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Adrian Ferrero

Tríptico de la Guerra de Troya

La lujuria de una mujer, puede ser capaz de hacer fenecer a muchos varones. La lujuria de un varón joven, puede hacer fenecer a muchos de sus compatriotas. Volver iracundo a Agamenón, el esposo abandonado, al que pertenecía esa hembra hecha de leche y miel selecta. Él, como venganza, convocará a todos los ejércitos aqueos. Amar en un lecho toda ungida con aceites, comiendo el fruto del olivo, bebiendo vino oscuro, adornada con dos perlas traídas del Mediterráneo, a un Príncipe cobarde, es una buena forma, de preparar un la batalla que dará lugar la Epopeya. Ambos, han elegido seguir el camino de los instintos más primarios, desconociendo la virtud de la fidelidad. Desconociendo la ley de matrimonio. De Helena lo ignoramos todo salvo que fue de Agamenón la elegida. De París la deseada. De Héctor la repudiada. De Andrómaca la aborrecida. De Príamo la considerada indigna de habitar las murallas de su ciudad: la causante de todos los males, como la peste. Lo cierto es que en Helena (y en la tentación de Paris) comienza una cadena a esta altura indetenible de sucesos que han cantado generaciones, a la que yo tampoco, en este escrito como un palimpsesto, tampoco me sustraeré. 

Sueños divinos

El astuto
Ulises
concibió ese equino.
Viento sal, aire de madera y oro.
La construcción se hizo bajo las estrellas.
Había que evitar la delación.
El susurro que pusiera en evidencia
las espadas, las corazas,
los cascos con penachos
de las aves más exóticas
de Atenas
(Orión brillaba).
La madera se consiguió
hachando los abetos que crecían
afilados con piedras
alojadas en la mar.
En los alrededores de Troya
se serrucharon anchos troncos
se pulió la madera
con cepillos dientes de metal
que raspaban esas superficies
como si fueran dientes de tigre.
Esas son fieras que abundan
por los alrededores de Troya.
Diana Cazadora
Señora de los bosques
se adueñaba del carcaj
y de la punta de plata de la flecha.
Acompañó a los aqueos
en la misión de velar por ellos
en tanto preparan su treta.
Atenea también favorecía a los aqueos.
En tanto Afrodita, diosa del amor
(y del deseo que desconoce la castidad)
pretendía enamorar
al mismísimo Héctor,
domador de caballos.
Afrodita, inspiradora de la tragedia.
Afrodita (¿quién lo hubiera dicho?)
herida por un mortal
en plena contienda.
Fue su culpa irredenta
la que la condujo a perecer.
Nadie la llamó
a inmiscuirse
en la discordia por una mujer.
Esos capítulos
en los que la injusticia
era iba de la mano del jadeo,
los humores, los deleites.
¿Una diosa herida por un mortal?
Así lo refieren ciertos cantos
de esta epopeya
en la que los celos y la lujuria
condujeron a la perdición
a toda una familia.
Peor aún, a toda una ciudad.
Los Mirmidones duermen.
Aquiles piensa que Agamenón
es orgulloso como un pavo real
de los que abundan en Persia.
Abren sus colas
como las corolas
de las flores más frondosas
de un jardín estival.
Él con solo extender su espada
de filo imbatible
lo partiría en dos mitades
perfectas,
con la sencillez de un principiante.
Ignora, en su carácter de semidiós,
que también él tiene
una zona vulnerable
que nadie en su sano juicio
desdeñaría como un peligro.
Esa que Tespis no pudo evitar
que tuviera: su talón falible.
Aquiles duerme. Sueña acaso
con un amor que no ha muerto.
Los Mirmidones velan
por su jefe
en caso de que los troyanos
osen entrar en su tienda
de campaña.
Aquiles, en toda su potencia,
suele traficar con la gloria.
Y la gloria lo cortejará.
Salvo que tendrá
un costo demasiado alto.
Ese que él no podrá narrar.
Pero sí el poeta sí cantarle
en su alabanza.
Y las generaciones futuras
recitar, copiar, leer
en una herencia infinita
que ni siquiera perecerá
cuando dejen de existir los libros.
Porque Aquiles
no pertenece a un libro
Pertenece a un mito.

Espada

Las diosas litigan.
La más bella.
La más voluptuosa.
La que ha conducido a Helena
a los brazos de Paris.
Ha abandonado a los aqueos
a su suerte
como si fueran perros salvajes.
Favorece en cambio a los troyanos.
No sabe que conduce a la muerte
a toda una ciudad
de la que se dice partidaria.
Su ambición la lleva
por los tenebrosos territorios
por los cuales a la vida
no le importa
más que satisfacer ciertos instintos
En el fondo,
diera toda la impresión
de carecer de seso.
Atenea, diosa de la inteligencia,
del saber,
nacida de la cabeza de Zeus
(tal vez por eso lo sea,
si Zeus es tan brillante como el oro).
Es su favorita.
Hasta que llega el día de la guerra.
Polemós.
Atenea clava su espada
sobre el antebrazo de Afrodita.
De nada le sirven sus artes
a Afrodita
propios de la seducción.
Temerosa, se repliega
para llorar sobre la falda
de su madre Hera.
Luego Atenea la decapita
como a un bárbaro.
Jamás la sintió su hermana,
pese a haber nacido
del mismo padre.
Hera llora sobre el cadáver de Afrodita.
Le toma los cabellos.
Se los acaricia.
Desea que se vuelvan serpientes
para ahogar
la garganta de Atenea.
Acomoda la bella túnica de Afrodita.
casi con las lágrimas de leche,
esas con las que la amamantó.
La peina
como si estuviera a punto
de marcharse a un festival.
en la que se beberán
elixires.
Hera llora.
Ha perdido a una hija.
Y ha comenzado a sentir
un rencor inconmensurable
hacia otra.
Aquella con la que
siempre compitió.
No le ha gustado nunca
compartir los favores de Zeus
con esta hija
tan poderosa,
porque nadie ignora
que la inteligencia
es el mayor de los done.
Hera llora a Afrodita
entre sus brazos.
de laurel y de plata.
En tanto los cielos
se encapotan en el Olimpo.
Ha fenecido una diosa.
Señal de luto olímpico
Una orden divina que todos deben acatar.

Leteo

Héctor, domador de caballos,
sube a su carro.
Ha comprendido
la debilidad, la cobardía
de su hermano menor.
Siente su hedor.
Ese de los miedosos
incapaces de enfrentar
las consecuencias
de lo que han hecho.
Diestro en el arte de las alcobas
pero que no sabe sostener un escudo
sin que le tiemble el pulso
de la mano derecha.
Helena mira, impertérrita,
desde la muralla a Héctor.
Sabe que debió haber elegido
a ese hombre.
No a este cobarde
bueno para nada,
que solo le ha servido
para satisfacer
las pasiones de algunas lunas.
Él solo sabe hacer el amor
de tanto en tanto.
Coquetea con las criadas.
Héctor está listo.
Se abren las dos puertas de Troya.
Sale Hector montado en su carro,
de ruedas veloces como liebres.
Aquiles llega como lo que es:
el relámpago y el trueno.
Hay algo que jamás le perdonará
a Héctor.
Así como Agamenón
no tolera que Helena
lo haya desplazado de su alcoba.
Hace falta perdón
en esta planicie.
Los dioses se dividen.
Porque además de tomar partido
contenderán para uno o para otro
guerrero iracundo.
Pero Héctor mantiene la calma
Mantiene a salvo a sus caballos.
Pero la suerte
está echada de antemano.
Y antes de que el enfrentamiento
haya comenzado
ya Héctor ha perdido la vida.
Desde la muralla
Príamo se rasga las vestiduras.
Comienzan los llantos funerarios.
Las lamentaciones.
La crueldad de Aquiles, que arrastra
el cuerpo de Héctor
todo en torno
del perímetro Troya
hace sentir la ira de algunos.
El dolor de otros.
Los designios se han cumplido.
De modo desangelado,
la vida de Héctor, domador de caballos
el más valiente
entre los troyanos
(también entre los aqueos)
ha partido de modo inexorable.
Visitará el Leteo.
Olvidará, por fin,
su mala fortuna.
No conocerá
la juventud de su hijo.
Tampoco la vejez de su mujer
si es que no la toman de rehén.
Esperará, paciente,
a Andrómaca
hasta que a su debido tiempo
ella también olvide su dolor
y lo tome por la espalda
con sus brazos de viuda
de vida desdichada.
Odia a Helena más que nunca.
Abomina de ella, la repudia.
Pero en esa espera,
tal vez incluso
Héctor la olvide a ella.

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Miguel García
Miguel García
1 month ago

Buen día Adrián. Si no he leído mal, Helena no fue esposa de Agamenon, sino de Menelao, su hermano. Agamenón el rey, fue el comandante de las tropas aqueas en la guerra de Troya que parten en rescate de Helena. La Esposa de Agamenón fue Cliptemnestra.Saludos. Miguel

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