Somos una revista independiente que sobrevive gracias a tu apoyo. ¿Quieres ser parte de este proyecto? ¡Bríndanos un café al mes!
Ximena del Cerro
Foto de la obra de Ximena del Cerro

Rosario (1)

Este es un correo de despedida, Ro. No habrá otro. Voy a contártelo todo. No me puedo engañar, debes saber que no decidimos a quién amamos. Creí que había llegado a Italia rogando que me amaran, pero me equivoqué. Lo que me hizo ir, lo que quería con toda mi alma, era encontrar a quién amar. Pero eso no lo elegimos nosotros. Y acaso tampoco cómo desamar.

Fui a Italia por una niña. Cuando llegué a Milán, a finales de agosto, la italiana era lo único en que pensaba. La conocí en un crucero por el Caribe, durante las vacaciones de Navidad. Italiana adinerada de provincia. Bajé del avión y antes de agarrar mi maleta ya estaba pensando cómo sería si ella estuviera ahí, justo en la salida donde se ponen los choferes que llevan al hotel, esperándome. En el camión a Milano Centrale prendí el teléfono y entró un mensaje de Facebook. Agarré el celular con cosquillas en las manos. Creí que era ella. Un pensamiento babieco, porque yo le dije que en algún momento de esa semana llegaría y tenía más de un mes que no hablábamos. Pero para mí ella estaba en toda Italia.

Italia era ella.

Esas primeras calles que yo veía debían haberla visto antes y debían conocerla mejor que yo. Lo primero de todo siempre está hecho de otra calaña. Bueno o malo, pero los inicios no se repiten. Esa Milán estaba sola.

Era pleno verano, cuando los europeos están de vacaciones en la playa o de vacaciones en sus cuartos, pero de igual forma todos los negocios cerrados cual pueblo fantasma. ¿Qué estaba esperando para escribirle? Cuando estaba en Puebla pensaba que le avisaría dos semanas antes de llegar, para que se preparara y empezaran los planes. Llegaron esas semanas y pensé que mejor esperaría a que faltara una, para que lo sintiera más cerca, para que la emoción de saber que iba no se le agotara, para que pudiéramos hablar como si ya fuéramos pareja y estuviéramos a unos metros de distancia. Pero cuando llegó esa semana la volví a sentir muy lejos y me hice a la idea de que sería mejor esperar a que quedaran uno o dos días para el viaje. Así ella lo sentiría como una sorpresa inmediata, como si ya me tuviera enfrente.

En el camino al hotel me seguí esperando. ¿Qué tal si me decía que fuera de inmediato, cuando yo no había dormido en veinticuatro horas? ¿O qué si me decía que venía al día siguiente cuando tenía todavía que instalarme en el departamento? No lo hice, no escribí. Me sentí como si tuviera el control, aunque seguía revisando muy seguido el teléfono. Mi poder radicaba en estar en las calles que yo suponía suyas sin que ella lo supiera, como si Milán estuviera traicionándola al alojarme sin enterarla. El viernes hice toda la peripecia para recoger las llaves del departamento y mudarme. Apenas logré olvidarme de ella en los momentos en que me perdí en las estaciones del metro y planeaba cómo hablar con los de la agencia (que no hablaban inglés), pero su imagen regresó cuando cerré la puerta del cuarto. Fue el silencio. No tenía rumis o no habían llegado o estaban de vacaciones como el resto de los milaneses, pero el departamento era igual de espectro que las calles en esa semana. No tendí la cama ni saqué ropa de mi maleta. Solo me acosté en el colchón chafa que venía incluido y me quedé con el celular en la mano. Ya no tenía excusa. Sentía la emoción de un nerviosismo que precede a una potencial alegría combinado con el miedo a fracasar. Todo colapsado en la palma de las manos.

El tiempo se me intensó, pero seguro no duré más de una hora ahí sin escribirle. Lo más lacónico que pude le dije que estaba en Milán, con un saludo simple.

La digitalización es engañosa. No acorta la distancia tanto como ilusiona. En Puebla esa separación extraña en el espacio, mezclada con la del tiempo, me volvía más paciente para recibir sus mensajes. La distancia geográfica justificaba el distanciamiento emocional. Hoy, que la tenía a unos kilómetros, ¿por qué no me contestaba al instante? Deshice el recuerdo de estar de viaje, de recién mudado: caminé por el cuarto, salté las maletas, revisé el baño pequeño metido en una esquina a la fuerza para poder cobrar más renta. 

Me volví a acostar.

Me volví a parar.

En la ventana, por fuera del vidrio, una cortina metálica de las que cierran las tienditas para protegerse en tiempos de guerra. Sentí una leve vibración en la cama y agarré el celular en dos pasos: mis señores padres preguntándome qué tal el día, cómo me iba en Milán. Lo dejé y fui a la mesa junto a la ventana. Me senté a dar vueltas en la silla. Una silla usada, sencilla, suficiente para esos meses. Atrás, el librero. Me volteé para tocar un ritmo muy sencillo en la mesa, primero con toda la mano le pegué fuerte, luego me empezó a arder y seguí con los índices como baquetas. No era un ritmo, en realidad: era un golpeteo aliterado. Cuatro golpes con el derecho metiendo un simultáneo con el izquierdo en el tercero: có-me-te-lo, có-me-TE-lo, có-me-TE-lo…, después una zanja de sonido entre el cuarto golpe de la secuencia con el dedo derecho y el primero de la siguiente. Cuando me cansé volví a tirarme en la cama.

Le dije a mis papás que todo iba bien. Luego abrí el mensaje que envié por Facebook solo para cerciorarme de que no lo hubiera visto. La ansiedad es esclavizante. En mi siguiente ronda entré a la regadera diminuta que estaba junto al baño (tú después dirías que era muy rara, precisamente porque no estaba dentro del baño). Pequeña como la de un camarote, como todo en Europa: coches pequeños, calles angostas, asientos de tren reducidos: en el mundo viejo ya no cabe nada más. Lo cual quizá también sea metáfora.

En Puebla el sarro hace que la regadera se vea con pequeños puntos blanquizcos que obstruyen los orificios, y las paredes de la regadera se quedan marcadas con el lagrimeo constante del agua de cada día. En Milán no había rastro de eso, el agua es potable, pero yo seguí comprando mis pequeños garrafones caros. 

Ya cuando el sol se veía morir me di cuenta de que no había comido. Tenía ganas de un kebab idéntico al que cené el día antes, cuando me desperté confundido a las once de la noche, luego de dormir todo el santo día por el cansancio del vuelo, y salí a comprar lo primero que encontré, pero una extraña pena porque me reconocieran me obligó a buscar otro lugar. Me metí en un changarro imitación de pollo Kentucky que tampoco se veía tan bien pero estaba barato. No llevé mi teléfono. Pensaba que así era como llegaría antes su respuesta, una maña que a veces inundaba mi filosofía personal: si no lo deseo, si no lo busco, si me alejo, entonces sucederá. 

Irme fuera sin el celular tenía la doble ventaja de obligarme a dejar de verlo y matar un rato haciendo otra cosa. No funcionaba mucho. Comiendo solo en las mesas altas del intento de Kentucky, viendo a las pocas personas que caminaban, no podía dejar de pensar si ya habría pasado el tiempo suficiente para que fuera digno de regresar al departamento y checar mis mensajes de Facebook. Por más que te esfuerces, no puedes tardarte tanto comiendo una pierna de pollo y unas papas a la francesa. 

Al salir del local pensé que si me tardaba más aseguraría que hubiera algo en la pantalla para cuando volviera. Habría comprado la comida del día siguiente, pero el súper ya había cerrado. Creo que nunca hablamos de esas cosas sobre Italia o Europa en general, Ro, pero nunca dejó de molestarme que cerraran tan temprano, y que lo hicieran aún más temprano en fines de semana. ¿No tiene todo el sentido del mundo abrir si la gente está más libre un viernes por la tarde, sábado o domingo, y que justo por eso va a comprar la comida para toda la semana en esos días? Fue la primera de muchas veces que ese detalle que parecía nimio me desagradó. Además, tenía la desgracia de no haber caminado más que una cuadra larga, así que el mero trayecto no podía ser suficiente para tardarme como quería. Y acababa de llegar, no conocía otro súper. Antes de meterme a mi edificio también vi que podría ser una buena idea caminar rumbo al centro, conocer algunas calles cercanas para empezar a familiarizarme con el lugar. El problema es que el vago solo puede existir ahí donde se disfruta de calma. El que está en espera de algo no puede caminar sin destino, porque se desespera, se harta de inmediato de todo aquello que no lo está acercando adonde quiere ir, y lo único que puede hacerlo escapar por unos momentos de ese encierro es una necesidad más fuerte sobreimpuesta a la anterior o la simulación, al menos, de que se tiene una meta que cumplir en otro lado. Para eso hubiera servido tener que reunirme con amigos o hablar con mis papás o una tarea por entregar. Cualquier cosa que no dependiera de que yo quisiera hacerla, que por alguna cuestión alguien más estuviera involucrado y yo tuviera que cumplir, aunque fuera por mero compromiso y con pesar. El ocio es para los pacientes. 

De camino al elevador regresó el cosquilleo. A pesar de estar solo me esforcé por parecer normal. Luego de varios años no podía controlarlo. Es algo externo, que me rebasa. Muchas veces intenté apretar los puños, apretarlos en dos pasos, primero pegar las yemas a la base de los dedos, después girarlos todos lo más fuerte posible para que el puño quede hecho una masa compacta, sellada, fuerte. Ayudaba los primeros segundos, pero por fin la tensión creada por apretar tanto terminaba haciendo que toda la sensación aumentara, y al soltar los dedos se sentía que las cosquillas se acumulaban como brillantina en una de las bolas de navidad cuando les das la vuelta y todas se mueven por la esfera, pero no pueden salir y rebotan contra el cristal. 

En el elevador quería y no quería llegar a mi piso: la sensación del que se está echando un volado para saber si logra lo que quiere. Sin embargo, cuando abrí la puerta principal entré casi corriendo a buscar el teléfono, como si ya la decisión estuviera tomada y faltara descubrirla. No había nada. Solo un mensaje de mis señores padres, esta vez diciendo que comiera bien, preguntando si iría al aperitivo. ¿A dónde iba a ir por un aperitivo si no conocía a nadie? El movimiento de las manos se me fue al centro del camino entre el estómago y el pecho, no como alteración de brillantinas, sino hecho un apretón, machacándome hacia dentro. En el cuarto ya se estaba acabando la luz del sol. Sentirse solo cuando uno está solo literalmente no es una resistencia, es más bien un dolorcito del que uno se acuerda porque se aparece de a poco. Caminé a la ventana, me senté para seguirla viendo: ¿cómo se pasa de Puebla a Milán? Pensé que ella estaría con su amiga, de la que me contó muchas veces, que estaría paseando con sus papás por Conegliano, por calles idénticas a las que tenía afuera, cenando en su casa, en el comedor de un departamento idéntico a los que alcanzaba a ver en frente con las luces prendidas. Así me quedé, en el marco de la cama, sentado, hasta que lo único que quedó fueron las lámparas de los departamentos; parecían luciérnagas por la oscuridad que anegaba su alrededor.

Solo a esa hora me sentí obligado a tender mi cama para habitar el departamento. Al tiempo que ponía la sábana abajo del colchón, también cuando estaba metiendo la almohada en su funda, volteaba a ver el celular, a constatar si no se prendía la pantalla unos segundos. Cuando terminé de hacer el doblez de la colcha apareció una notificación. La emoción se mezcló con cierta dosis de culpa por no haberlo visto antes, como si hubiera perdido minutos de satisfacción. Dudé si abrirlo, cuánto tardarme, si responder. Cuando recibes un mensaje es como si te devolvieran el poder, ahora tú decides si le pones atención, o lo ignoras. Pero el poder tiene tiempo limitado: no puedes dejarlo ahí durante un día, porque pierde fuerza. Caminé otras dos veces por el departamento, como si me hubieran dado una gran noticia. Contestarle de inmediato era de un urgido, por eso me esperé media hora para preguntarle cómo estaba, y por más que intenté no pude resistirme ya al deseo de dejarle ir mi única intención: vernos. Me empezó a responder tan rápido que no tuve tiempo de salirme de la conversación para que no supiera si estaba viendo sus mensajes. Me dijo que me quería mucho y se quedó escribiendo. El cosquilleo regresó fuerte y diáfano. ¿Qué tanto tendría que escribirme si solo le había preguntado cuándo nos veríamos? Incluso para proponer un plan, para establecer una cita con fecha, hora y lugar, no era necesario escribir tanto. 

Me quedé viendo los puntitos que pone Facebook cuando alguien está escribiendo. Su respuesta me afectó en un segundo y medio. Apenas llegó el mensaje capté tres palabras que yuxtapuestas se leían como no creo vernos, y entonces sí lo leí completo, pero con los dedos haciendo temblar la pantalla por su movimiento involuntario detrás. Me decía que me quería otra vez, que le gustaba mucho (lo decía, literalmente), pero que no sabía si era buena idea vernos, porque yo estaba de paso, en cuatro meses regresaba a México, era más grande, con otros planes, ya en la universidad, y para colmo ni siquiera estaba muy cerca que digamos de su casa. El mensaje, por malo que pareciera, me tranquilizó. De hecho, no me pareció malo. Me di cuenta en ese momento de que había esperado algo definitivo, que no admitiera respuesta, una movida que no vi venir para deshacer cualquier potencial que tuviera de rescate. Porque yo sabía que si quería algo lo tenía que rescatar. Los últimos dos meses no nos dijimos ni hola porque me habló de su miedo a la distancia, a que le llevaba varios años, a que me faltaba pasar una materia en verano en Puebla para que se confirmara mi intercambio en Milán. No sirvió lo que dije para calmarla, para que confiara en mí. Aunque veía en sus ojos que me creía y a veces lo confesaba, terminó pidiéndome de forma tajante que dejáramos de hablar hasta poco antes de llegar a Italia, cuando ya fuera seguro, y entonces veríamos cómo se daban las cosas. De forma que cualquier intento después de dos meses de no hablar y ocho de no vernos era un movimiento de rescate contra todas las corrientes. Por eso pude dejar el teléfono con calma a un lado, acostarme y casi sonreír sabiendo que la estaba dejando en visto. El control, en cuestión de minutos, sin tener que sufrir otra espera, reposaba en mí de nuevo. 

Fue una decisión, pero una rápida. No la pensé mucho. Ella dudaba, seguro en su familia y en su círculo sus amigos la presionaban, seguro también había otros tipos pretendiéndola, a lo mejor su ex seguía pidiéndole que volvieran y ella seguía sintiendo cosas por él. Pero me estaba diciendo claramente que le gustaba, que me quería, así que la duda no podía ser tan fuerte. Se agrandó y endureció con la distancia, con el tiempo sin hablar, pero el hecho de que se siguiera expresando de esa forma sobre mí decía que la duda se inclinaba a resolverse por mi lado. Mejor: todo nació en mi base, desde mi terreno, a mi favor, y solo desde ahí se formulaba la cuestión, en general a causa del nulo contacto físico y la distancia en espacio y tiempo, de si debería o no seguir conmigo. 

Pero ya la tenía, desde el principio, y eran los ataques externos, de quienes no me conocían y no querían que ella estuviera con alguien ajeno, los que la hacían pensar a momentos en otra posibilidad, pero a ella nunca le agradó esa idea. Todas esas cosas ella las pensaba y las sentía muy en el fondo. Casi seguro que no se atrevía a compartirlas con nadie, pero decidió decirme a mí que todavía sentía atracción y todavía estaba interesada. Porque, si con todo y su amor secreto estaba resignada a terminarlo, ¿por qué me escribió eso? ¿Por qué no se guardó su declaración de amor cuando simplemente pudo decir que le caí bien o que ya salía con alguien más, incluso mentir? ¿Y por qué coronó la expresión de que le gustaba con un “mucho” tan innecesario si no lo sentía, por qué enfatizarlo de esa manera tan contundente? 

Porque con todo el cariño del mundo uno puede abandonar a alguien y llorar y pasar por un duelo, pero dejar a esa persona a fin de cuentas. Sin embargo, cuando uno se siente atraído no es posible. La atracción pertenece al reino de los animales, Ro, de los instintos, de la necesidad. Uno necesita estar con alguien que le atrae; el cariño es una afección secundaria que puede aparecer con cualquier persona y que puedes regular hasta el grado de tomar decisiones sobre ella. Así que, si me quería poco pero le gustaba mucho, yo tenía todo lo que necesitaba. El siguiente movimiento no sería una apuesta a una moneda en el aire, sino la respuesta a un grito de ayuda, de auxilio, cifrado en esas palabras sutiles pero poderosísimas que ella puso ahí, incapaz de pelear más contra toda la presión encima, esperando fervorosa que lo comprendiera y atendiera su llamado. 

Sí, su mensaje era una súplica velada para que fuera a rescatarla, a hacerla sentir segura otra vez, porque tanto tiempo lejos la debilitó y se cansó de luchar, en algún punto dudó, pero siguió esperándome, y lo único que necesitaba para acabar con todo eso es que yo fuera, que llegara de pronto como ella me contó que llega el viento en enero al pie de la montaña, sin que alguien lo espere y con fuerza abrumadora. Y eso me estaba rogando que fuera yo en ese momento. Ese tenía que ser yo, el amante imaginario del que todos desconfían, al que todos se oponen, y cuya ausencia confirma las sospechas, pero ese mismo cuya presencia súbita de un día a otro acaba con las especulaciones y los comentarios maliciosos, al grado de que parezca que nunca hubo razón para dudar de que ese amor sucedería. 

Por eso se tardó tanto en contestar, sí. Vio el mensaje pero estuvo agarrando fuerzas para pedírmelo mientras caminaba en su casa, mientras veía a una amiga, cuando cenaba con sus papás. Sí. Al día siguiente me iría en el primer tren a Conegliano para demostrarle que entendí lo que me pedía, que no debía tener miedo porque aunque fuera más grande yo la quería, y si estaba en la universidad y lejos de Conegliano no importaba, porque yo vine a verla a ella, a estar con ella, lo demás era un pretexto necesario que no quitaría más que el tiempo de clases. Nos veríamos cada semana, y ella recordaría en vivo sus sentimientos, ya no como un inútil recuerdo vago y lejano, sino una verdad palpable. Cuando me viera al otro día la balanza se volvería a inclinar a mi favor. No habría vuelta atrás.

Me dormí sin contestarle. Si ignorarla le provocaba algún tipo de ansiedad eso solo duraría unas horas; antes del mediodía estaría en Conegliano, todas sus dudas esfumadas. Una pequeña parte de mí también disfrutó saber que dejarla en visto era una muestra, aunque transitoria y falsa, de que yo también podía ignorarla, y dado que su mensaje era el último le podía escribir en cualquier momento sin parecer rogón. 

El sábado me levanté con la energía con la que solo podía hacerlo en día de reyes o el primer día de clases de algún año de primaria. Ni una pizca de cansancio. A las siete de la mañana estaba llegando a la estación central. Me fui en el tren de las siete:cuarenta. Conegliano es un pueblo chico solo para locales. Hay que llegar a Venecia para agarrar el tren de una hora que te deja ahí. De camino ya no tenía la fuerza con la que me fui a dormir. Me froté las manos contra los muslos y las apreté solo para sentir un poco menos el cosquilleo de las palmas. Esta vez era un hormigueo de cierta emoción, de cierta celeridad, de impaciencia, porque ya había decidido y era mejor tener el resultado cuanto antes. Aunque no esperaba un mensaje revisaba el celular por si en una de esas se levantaba muy temprano y le extrañaba mi falta de respuesta y me preguntaba algo para obligarme a contestar. Solo si me escribía de nuevo le adelantaría el anuncio de que iba en camino a verla. Mi idea era avisarle cuando me subiera al tren de Venecia a Conegliano, a escasos cincuenta o sesenta minutos de ella, para que la emoción fuera mutua y el encuentro inminente. Sería caerle de sorpresa casi en la puerta de su casa. Coqueteé con la idea de avisarle cuando ya estuviera bajando en Conegliano y pasear un rato mientras ella procesaba la noticia y salía a verme, para sentir la misma ventaja que sentí cuando llegué a Milán, pero mucho más fuerte, de estar en sus calles sin que lo supiera. No dejé de frotarme las palmas en las piernas. En algunos momentos me fui con la inercia del tren y seguí su velocidad con las manos, pero la fricción constante solo hizo que el calor incrementara los piquetitos que pulsaban bajo la piel. En Conegliano tendría que conocer a alguna amiga suya, me enseñaría el pueblito, me presentaría con algunos primos para disipar la duda de quién era yo, y a lo mejor hasta tendría que sentarme en la mesa de su casa a comer con sus papás. Consideré todas las opciones antes de dormirme y las repasé en el metro a la estación. Si se hacía tarde, y ojalá que así fuera, pagaría la noche en un hotel que había checado en internet. En la bolsa de mi chamarra traía una muda de ropa interior y otra playera. Hasta pensé que, si las cosas iban demasiado bien, y ella me lo pedía, me quedaría hasta el lunes. Mi curso de italiano no era obligatorio. 

En la estación de Venecia tenía catorce minutos para cambiar de tren; antes de las doce estaría con ella. Eso me hizo pensar que tal vez sería mejor escribirle llegando a Venecia, para darle suficiente tiempo de ver el mensaje, por si no estaba revisando mucho el celular o por si tenía que cambiar algún plan del día. Cuando lo pensé dijeron en la bocina que estábamos llegando y preferí seguir con lo que ya tenía planeado. Me bajé del tren como si estuviera por perder el avión. Revisé la plataforma y corrí. La chamarra y mi aceleración me tenían sudando. El reloj de la estación decía que faltaban trece minutos. Me paré un momento a respirar. Volteé a ver la pantalla para cerciorarme del tiempo y ya no decía Trieste, sino Verona. Fui al vagón en el que había un tipo de los trenes para mostrarle mi boleto intencionalmente y que me confirmara que era el tren correcto. Cuando lo vio movió la cabeza y me señaló la pantalla: Verona. En automático, esperando que me confirmara, le pregunté: ¿Conegliano? No, me dijo sin verme, Verona. Me alejé del tren como si supiera muy bien qué hacer, pero me quedé parado en el área donde toda la gente se mueve a su plataforma o se sienta. Busqué el tren en la pantalla de las salidas. No aparecía. El único a Trieste salía en dos horas. La máquina en Milán decía que había un tren a las diez:cero-nueve. Corrí al primer mostrador con gente atendiendo para que me dijeran de dónde saldría el tren que vi en Milán. A lo mejor el tipo del boleto no sabía y la pantalla se refería al siguiente. La señorita se dio cuenta de que no hablaba italiano, le dijo a su compañero que viniera y en su pésimo inglés me dijo que se había cancelado, que el siguiente era en dos horas, con el mismo boleto. ¿Y no hay otro en el que pueda llegar a Conegliano antes?, le di a entender. No, two hours later, me dijo. Caminé otra vez a la plataforma como si fuera a subirme al tren. Comprobé que seguía diciendo Verona en lugar de Trieste y que el tipo seguía parado en la misma entrada, checando algunos boletos que sí tendrían Verona impreso. Me regresé a las pantallas con el itinerario de salidas. El tren que vi en Milán no existía, solo ese de las doce del día que me refirió el cuate del mostrador. Me senté donde otras personas esperaban. Las salas de tren son muy distintas a las de los aviones. Vamos, ni siquiera son salas. Todo el mundo está ahí, en el mismo lugar, y los movimientos son rápidos. En la sala de espera de un avión, conforme se acerca la hora de despegue, se aglomera solo la gente que se dirige a tal ciudad, y en esos minutos de expectación, entre que dan los primeros anuncios y el abordaje, se genera un ligero sentimiento de comunidad dado por el destino compartido. La lentitud del abordaje también ayuda, pues las filas hacen a uno consciente de lo que se tiene en común con el resto. Por eso no es raro que en los retrasos injustificados, cuando la gente está harta de esperar, los pasajeros de un avión unan fuerzas en el reclamo y se tornen amigos sin conocerse, por el simple hecho de saber que quieren lo mismo. En los trenes, en cambio, hay menos formalidad, viajar en tren no es un viaje propiamente. Uno sube como va llegando, como si aunque todos estuvieran en el mismo transporte a cada uno la locomotora lo llevara a un lugar distinto (y a veces es cierto, cada quien baja en su parada). En las salas de espera de tren se junta la gente que se dirige a los lugares más disímiles, y nadie llega tres horas antes, ni dos; es cuestión de minutos. Pero para mí iban a ser dos horas. A las doce, en lugar de estar en Conegliano, a punto de saludarla, caminando, o ya con ella, sonriendo con la pueril incomodidad de los que se gustan y no saben cómo actuar, pero feliz, diciendo cualquier cosa para llenar el aire con el único propósito de vernos hasta ganar la confianza para quedarnos callados, estaría ahí levantándome apenas para subirme al tren. 

Empezó a picarme otra vez la idea de escribirle. Que iba en camino. Que estaba a punto de llegar. Pero escribirle ahí, a diferencia de arriba del tren, o caminando por la ciudad, era una espera doble, porque luego de hacerlo y someterme a la angustia de esperar su respuesta no me quedaría otra que sentarme hasta que fueran las doce para abordar. Arriba del tren, por otro lado, la espera de un nuevo mensaje se aminora con el movimiento físico, que te hace sentir que vas en camino a tu objetivo, que avanzas hacia alguna parte. Pero salir a las doce significaba que llegaría a la una, en medio de la hora de comida. Podría ser que ella tuviera planes, que estuviera en un evento familiar y no pudiera salir, o que hubieran pasado por ella sus primos o planeando irse a uno de esos pueblitos todavía más pequeños y solitarios a los que sus papás la llevaban algunos fines de semana. Ella estaba esperando que yo fuera, pero tampoco podía mover todo de último instante. Vamos: no le podía pedir un movimiento sobrehumano luego de medio año de no vernos. Tenía que avisarle de manera apropiada, para que pudiera arreglar todo de forma que pareciera, al menos que pareciera, que verme no suponía ninguna complicación. Y si para eso tenía que aguantarme la doble espera sentado en una estación de Venecia, viendo a la gente que rutinariamente checaba la salida de su tren, iba a la plataforma y desaparecía en algún vagón, o a los turistas que salían emperifollados creyéndose en la Fashion Week, que así fuera.


Foto de la obra de Ximena del Cerro

guest
4 Comments
pasados
más reciente más votado
Inline Feedbacks
View all comments
Mari Carmen Arellano
Mari Carmen Arellano
8 months ago

Gracias Manuel por la entrega. !Espero la segunda!

Patricia
Patricia
8 months ago

queda inconclusa la historia.

Bertha Sobrino Murillo
Bertha Sobrino Murillo
8 months ago

Leí con mucha atención y gratamente sorprendida por la forma y literatura del relato, me remontó a mis lecturas de Corina Tellado

Yare
Yare
8 months ago

Muy grata lectura.

Hey you,
¿nos brindas un café?