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“Todas las mujeres son iguales”

No tengo idea alguna del porqué he decidido publicar lo narrado a continuación. Supongo que proviene del gusto por hacer público los aspectos más privados de una joven tan distinta a la que soy hoy, o quizá lo haga en nombre del morbo que les estaré provocando; es como cuando a pesar de quedarte sin estómago por los nervios, o a causa de ellos, te lanzas de parapente.

Desde los primeros años de mi adolescencia asumí un fervoroso fanatismo por el género masculino, una preferencia que parecía innata: amigos, estilistas y héroes varones, mascotas (perros, gatos, conejos y ratones) macho; por lo que era de esperarse que la primera vez que tuviese sexo fuese con un hombre.

Solía llamarlo “Cacique”, su nombre hace referencia al nativo indígena “Guaicaipuro”, quien aparentemente nació en el año 1500 y se opuso a la conquista española. Lista o no, Guaicaipuro detuvo su automóvil frente a la casa donde había ocurrido mi niñez. No recuerdo que él haya protagonizado la popular escena en la que el caballero abre la puerta para que la damisela entre, pero sí que me incitara, desde el asiento del conductor, a sentarme y a dejarme cubrir los ojos hasta que llegásemos. Aunque hubiese desobedecido y desanudado el pañuelo no habría visto nada; mantuve los párpados clausurados como si se tratase de una puerta soldada que irrumpía el acceso a mi interior, así pude cumplir mi promesa de no arruinar la sorpresa. Del susto, los orificios de mi nariz también quedaron bloqueados, el pañuelo pareció alargarse hasta tapizarlos e impedir que respirara normalmente.

El camino fue largo, finalmente estábamos en la habitación de un hotel que su padre de clase media podía pagar. Al abrir la puerta, debía seguir una línea de pétalos de rosas rojas hasta la cama, Guaicaipuro aseguró que había desprendido cada pétalo del jardín de sus padres. Pero distinto a lo pedido, corrí apresuradamente al baño alegando que necesitaba orinar y me acurruqué en el suelo helado apretando las piernas contra el cuerpo; así me encontró e intentó relajarme encendiendo su CD-Player y emulando a un cantante de música rap (nunca ha sido mi género favorito). No recuerdo haber sentido dolor ni placer.

En poco tiempo tuvimos que irnos de la habitación y “dejar la virginidad ahí”, como aclaró Guaicaipuro antes de cerrar la puerta. Ésa frase y la pena que me produjo la imagen repetida en el espejo de las sábanas ásperas ligeramente manchadas siguen siendo el recuerdo de la primera vez que tuve sexo.

Como Guaicaipuro cumplía con todo lo que se le exige a un novio en la sociedad en la que crecí, cuando las trenzas de sus shorts quedaban atrapadas en el interior del mismo, yo me proponía a liberarlas; cuando Guaico quería que bajara al segundo piso por una jarra de Coca-Cola con hielo hasta el tope, mientras él veía el partido de fútbol, yo bajaba y se la traía; cuando Guaico no encontraba lugar para que tuviésemos sexo, yo debía esconderme detrás de la biblioteca, bajarme las panties y dejarme penetrar a secas.

Una vez transcurrido un mes de relación, mis padres y yo fuimos invitados a una reunión en la casa donde vivía Guaicaipuro. Mi madre y yo nos sentamos frente a frente; inmediatamente, con la complicidad que caracterizó nuestra relación durante mi crecimiento, nos miramos y sin pronunciar una palabra nos ahogamos en risas. Aquella reunión había sido ambientada con un formalismo que era ajeno a nosotras. Sí… la sociedad que me rodeaba exigía conductas machistas por motivo de algunas mujeres (quienes han criado y aconsejado a sus hijos e hijas discriminándose a sí mismas), pero en casa de mis padres el mundo giraba natural y fluido aunque ellos conformaran una pareja pudiente y reconocida por sus méritos.

Mi madre no tiene tratos especiales con mis hermanos y dice que jamás experimentó el sexismo. Me crió con la idea de que los hombres y las mujeres somos iguales: seres capaces, sensibles y con derechos que proteger.

En una ocasión, Guaicaipuro y yo estábamos en otra habitación de hotel más estrecha que las anteriores cuando Guaico se desabrochó el pantalón y de un solo tirón lo bajó junto a su ropa interior; fijó su mirada en mí y con el dedo me ordenó realizarle sexo oral. Sus mandatos se volvieron cada vez más frecuentes. Aprendí cómo obedecer y complacer a un hombre a los 18 años.

Además de las rosas y el rap, mi novio consideró que, “como a todas las mujeres”, me gustaban los corazones; entonces, un fin de semana fuimos a un motel donde nos sumergiríamos en un enorme jacuzzi en forma de corazón y, por supuesto, tendríamos sexo. En plena sesión de burbujas que hervían la piel se desató una discusión igualmente acalorada que inició nuestra ruptura: me atreví a reclamar que nunca había tenido un orgasmo estando con él. Salimos físicamente ilesos del hotel, sobreviviendo a lo que él decidió era un insulto a su virilidad.

Estoy segura que Eve Ensler pensaría que Guaico creció afirmando que “ser hombre significa no ser mujer”; no llorar, no acercarse a tu lado femenino, no ser “tan intenso”….

Dicen que todas las mujeres soñamos con casarnos, que únicamente complacemos a otros para hacernos desear, que desatamos guerras y acabamos imperios con nuestra agilidad para manipular, que nos gustan las películas románticas y que no sabemos estacionar un automóvil; podría ser cierto: no contamos con la marcada asimetría que se ha descubierto tiene el cerebro masculino; ciertamente, según la Organización Mundial de la Salud, el hombre suele presentar mayor desarrollo en las áreas visoespaciales, las cuales se relacionan con “las funciones mentales implicadas en distinguir la posición relativa de los objetos en relación con uno mismo”; por su parte, el cerebro femenino activa ambos hemisferios en las actividades relacionadas con el lenguaje, lo que determina el usual desarrollo que tenemos al ejercer dichas actividades (entonces, entre otras cosas, podemos manipular con mayor facilidad).

El cerebro masculino contiene 6.5 veces más masa gris que el femenino, mientras el cerebro femenino contiene 9.5 veces más materia blanca que el masculino, siendo esta materia la que conecta varias partes del cerebro (“How Male and Female Differ”).

El neurólogo, PhD, Ruben Gur de la Universidad de Pensilvania aseguró que un estudio indica que las mujeres son más capaces de dominar sus emociones debido a que las secciones del cerebro que controlan la agresión y la furia responden mucho mejor en el cerebro femenino. Gur, también refirió que “las áreas involucradas con el lenguaje y las capacidades motoras maduran seis años antes en las niñas que en los niños”. Sin embargo, ningún estudio indicará que todas las mujeres somos iguales, porque como dice Facundo Manes, conocido neurólogo y neurocientífico, “la conducta humana es el resultado de factores sociales y culturales, además de biológicos”.

Las creencias culturales pueden ser tan nocivas que en la actualidad hay madres que todavía permiten la mutilación genital a sus hijas por creer que las mujeres no debemos sentir placer sexual.

En lo que una mujer se convierte depende del cómo absorbe sus experiencias, ni siquiera todas tenemos clítoris: ¿cómo podemos reaccionar igual?¿acaso somos productos manufacturados en China, replicas para la venta masiva?

Hoy en día, Guaicaipuro utiliza una camisa en la que se lee “REAL MEN ARE FEMINISTS” (LOS HOMBRES VERDADEROS SON FEMINISTAS); él y yo somos grandes amigos y hemos tenido muy buen sexo.

No sueño con el matrimonio ni me gustan las películas románticas. Detesto a las “mujercitas”. Me reproduciría si con ello pudiese criar a alguien que siga impactando positivamente al mundo.

A los 29 años he descubierto que hay hombres que pueden producirme ganas de cocinar, cuando no sé cocinar; por los que me quedaría callada para escucharlos; de quienes no me importa seguir ordenes, porque no tengo complejos de inferioridad y confío en su criterio.

Escribió Córtazar : “Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas…”. Puedo tener sexo con Mick Jagger o con un simple mortal porque “no todos los hombres son iguales”.

Dedicado a mi maestro, quien un día con su inteligencia sabrá borrar el temor que le tiene a convivir con una mujer.

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Guaicaipuro
Guaicaipuro
5 years ago

Cada vez que conozco más a los humanos, te quiero más a ti…

María G.
María G.
5 years ago

Pura y dura reflexión de la autora, no se podría esperar menos de su inteligencia y su destreza en compilar las ideas, me gusta leer lo que escribe porque siempre me sorprende, siempre va a más …. Algún día seremos amigas, en toda la extensión de la palabra, mientras tanto soy la amiga de la familia que ocasionalmente nos tropezamos e intercambiamos frases, no conversaciones…pero la admiro mucho porque he contemplado su progreso como persona y amante de los gatos además. Bravo Natalia Bravo…

MESSUTI
MESSUTI
5 years ago

Bravo!!! Sabrosa lectura

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