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Richard Aste: El Caribe injustamente olvidado

NUEVA YORK: Elegante, reservado, parece salido de uno de los cuadros de la exposición que el Brooklyn Museum ha dedicado al gran artista puertorriqueño Francisco Oller y a sus contemporáneos. Richard Aste, curador de la exposición junto con Edward J. Sullivan, docente de Historia del Arte en el Instituto Helen Gould Sheppard de New York University se pasea entre los cuadros que retratan la vida, los rostros, los paisajes de un mundo desconocido para algunos, olvidado para otros: el del Caribe desde la época colonial hasta comienzos del ‘900.

Richard Aste cuyo nombre verdadero es Ricardo Rodolfo, nació en Lima de padres peruanos y bolivianos y llegó a Estados Unidos cuando tenía apenas un año. “Cambié mi nombre cuando asumí la ciudadanía norteamericana porque mis amigos nunca lograban pronunciarlo correctamente” explica con una sonrisa. Pero el arraigo a sus raíces trasluce de su perfecto español y de su afán en rescatar del olvido el área del Caribe mostrando no solamente su arte sino también su rol innovador y su riqueza humana.

Richard Aste creció en Miami donde se trasladaron sus padres cuando salieron de Perú y a los 18 años empezó a estudiar Psicología y Medicina en la Universidad de Michigan Ann Arbor, “quería ser psiquiatra – confiesa – y sigo sintiendo la fascinación por la psicología que ahora utilizo en el mundo del arte”. Cuando llegó el momento de la especialización Richard ya sabía que lo que realmente lo apasionaba era el arte y cursó un Master en Miguel Ángel y el Renacimiento. Estudios que lo llevaron hasta la patria de su pasión, Italia, y allí vivió dos años. “En ese momento mis horizontes eran muy limitados y se abrieron cuando asumí mi primer trabajo en el Museo de Ponce de Puerto Rico en 2007. Allí me quedé como curador de arte europeo durante tres años”.

Serán años muy importantes para Aste, tanto por su desarrollo profesional como humano. “El contacto con la calidez del Caribe cambió mi manera de ser. Mi madre dice que me transformé en mejor hijo y realmente aprecié el gran respeto que allí sienten hacia las madres y la llamé mucho más a menudo de lo que hacía cuando estaba en Nueva York”. Agrega riendo.

En esos años tuvo la posibilidad de conocer más de cerca la riqueza artística del Caribe, su gran desarrollo como lugar donde se encontraban y se cruzaban personas de América Latina, Europa y Norteamérica, con una activa vida económica y un fuerte empuje innovador. Aste entendió que el arte europeo se encontraba en los dos lados del Atlántico y que, bajo esa visión, sus horizontes tenían la posibilidad de ser más amplios y enriquecedores. “Estando en Puerto Rico conocí más de cerca el trabajo de José Campeche, gran artista puertorriqueño del siglo XVIII y de Francisco Oller. El Museo tiene una colección europea muy rica y también una colección importante de arte colonial. En 2010 tuve la oportunidad de empezar a trabajar como Curador de arte europeo en el Museo de Brooklyn y regresé a Nueva York”.

La primera exposición de Richard Aste se llamó “Puertas adentro: Arte en las casas de la América Española 1492- 1898”. Manuscritos, dibujos, porcelanas, esculturas, grabados, ropa y objetos decorativos, crearon un recorrido que permitió entrar en la intimidad de las casas y entender cómo se desarrollaba la vida de la élite colonial española.

Gracias a esa primera exposición – nos dice – también descubrí aspectos interesantes de mis raíces bolivianas y peruanas que no conocía y así pude acercarme de manera más profunda a mi cultura de origen”. Aste regresa a Nueva York pero sin perder el amor a Puerto Rico. Mientras prepara su primera exposición logra adquirir por cuenta del Museo obras de los artistas de la isla e incluye en esa primera exposición pinturas de Campeche y de Oller. Con su llegada al Museo de Brooklyn se enriquece la colección permanente del Museo que hasta el momento no tenía una buena representación de los artistas caribeños del periodo colonial. “Después de la exposición seguimos adquiriendo obras de pintores coloniales de Venezuela, Jamaica, República Dominicana y reforzamos el concepto del arte europeo así como se desarrollaba en los dos lados del Atlántico”.

Hablando de la exposición actual Richard Aste nos explica que el reto más grande, cuando se habla de Caribe, es representar el área en toda su complejidad ya que es muy vasta, diversa y tiene diferentes centros de producción artística. “Destacamos a las ciudades en las cuales hubo una mayor tradición artística como La Habana, San Juan, Caracas. Lamentamos no haber podido incluir Haiti ya que Puerto Príncipe tuvo una importante tradición artística con pintores de Inglaterra y de Francia pero nos fue imposible lograr que nos prestaran las obras y por lo tanto pudimos hablar de esa riqueza solamente en nuestro catálogo pero nos fue imposible representarla físicamente”.

Otro reto lo representó la inclusión de la obra maestra de Francisco Oller, El Velorio, que, como explican los curadores, “representa el alborotado velorio de un niño pequeño en un bohío de Puerto Rico. Esta costumbre provenía en parte de una tradición de África del Oeste, conocida como baquiné, la cual celebra el ascenso inmediato del niño inocente al cielo. Una multitud de jíbaros – gente de campo de raza mixta – bailan, toman, cantan y tocan instrumentos musicales mientras son observados por un cura”.

Actualmente esa obra está en el Museo de Historia y Antropología de Río Piedra y no es posible trasladarla. “Es un ícono de la cultura de Puerto Rico y la utilizan para fines educativos, así que entendemos que no la presten. De todas formas logramos que nos prestaran los bocetos que Oller preparó para su realización. El libro tiene un capítulo entero dedicado a la obra”.

En esta exposición podemos ver las dos almas del arte de Oller, por un lado el trabajo que realiza para la élite que lo busca para que les pinte sus retratos, y por el otro su sensibilidad social, una visión, realmente revolucionaria para la época, de la educación y su apoyo al abolicionismo. Dos almas casi opuestas con las que tuvo que convivir -.

Oller vivía de su trabajo de pintor, no era un hombre adinerado así que dependía del apoyo de los hombres ricos de Puerto Rico. Algunos le dieron sus haciendas como talleres. Es en casa de uno de ellos que pinta El Velorio y también la Escuela del Maestro Cordero. En un principio Oller vive y se desarrolla en una sociedad en la cual la esclavitud es “normal”. Su sensibilidad social se desarrolla a raíz de su segundo viaje a Paris. Allí conoce al gran pintor francés Gustavo Curbet, un realista del cual aprende mucho no sólo técnicamente sino también filosóficamente. Curbet le presenta también al anarquista PierrePaul Prud’hon y a Jean-Francois Millet. Ambos artistas tuvieron una gran influencia en Oller y ampliaron ulteriormente su visión de la justicia social. Jean-Francois Millet, gran pintor de los campesinos, inspiró a Oller a incluir a los trabajadores en sus pinturas. Cuando regresó a Puerto Rico, ya profundamente cambiado, Oller luchó para ofrecer a todos el acceso a la educación, creó una Academia para mujeres, sostuvo al grupo que pedía la abolición de la esclavitud y su renovada sensibilidad social la reflejó en sus cuadros pintando los ingenios azucareros en los cuales incluye la presencia de la labor manual y física y que muestra en su decadencia después de la abolición de la esclavitud en 1873.

La influencia europea sobre los artistas caribeños es objetivamente muy fuerte pero ¿cuál ha sido la influencia de esos mismos pintores en sus contemporáneos europeos?

Sin duda hubo un mayor conocimiento de esos países y de sus características. Sabemos que Pizarro pidió a Oller la pintura de una mujer “de raza mixta”, son sus palabras, no sabemos si para incluirla en alguna exposición o composición suya. Pizarro pensó que podía existir un mercado para ese mundo exótico pero no fue así. El arte de esos pintores era realista así que en general pintaban lo que veían y el mismo Oller cuando estaba en Francia no pintaba los cocos, piñas y plátanos que retrataba en sus naturalezas muertas puertorriqueñas.

Richard Aste ya está trabajando en su próxima exposición que incluye las obras maestras francesas del siglo XIX y XX que pertenecen a la colección permanente del Museo de Brooklyn.

“El Museo de Brooklyn ha tenido la posibilidad de coleccionar piezas importantes del impresionismo y del postimpresionismo cuando todavía no eran tan de moda. Tenemos joyas de Manet, Monnet, Cezanne, Pizarro. La exposición está compuestas por 60 pinturas y esculturas e incluye también algunas de las obras del impresionismo del Caribe. Me alegra que Oller pueda estar físicamente cerca de sus amigos parisinos. Vamos a llevarla a distintos Museos de Estados Unidos donde no hay representación de esos grandes artistas.

Richard Aste admite que le gustaría organizar una exposición de Wilfredo Lam quien “como Oller es transatlántico. De ascendencia africana, asiática estuvo muy conectado a Europa y Estados Unidos. En Lam, así como en Oller, se ve la transición y la transformación de su trabajo cuando está pintando en una región o en otra y como, tras absorber las nuevas influencias, desarrolla un estilo completamente nuevo”.

Tras una pausa confiesa: “Pero mi corazón sigue estando en el siglo XVIII, en el mundo colonial del Caribe, así que me gustaría organizar una exposición dedicada a José Campeche. La última vez que se hizo algo sobre Campeche en Estados Unidos fue en 1988 así que ya han pasado muchos años”.

Richard Aste mira a su alrededor las obras que narran la historia de un momento en el cual el arte era uno de los hilos importantes que unían el Caribe con Europa y Estados Unidos.

“Las personas se sorprenden cuando les hablamos de estas conexiones. Cuando hay una exposición de arte colonial casi siempre el enfoque es hacia México y Perú. Olvidan el Caribe y es increíble porque fue en esa región donde España entró en 1942 y también donde salió a raíz de la guerra entre Estados Unidos y España en 1898. El mundo era mucho más globalizado de lo que se piensa y es maravilloso ver como las obras de arte hablan por sí mismas de esos encuentros”.

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