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A C. R.

Esta podría ser tranquilamente otra entrada de mi diario, íntima y despreocupada de las formas y del vuelo elegante de la abstracción, tan en sí misma. Hace poco escribí a una amiga que la vida también es esto, «el misterio abriéndose como una rara flor que guarda una forma exclusiva para cada quien». Yo no necesito desatar los límites del misterio. Solo vivir en la perplejidad de su contemplación.

Quienes no aspiramos de la poesía otra cosa que su incardinación en el mundo, lo hacemos en el anhelo de que restaure la belleza en aquel. Creo firmemente que no puedo conocer mi alma si no me reconozco en el reflejo de ella en el anima mundi, el alma del mundo. Cuando miro una puesta de sol, el basurero de la esquina, el rígido cuerpo que reposa en su féretro o las letras que se ordenan caprichosas sobre una hoja en blanco, en todo ello veo trozos de mi eternidad interior, solo si todo ello es habitado por la belleza. Y sí, definitivamente sí, la belleza también me llama desde la ruina del mundo.

¡¡Qué perplejidad tan alta es esta de reconocer, siquiera pálidamente, el misterio que soy en el misterio del mundo?? Con frecuencia pienso que la belleza es el azogue que hace del mundo un órgano reflector de la belleza del alma. Solo si hay belleza en esa eternidad interior es posible ver su reflejo en el azogue del mundo, y la poesía —que es esencia de todas las artes— está llamada a restaurar su reflectancia porque surge, como sugería Novalis, en el roce entre ambas almas. Sin poesía está ciego el tiempo, sorda la eternidad que somos y muerta la libertad del nosotros…

Pero a veces cruzamos la noche fiera afuera y el desierto llevado adentro, agazapado en la sonrisa como una garrapata del ser. La vida se nos puebla entonces de signos de interrogación que se cierran sobre nosotros sin que sepamos cómo ni cuándo se abrieron sin nosotros. Y la palabra se rompe. Están ahí, sí, pero tienen ese no sé qué de las cosas caídas que las hace tan inapetecibles… ¿Cómo doblarse para recogerlas con el dolor del ser en la espalda del ser? ¡Cuántas veces he tenido —y tendré— que sorber el agua seca de la infertilidad!

Hay entonces un aire de parcela baldía en las hojas en blanco, de paño de cocina gastado, de silencio procesado con sus artificiales conservantes… Uno mira el mundo y no está, o está y no es, o es y no para nosotros, sino para esa chica linda que me tropieza el hombro rumbo a su oficina, o para ese joven afortunado que veo repartir pizzas con su autógrafo. Y al mirarme al espejo, aquel que me espera en mi sala de baño para obsequiarme su diaria mentira, no estoy… Solo aire azul.

Hay días así, en los que aquello que fuimos ya no nos habita, en los que podemos oír la fuga del ser por entre las hendijas de un tiempo que ni siquiera nos pertenece, días en los que las palabras son lo mismo que la tostadora y el cable que la une a la corriente, o solo signos para decir esas simplezas que hacen posible que no muramos por faltar lo más básico, aquello, justo aquello que no sirve para ensanchar ni un solo milímetro de luz el alma.

Entonces ocurre… El misterio… La luz incesante… Un fogonazo de algo que habíamos olvidado y que centellea desde la sombra que cae de las cosas heridas por la pálida luz del mundo. En ocasiones, la oscuridad abraza con cuido materno la única luz que será capaz de salvarnos. Y desde el misterio nos llama una voz, a veces en la voz de un amigo, a veces en la voz atiplada del silencio, a veces, simplemente, sin voz… Nos llama y reclama para sí, y sospechamos una belleza que un día fue el dintel de nuestra alma, una belleza que es apenas, y sin menoscabo de sí, la más alta posibilidad de volver a la palabra, una palabra que será hija del dolor, seguramente, y por ello la más noble de todas. Una belleza que fue nuestra patria antes de ser los exiliados del tiempo, una patria en la que la luz era el pórtico de cada hogar.

La poesía y más es todo esto para mí: la única razón por la que valdría la pena cruzar el mundo entero y su dolor hasta la tumba, una vez más…

Yo elegí vivir en esta perplejidad de mí, del mundo, de todo. En este asombro de saber que la poesía es el tiempo de mi alma…

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