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No es fácil. No lo ha sido y, posiblemente, ahora lo sea aún menos. El reciente informe de la ONU (de la comisión especializada) aleja las probabilidades de un diálogo con la élite regente en Venezuela. Se nota. Maduro insiste con sus preciadas elecciones parlamentarias y advierte que es «imposible» suspenderlas (como si les importase realmente violar una vez más la constitución). Sin embargo, su terquedad bien puede estrellarse contra la realidad. No creo que la diputación resultante, mayoritariamente militante del Psuv, obtenga la legitimidad para permitirle al gobierno el urgente acceso al crédito, que es el único fin de ese tinglado. Por ello, en este momento, lo más sensato para Maduro parece ser la postergación de las elecciones. Vistas sus declaraciones, no luce probable… por ahora.

Maduro finalmente llegó al pie de una cuesta empinada y pedregosa. Había logrado sortear dificultades, como las protestas del 2014 y del 2017, que a pesar de las críticas de unos (asesores más interesados en la venta de sus conocimientos que trazar salidas eficientes), sí causaron daño a la élite regente, que es vista por más de medio centenar de gobiernos como una dictadura cruel y así lo desnuda el informe de la ONU, estableciendo responsabilidades. Sin embargo, hoy, se le amontonan problemas como el polvo al mobiliario de una vieja casona abandonada… problemas muy graves.

No es solo el informe de la ONU, que para nosotros, los venezolanos, expresa lo que ya sabemos. Se trata además del colapso del Estado, de la nación.

La autoridad está fragmentada. En algunos casos, los funcionarios abusan de su investidura (sea un policía de punto o el receptor de trámites de un ministerio u oficina pública). En otros, ni siquiera la detentan y su autoridad procede de su capacidad de fuego, de su fuerza y de su desprecio por los derechos ajenos. En todo caso, sean o no funcionarios, sus actuaciones trasgreden la ley, el Estado de derecho. No es un secreto. En Venezuela se paga por la más nimia gestión administrativa y la policía despierta tanta desconfianza como los hampones. Es triste. Aún más, es una tragedia.

Y el colapso va más allá. La calidad de vida de los ciudadanos es prácticamente inexistente. Cada quien sobrevive como puede. Las pensiones de vejez son miserables y el salario mínimo no llega a dos dólares. La escasez ocurre incluso en aquello que para nosotros era impensable: la gasolina. La moneda no sirve, y para colmo, ni siquiera la hay. La mayoría de las transacciones se hacen en dólares, aunque la economía no esté oficialmente dolarizada. En el interior, la gente cocina con leña y pernocta días para reabastecer combustible. La luz falla a diario y el agua no corre por las tuberías. ¿Cuánto falta para que la gente estalle y del país, haga un verdadero caos?

Cuando mucho, la gente vive una cotidianidad triste. Se alegra con bagatelas, como encontrar papel higiénico, toallas sanitarias, que la cola solo duró tres horas… Nuestra cotidianidad evoca la de los melancólicos habitantes de Oceanía en la magistral obra de George Orwell «1984».

Si fuese sensato, Maduro negociaría su rendición. Pero no lo es, o, lo que creo, razones oscuras se lo impiden. Cuando menos, pactaría un aplazamiento de las elecciones para ganar tiempo, como solía hacer su antecesor. Aún es probable que ocurra. Quizá entienda que mejor corre la arruga a ver qué sucede después, ver si el panorama le mejora. Si bien el statu quo parecía favorecerle, sobre todo por la brutal represión por parte de los cuerpos de seguridad del Estado y de bandas armadas en zonas estratégicas, al parecer, la represión ya no le resulta barata. Por lo contrario, empieza a ser muy costosa (visto el informe de la ONU y las respuestas de gobiernos democráticos).

No puedo adivinar. Sin embargo, puedo intuir, puedo comparar y eventualmente, rasar con otras circunstancias del pasado. Sin que podamos hacer nada al respecto, porque escapa de nuestras manos, podrían los militares dar el primer paso y, como ocurrió en 1945 (por otras causas), invitar a los partidos políticos a formar gobierno, un gobierno transitorio. Si no, temo – y de verdad temo – que se repita lo sucedido en noviembre de 1948.

Dudo que Maduro negocie. Lo arrinconaron (por terco) y ahora lanzará dentelladas como rata enzanjonada. Por ello, rehén de su tozudez, hará lo único que le resta por hacer: incrementar la represión y sodomizar a la ley para satisfacer sus necesidades políticas. Creo, no obstante, que para él ya es tarde. El cerco internacional – que incluye la captura de Alex Saab – probablemente movilice a las fuerzas internas y sin el apoyo castrense, poco podrán hacer los cubanos para salvarle el cuello. Otra cosa es, no obstante, cuánto demore su caída.

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