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Toni Garcia Arias
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Sobre la enorme hipocresía de felicitar a los maestros

Durante estos días, con motivo del Día del maestro, han sido muchos los que han felicitado a los maestros y han reconocido su labor públicamente, tanto a través de las instituciones como en los diferentes medios de comunicación y redes sociales. Tal ha sido la locura que -como si de repente media población se hubiese tomado un bote entero de prozac en el desayuno- ha habido quien ha comparado a los maestros con una especie de multi profesional incombustible (psicólogo, animador, padre, vigilante, guía), con héroes que luchan incansablemente contra viento y marea, incluso con seres casi divinos con unas cualidades excepcionales. Y la verdad es que todo eso está muy bien, sobre todo porque luego, en el resto de los 364 días del año, contrasta con lo que muchos docentes perciben en el día a día, donde se califica a los maestros de vagos, con demasiadas vacaciones, que no vigilan, que no atienden a los niños, que no están formados,  que no hacen nada o que, para lo que hacen, bastante cobran y que, ante lo que diga un hijo, no hay palabra de docente que valga. Basta con leer los titulares de algunos diarios para saber de lo que estoy hablando.

En este sentido, a parte de la sociedad en general, que suele desprestigiar a los maestros a la mínima oportunidad, incluso delante de sus propios hijos, mención especial merecen algunos medios de comunicación. Digo algunos medios de comunicación como digo algunos padres ya que, obviamente, no son todos, pero sí un número considerable. Pues bien, el día del maestro, como si fuese el día de la paz, todos los medios de comunicación, tanto en artículos como en tertulias, se lanzaron a alabar la enorme importancia de un buen maestro y lo influyente que era éste en la vida de los niños. En las televisiones y en la radio se abrieron  secciones para recordar a los maestros que nos habían marcado en nuestras vidas. Y, como si eso ya fuese suficiente, como si ya estuviese todo hecho, todos se fueron para su casa tan contentos y aquí todos tan panchos. Y digo esto porque luego, cuando se quiere abrir un debate de educación en la prensa o cuando se invita a alguien a hablar de educación en la radio o en la televisión, o cuando se realiza un congreso importante, por lo general no se llama a los maestros, a esos a los que tanto admiran, sino a profesores universitarios. O, lo que es más insultante, a un coach. Y es que al final, a pesar de todas esas hermosas palabras, existe todavía en nuestro país, España, un complejo de titulitis que conduce al ninguneo de la figura del maestro de Educación Infantil y de Educación Primaria, como si estos fuesen profesionales de segunda categoría, muy inferiores por supuesto a los profesores universitarios, muchos de los cuales tienen un buen fundamento teórico pero carecen de la experiencia necesaria con alumnos de las primeras etapas. Este ninguneo –además de paradójico- es absolutamente despreciable, porque sigue fomentando la idea de que el maestro sirve para ocuparse de atender a los niños 6 horas al día, pero que no tiene la categoría suficiente para hablar de educación. Y no es una percepción. Sé de medios de televisión, radio y prensa donde se hacen estas prácticas porque las he vivido en primera persona. Así que, menos reconocimiento de palabra y más reconocimiento de obra.

Hace unas semanas, en una ponencia que tuve la oportunidad de dar en Vigo gracias a la maravillosa Asociación Érguete, asistí por la tarde a la charla de una chica keniana de veintitrés años que actualmente reside en España y que a pesar de su juventud tiene detrás una vida increíble que pone los pelos de punta. Durante su relato, esta chica comparaba algunos aspectos de la educación en Kenya con la educación en España. Una de las cosas que decía era que la educación en Kenya era muy importante porque era la única forma de salir de la miseria, y que por eso le tenían al maestro un gran respeto y una gran admiración. Asimismo, señalaba que, tras su paso por varios colegios e institutos españoles, le sorprendía que en España ni los niños ni los padres les tenían ese respeto a los maestros. Y es que, en España, hemos aumentado la velocidad de nuestro ADSL pero hemos rebajado la velocidad de nuestra cultura, nuestra educación, nuestra moral y nuestros valores. Nos creemos que por tener un móvil de última generación ya estamos fuera de la miseria, pero la tecnología sin conocimiento sigue siendo oscuridad. Realmente, más allá de la burda hipocresía y de quedar bien, ni valoramos a nuestros maestros ni valoramos la educación, por eso tenemos los colegios que tenemos; cayéndose a cachos y con una falta de profesorado que sería inadmisible para un país civilizado. Y es que, precisamente por no apostar verdaderamente por la educación, seguimos siendo la mano de obra barata de Europa y con muchos de nuestros grandes valores huyendo de España porque aquí ni tienen reconocimiento ni se les da valor. Y, por eso, tenemos lo que tenemos y estamos donde estamos.

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Orlando Terre
Orlando Terre
2 years ago

Interesante y bello.

Vicente Sorribes
Vicente Sorribes
2 years ago

Una gran reflexión, a mi modo de ver, creo que, todo pasa porque se le ha otorgado a los niños tanto poder con la ley de defensa a los menores, que incluso a los padres nos cuesta un suplicio educarlos, porque tenemos que estar siempre pensando, qué palabras usar para no incurrir en maltrato psicológico, en los castigos que queremos ponerles, por si les da por denunciarlos, (pues ya han habido casos), y en muchas situaciones, nos vemos con las manos atadas por no saber cómo librar esos problemas, en cuanto a esos padres, (que los hay, por desgracia), que… Seguir leyendo »

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