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No por ser indeseables, las desgracias dejan de ocurrir.
Ocurren y sin dudas, enlutan hogares…
y también naciones.

En medio de las fiestas navideñas, ocurren desgracias. Ya en diciembre de 1999 en Venezuela, mientras Chávez se hacía aprobar una constitución a la medida por sus adláteres, entonces muchos, se anunciaba que sería este, el régimen revolucionario, un deslave que, como aquel de Vargas, asoló a nuestro país. Hoy, en estas Navidades con pandemia y la promesa de un conveniente confinamiento forzoso en enero (ya sabemos para qué), la miseria alcanza a tantos hogares, que los 41 ahogados del naufragio ocurrido en las costas de Güiria son el cúmulo de otros muchísimos más que tanto como aquellos miles de muertos la noche del deslave, enlutan los hogares venezolanos.

La huida de emigrantes en condiciones deplorables, que fallecen ahogados en el Golfo de Paria o de hambre y de frío en las carreteras andinas, desnuda la realidad venezolana: la certeza de una vida miserable empuja a miles a la incertidumbre de una emigración sin promesas, sin garantías, plagada de riesgos… aun la posibilidad de la muerte. Pero, a veces, como ocurre con los cubanos, para estar muertos sin haber muerto, mejor abrazar a la muerte en alguna carretera montañosa de los Andes, en las aguas turbulentas que nos separan de Trinidad y Tobago o en el estrecho entre Cuba y las costas de Florida.

Resulta grave afirmar que nuestras víctimas emigran por la certeza de una vida miserable en este, su país, como lo es para cualquiera que se vea forzado a emigrar. Y lo es porque envuelve dos apreciaciones igualmente trágicas: Que la élite regente no va a enmendar y, por ende, que cada día los recursos alcanzarán para menos y la vida será igual o más miserable; y que la oposición carece de posibilidades de triunfo.

Si bien ninguna de las dos apreciaciones es necesariamente cierta y, sobre todo, inalterable, la verdad es que el vulgo cree en ellas como un dogma de fe, y a ellas se aferra, tal vez para no sufrir nuevas decepciones.

Obvian esas dos apreciaciones, no obstante, una verdad de Perogrullo (real y peligrosísima), como lo es que la crisis puede engendrar otras salidas… incluso algunas indeseables. Olvidan tantos, aun en los medios académicos, que, en este asunto, los bandos no se limitan al de la élite regente (Maduro y sus conmilitones) y los opositores (los cuatro partidos que han secuestrado la causa opositora). No solo son más, sino que, y más preciso, son las facciones opositoras tan variadas como las chavistas, y en su seno, pujan todas como parturientas. Y en medio de esa diversidad de bandos, una podría emerger con una salida eficiente, aunque se trate solo, y desgraciadamente, de un quiebre, de un quítate tú para ponerme yo.

Viene enero, viene la nueva Asamblea Nacional, que, si bien no es reconocida en el exterior, lo será por las autoridades locales, sumisas al partido regente, y si este decide que Maduro es rey, pues rey será. La oposición es, por lo contrario, débil internamente y el apoyo de gobiernos extranjeros hasta ahora se ha limitado a acciones ineficientes, a declaraciones que a la élite le importan poco, como las griterías altaneras pero inútiles de Trump.

Si desean ser reconocidos como líderes, los jefes de una oposición que a la vista de tantos luce pusilánime, pues entonces no bastan expresiones de luto por los ahogados de Güiria u otros muchos, cuya genuina causa de muerte es su pobreza, su trágica miseria. Si desean defender su liderazgo frente a los propios, pues llegó la hora de demostrarlo, como en el pasado lo hicieran Rómulo Betancourt y Rafael Caldera, Leonardo Ruiz Pineda y Alberto Carnevalli, Antonio Pinto Salinas y tantísimos más que hicieron posible la democracia venezolana.

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