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Rayma Suprani
Rayma Suprani

La política internacional está tan deteriorada que sin duda todo el planeta mudó su atención por varios días al canal del Mundial de futbol en búsqueda de oxigeno y de una actividad que nos haga sentir a los que habitamos en este redondo planeta que podemos ser mejores personas así sea dándole patadas al contrario.

El futbol es una gran metáfora, un experimento sociológico que nos deja mirar a la masa expuesta como si fuera un simple conejito de laboratorio. Es una actividad donde afloran muchas emociones, sentimientos nacionalistas, odios y las esperanzas, por ejemplo los que no tenemos un equipo participando directamente en el juego, buscamos la cercanía genética y hasta sentimental de los países que sí clasificaron para  competir en la gloria del balón, de esta manera, seleccionamos un equipo que nos adopte como fanaticada y así logramos compartir una pequeña tajada de la alegría y del éxito que nos ilusiona en este arduo camino del caos contemporáneo.

Siempre me ha parecido que convocar a mucha gente en un estadio tiene algunos matices  peligrosos, el recinto es sin duda la sustitución del antiguo foro romano, donde a niveles mas tecnológicos y modernos, podemos ver desde la pantalla o desde las gradas a estos nuevos  gladiadores que ganan millones de dólares en mercadeo publicitario y se baten para sacar su prestigio a punta de goles y jugadas.

El futbol es una actividad hermosa ya que solo se puede desarrollar en equipo, no hay forma de lograr el éxito solo, todo goleador depende de una defensa, todo buen pase puede ser el próximo gol anotado por otro, cada equipo proyecta disciplina e idiosincrasia cultural.

A mi parecer los brasileños juegan como si estuvieran bailando samba, mueven cadera en forma desarticulada y el ritmo del balón siempre ha destacado con la armonía de un baile de carnaval. Los alemanes a diferencia son una maquinaria bélica en la goleada, parecen jugar en bloque cerrado, como esos motores de los carros BMW que al abrir la tapa delantera  no encontramos mas que una caja hermética, estricta y en algunos casos demoledora. Los italianos que en este caso no llegaron a clasificar para el mundial, siempre nos han dado grandes dosis de sufrimiento en la cancha, ver jugar a un equipo italiano en el mundial es como ir a la opera, se sufre a cantaros, se grita, se llora y sabemos como son los finales de Puccini o de Verdi en este idioma universal de las gradas. Este mundial nos ha regalado la grata sorpresa del juego mexicano, casi la venganza de Moctezuma para algunos equipos del marcador contrario, traen un juego impecable como si todo el equipo fuera entrenado por ese famoso personaje llamado Speedy Gonzalez.

El futbol arrastra intensas pasiones, nos ata a unas fuerzas G que nunca habíamos experimentado, nos invita a ver nuevas perspectivas de lo que creíamos era redondo, durante varios días podemos sentir como se mueve el mundo, como se convierte en una gran torre de babel cultural en este caso concentrada en Rusia desde donde se mide el pulso de todos los husos horarios y  todas las pantallas publicitarias que rigen el eco de ventas multimillonarias y  donde nadie habla ya mas de los defectos de Vladimir Putin y sus secuaces, sino de las virtudes de Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar o de los atributos inspiradores de Memo Ochoa y Chicharrito Hernandez.

Hoy el mundo esta en la cancha, se escuchan gritos en la casa del vecino y es que dicen las malas lenguas que experimentar un buen gol es equivalente a tener un gran orgasmo, ya cada quien llenó su planilla de apuestas, todos hablan de futbol, en cualquier espacio hay una pantalla iluminada con miles de ojos apostando a los penales, el futbol es un concierto de energía vital que nos transforma y nos hace querer ser mejores, deportistas y hasta sanos, eso sí desde la barra de los múltiples bares de cada esquina.

Así se pasean por esta pasarela gente puntada de colores, de banderas, nunca pensamos ver en Rusia un estadio lleno de Colombianos, ni peruanos o coreanos cantando sus loas a todo gañote.

En la calle coloridas  banderas nacen de las ventanas de los autos, en algunos casos familias divididas por equipos contrarios, suenan las vuvuzelas, todos hablan de futbol y dan parte medico con diagnósticos del balón incorporado, todo el entorno flota sobre la cancha, sufre como colectivo, se detiene en infinito suspiro, se ríe del triunfo propio  y del fracaso ajeno, nadie quiere perder, hay diálogos acalorados, discusiones entre el primer y segundo tiempo, equipos perdedores que crean alianza y fanaticada que se reajustan en sus nuevos intereses, mujeres que se imponen en la discusión del balón, rompiendo con el vago teorema de que antes era un territorio de lo masculino, cada día cuenta y cada segundo nos hace vibrar hacia el partido final, sentimos el gozo del balón en cada encuentro y no dejamos de maravillarnos cuando una sociedad grita conmovida ¡GOOOOL! y no dijo ni pío a la hora de gritar derechos humanos. Así de potente se juega el mundo.

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