

¿Cuál es el actual estado de salud de Al Qaeda?

La muerte de Bin Laden supuso una crisis. Quien le sucedió fue Aymán al Zawahiri, un médico egipcio con una larga trayectoria en la yihad. Su nacionalidad decepcionó a algunos sectores, que consideraban que el líder debía ser saudí, como lo había sido su predecesor. Con todo, esto no es lo más importante. Al Qaeda se vio debilitada por la aparición del Estado Islámico, que sobre todo supo captar a los más jóvenes del islamismo radical. Eso sí, al mismo tiempo tuvo la inteligencia de mantener el perfil bajo de cara a Occidente, para que fuesen otros los que recibiesen los golpes de la guerra contra el terrorismo.

Hay que destacar que esta organización sigue siendo muy importante, solo que en lugares del mundo que a nadie le interesan y que nunca aparecen en los periódicos. Lo es en el Magreb o en Yemen, o incluso en el conflicto de Siria: aunque oficialmente se haya desligado de Al Qaeda, Tahrir Al-Sham, heredera del Frente Al-Nusra, sigue operando y es una de las fuerzas que están combatiendo al régimen de Bashar al Asad.

Lo interesante ahora es ver quién toma el relevo de Al Zawahiri. Se habla ya de Hamza bin Laden, uno de los hijos de Osama bin Laden, cuyo liderazgo podría servir para atraer a gente joven a Al Qaeda.

 

¿Cómo definiría, a día de hoy, la situación del Estado Islámico? ¿Es realmente un Estado?

Ahora mismo es un reducto de entre cinco mil y diez mil personas en el desierto, pero ni en sus mejores momentos fue un Estado. Nadie les reconocía como tal y, aparte, tampoco tenían unas fronteras bien definidas. Deseaban expandirse por Dar al-Islam, la casa del islam, un territorio que abarca desde la península ibérica hasta Asia. Por eso, las fronteras se iban estableciendo de acuerdo a la conquista, cuando una ciudad era tomada y pasaba a estar bajo el control de una de sus gobernaciones.

Lo que sí es verdad es que el EI no dudó en expandirse y tenía formas de gobierno e instituciones que podían parecerse a las de un Estado. Eso también supuso un conflicto con Al Qaeda, que consideraba que la yihad no debía ocupar territorios si no era seguro que estos podían mantenerse.

 

Hezbolá es una organización terrorista chiita. ¿Hasta qué punto la diferencia esto de Al Qaeda o Estado Islámico?

Yo soy de la opinión de que el yihadismo global, el de aquellos grupos que tienen un proyecto que va más allá del lugar en el que operan, se da exclusivamente en el mundo suní. Los motivos son muy variados, y tienen que ver con factores históricos y religiosos, con cómo se configura la autoridad. Sea como sea, el caso es que yo no encuentro un paralelismo entre el yihadismo suní y el terrorismo chií.

¿Hezbolá es terrorismo? Desde luego, y totalmente condenable, pero en ningún caso lo llamaría yihadismo. Tal vez podríamos definirlo como terrorismo islamista chií, pese a que su dirección es cada vez más laica, menos centrada en la religión. De cualquier manera, no tiene ese objetivo global y totalitario, no quiere transformar la sociedad, la moral y las instituciones de gobierno. Es más bien una guerrilla que surge en el contexto de la intervención israelí en El Líbano y que, desde entonces, ha luchado a favor de los regímenes chiíes de la zona.

 

No son pocas las voces que se han alzado para denunciar un incremento de la islamofobia a nivel europeo. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Eso es así, hay datos que lo avalan, aunque en España el fenómeno es menos acusado que, por ejemplo, en Francia o los países escandinavos. Este auge de la islamofobia está relacionado con, entre otros muchos factores, el terrorismo yihadista, que ha servido como pretexto para que las organizaciones de extrema derecha nos vendan un discurso de odio.

Aun así he de decir que, a veces, se cataloga de islamofobia lo que es una crítica legítima al islam y al islamismo. Por ejemplo, la revista Charlie Hebdo fue acusada de mantener posturas islamófobas cuando, para mí, no es más que una publicación de izquierdas con una postura crítica que alcanza al islam y al cristianismo por igual.

Hablo de esto porque tengo la sensación de que, entre los que somos de izquierdas, solo se tolera el cuestionamiento del cristianismo. Esto es un tanto injusto porque, desgraciadamente, el islam —y no solo el radical— tiene cosas que son muy criticables, como la situación de la mujer o la de los homosexuales.

 

Para terminar: ¿cómo cree que evolucionará el terrorismo yihadista en los próximos años? ¿Ve plausible una solución a corto o largo plazo?

Vivimos en un mundo en el que uno de los mayores retos de seguridad es el yihadismo, y mucho me temo que la situación no va a mejorar en un futuro cercano. El Estado Islámico ha conseguido algo impensable hace quince años, que es que una única persona, armada con un cuchillo, pueda sembrar el pánico en todo el mundo. Siempre he creído que el EI actúa como una agencia de comunicación: saben cómo ganarse a su gente. Los muertos sirven para atraer a los vivos, no al revés.

El problema es que este tipo de terrorismo es muy difícil de combatir. Las suyas no son simples organizaciones, sino que reflejan una forma de ver el mundo; aunque cayesen todos sus líderes, su pensamiento seguiría ahí. Por eso defiendo que, además de con las armas, hay que combatirles con una ideología democrática.

Todo esto lo digo porque la prevención ha demostrado ser esencial. Es dramático el caso de los chicos de Cambrils, jóvenes aparentemente integrados que, según parece, ni siquiera eran especialmente religiosos. Dio igual que hablaran catalán o comiesen cerdo, que jugaran en el equipo de fútbol local, llegado el momento prepararon y cometieron los atentados.

Debido a esto, veo un mal negocio intentar solucionarlo todo colocando policías con metralletas en la entrada de las instituciones. Ese despliegue de efectivos da una falsa sensación de seguridad, lo que se llama una seguridad subjetiva, pero lo que hay hacer es volverse contra su ideología. Han construido muy bien su relato, saben contarlo, y eso es algo que les permite seducir a los más descontentos. Aunque parezca mentira, a las sociedades democráticas todavía nos hace falta estructurar un discurso antitotalitario que resulte atractivo.


Photo Credits: mr.urganci ©

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