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Nuria Amat: La literatura es su vida

No es sencillo el laberinto de palabras en el cual se mueve la escritora española Nuria Amat. Laberinto forrado de páginas de libros escritos y de muchos otros absorbidos, masticados con hambre infinita, inapagable. Son palabras que rompen las barreras del tiempo y del espacio, que viven en los silencios y burlan la muerte. Esas palabras fueron su refugio durante años, acompañaron y defendieron la vida de Nuria Amat hasta que irrumpieron entre ellas, alborotándolas, otras palabras, las que usa la política, la mala política, esas que vuelven creíbles las mentiras, que sofocan las libertades, que liberan la vulgaridad y menosprecian la cultura.

Nuria, quien percibió de inmediato y antes que muchos otros, la amenaza que se cernía sobre el mundo, que intuyó la fuerza demoledora que encerraban los discursos populistas y nacionalistas, que escuchó el crujir de los valores que habían dado sentido a su vida, asumió la responsabilidad de salir a la calle y de denunciar.

Con una pasión que no han apagado ni las acusaciones, ni el aislamiento, Nuria Amat se ha enfrentado a la estrechez mental del nacionalismo catalán, defendiendo el carácter abierto, plural, inclusivo de su tierra natal.

Su último libro, El Sanatorio, nos envuelve, nos devora, nos encierra entre las paredes acolchadas de la violencia y del autoritarismo. Al leerlo nos descubrimos sin voz y sin aliento. Las páginas en las cuales Amat vierte toda su amargura, rasguñan, duelen. En quien conoce y sufre el vivir bajo el mando de la barbarie, abren, hasta verlas sangrar, heridas recientes y cicatrices viejas.

 

Nuria Amat

 

Empezaste a escribir este libro cuando en Europa se percibían apenas los primeros síntomas de un nacionalismo brutal y destructor, cuando el Brexit parecía imposible, la independencia de Cataluña una esperanza de pocos, el chavismo endurecía su autoritarismo entre la indiferencia internacional y Trump no existía ni en las peores pesadillas. El Sanatorio describe un futuro que es hoy nuestra realidad. ¿Cómo lo lograste?

Tienes razón, empecé a escribir El Sanatorio hace casi cuatro años. Terminé el primer borrador antes que aprobaran el Brexit y que ocurrieran muchas de las cosas que estamos viviendo hoy. La literatura, la creatividad tienen intuiciones algo mágicas. No es la primera vez que me pasa esto. También lo viví con Reina de América, un libro que habla de la realidad colombiana y que escribí en el 2000 después de haber estado muchísimos años alejada de Colombia. Tras leerlo William Ospina en El Tiempo se preguntó “¿Cómo hace una escritora catalana para escribir una de las más intensas novelas colombianas de los últimos tiempos?”. Cuando escribí El Sanatorio muchas de las cosas que hoy nos aquejan no habían pasado. Es una novela basada en un mundo imaginario y nunca tuvo la intención de transformarse en un ensayo ni en una crónica periodística. La literatura te permite ver con más profundidad, leer entre sombras. Yo pude oler el peligro. La gente que se ha apoderado de Cataluña, que quisiera separarla de España y transformarla, iba tejiendo una red de apoyos en toda Europa. Los demás quedaban indiferentes, nadie parecía preocuparse de los fanatismos que iban creciendo y en algunos casos hasta los miraban con cierta benevolencia. Otros apoyaban abiertamente a estos delincuentes y uso esta palabra sin temor porque varios de ellos están en la cárcel. ¿Quién puede separarse de un país en democracia sin recurrir a votos ilegales?

 

El Sanatorio escarba en los sentimientos de personas secuestradas por un gobierno autoritario y nacionalista. Lo hace con el taladro implacable de la literatura. Es una lectura que se sufre. ¿Lo fue también escribirlo?

Me costó mucho trabajo hacerlo a diario. Sí, es un libro sufrido.

 

Uno de tus textos se titula “Letra herida”. En él hablas de tu relación con la creación literaria. Has sido también una de las primeras en utilizar la metaliteratura. Al leerte se percibe una relación profunda, casi vital, con el mundo de la literatura. En algunos momentos pareciera que encontraste allí tu tabla de salvación.

Es verdad. Siempre ha sido así, desde que era niña, aunque en ese entonces no hubiera podido decirlo con esas palabras. Estoy segura que sin la literatura mi vida habría sido infeliz y empobrecida.

He sido siempre una “letra herida”, expresión catalana. Escribir no solamente es mi manera de expresar las emociones sino una forma de conocimiento. No hubiera podido realizar este libro tal como lo hice si no hubiera estado dentro de la literatura.

Es muy diferente preparar un artículo, un ensayo. Cuando escribo literatura siento que me desdoblo, que quien llena esas páginas es otra persona, así como decía Borges. Sin esa separación no lograría hacerlo. Cuando lo entendí se me abrió una gran puerta. La otra persona habla por mi y ese distanciamiento me permite escribir en primera persona sin ser yo. Estoy detrás del personaje y sin embargo no soy yo, el personaje tiene vida propia.

 

Pareciera también que, tras tantos años de lecturas, autores y personajes se hayan vuelto parte de tu cotidianidad, viven en tus páginas, dialogan con los protagonistas de tus novelas, afloran hasta cuando parece que no están. Tu metaliteratura es más bien un homenaje a los grandes escritores y pensadores, un reconocimiento a la literatura seria, esa que te nutre y que quizás estamos perdiendo.

Creo que se va perdiendo una forma de vida en democracia, algo muy doloroso para quien, como yo, sabe lo que significa estar en dictadura. Siempre hubo guerras pero creo que hoy día en el mundo estamos viviendo situaciones terribles. En Europa, parece fuerte decirlo, pero, en cierta manera, la literatura está agonizando aunque hay quien dice que siempre fue así, que la literatura ha sido siempre minoritaria. Ahora, gracias a las nuevas tecnologías, proliferan los escritores, el lenguaje se ha desvirtuado. En mi caso, cuando escribo literatura, me gusta hacerlo de una forma que no sea ni típica ni tópica, eso me aburriría. Quiero que una frase tenga más sentidos y que los silencios hablen más de las palabras. Es algo que se logra solamente si has leído mucho, porque escribir significa haber leído muchos libros o a autores quienes, a su vez leyeron mucho. He tenido la suerte de conocer y compartir con grandes escritores. Recuerdo la noche en la cual, durante una cena y a raíz de una larga conversación, George Steiner, un filósofo escritor maravilloso, me dijo que la literatura acabaría en los archivos de los sótanos de las casas. Es curioso, yo tengo mis libros en el garaje de mi casa. Allí, en lugar del coche están los libros. Siempre he vivido entre libros, mi padre era un gran lector y gracias a los libros he sobrellevado la orfandad de mi madre. Hablo con los escritores desde siempre, como si estuvieran vivos. Son mi familia. Al comienzo pensaba que estaba haciendo una locura y luego descubrí la metaliteratura. En Todos somos Kafka la protagonista es hija de Kafka y esposa de Joice.

 

 

En los últimos años te has ido involucrando más y más en una lucha contra el nacionalismo catalán, el movimiento independentista y en general contra todos los nacionalismos. Al hacerlo escogiste un camino difícil, saliste de la esfera de confort que te regalaba la literatura y quedaste expuesta y vulnerable a los ataques de personas violentas y determinadas. ¿Hasta el momento cuáles son las situaciones que más te han herido?

Varias, en primer lugar la soledad. He sido víctima de una violencia psicológica que es la misma que encontramos en todas las dictaduras. Me sabe mal tener que comparar lo que pasa en Cataluña con otras realidades mucho más violentas, como por ejemplo la de Venezuela o la que se vivió con Hitler y Stalin, pero hay matices que son muy similares. Y también lo son ciertas dinámicas, como la de dividir la sociedad entre buenos y malos. Muchas familias están separadas, hay hermanos que no se hablan, amistades que se perdieron.

Algunos medios me han insultado y más de una vez han tratado de alejarme de Cataluña. Me decían “Vete, tu vida será más fácil en otra ciudad”. Lo mismo hicieron con otros escritores. Hasta llegaron a acusarlos de plagio. Luego está la herida del silencio, el silencio de las personas que estaban a mi alrededor y que empezaron a alejarse. No me veían, cual si fuera invisible. Aun pensando igual no querían tocar los temas sobre los cuales yo sentía la necesidad de hablar y reflexionar. Para romper ese círculo de silencio organicé una tertulia política, una tertulia de resistencia. Éramos nueve personas, de diferentes partidos y profesiones, nos reuníamos para hablar, compartir, reflexionar. Es lo mismo que hacen los protagonistas de El Sanatorio quienes se reúnen en un cementerio y otros lugares similares por el simple gusto de compartir a través de la palabra hablada.

La herida más reciente fue el vacío que crearon alrededor de mi escritura. Nadie quería publicar El Sanatorio. Parecía una pesadilla. Ha sido una búsqueda muy dolorosa. No quiero éxito o dinero, soy una escritora y lo que más deseo es escribir cosas que me gusten y que gusten a los lectores.

 

En tu libro El Sanatorio también se percibe el peso del machismo, en una ocasión, al hablar del suicidio de una de tus protagonistas, dices “… a las pocas horas de la muerte de Beth pusieron en el periódico una foto suya de cuando tenía veinte años, de cuando los hombres la comparaban con Jean Seberg y era llamada la poeta más hermosa de su generación. No la mejor poeta de su generación, ni la más profunda de su generación. Sino la más bella”.

En el libro hay una defensa de las diferencias en general y naturalmente de la mujer. Los nacionalismos refuerzan el machismo y el machismo es un mal que ya de por sí es difícil de erradicar. Este libro, que me ha acompañado durante tres años aproximadamente, refleja la vida que se movía a mi alrededor e involucra a escritores que han pasado por experiencias similares a las nuestras aunque por distintas razones, como por ejemplo Flaubert, Walser, Bernhard, Kafka. Todos ellos tuvieron sus propios Sanatorios.

 

Nuria Amat

 

Nuria, ¿por qué tanto Kafka?

Tienes razón, aun sin querer, Kafka se filtra en mis escritos. La verdad es que Kafka es un gran escritor de este siglo moderno. Sin él la literatura hubiera sido distinta, sus páginas reflejan muchos de los problemas que estamos enfrentando hoy. Él inventó lo de preconizar lo que pasaría después, a través de la literatura. Es un escritor modernísimo, y tenía una forma de ver la literatura con la cual yo me identifico profundamente: su manera sumisa de escribir en cualquier parte y bajo cualquier condición, su entrega total. Igual admiración siento por Rulfo a quien dediqué un libro de quinientas páginas.

 

Eres una gran conocedora de América Latina. Si bien estuviste casada con el escritor colombiano Oscar Collazos con quien tuviste una hija, tus vínculos con esta región van mucho más allá. Al mismo tiempo eres una de las escritoras españolas más amadas por los latinoamericanos. ¿En qué momento empezó esta conexión tan importante?

Desde mi infancia, una infancia compleja, difícil, que se refleja en algunos de mis escritos. Estudiaba en una pequeña escuela manejada por monjas francesas y, al ser huérfana de madre, siempre me sentí diferente. Mi primera gran amiga fue una niña venezolana que había llegado a Barcelona con su madre, y, al igual que yo era diferente. Siempre he sido una sobreviviente y una peleona y la venezolana también tenía su carácter así que nos hicimos muy amigas. Hablaba una lengua que a todo el mundo parecía rara y sin embargo a mi me sonaba normal. Cuando crecí he estado siempre rodeada de amigos latinoamericanos y mi éxito como escritora comenzó en Venezuela, cuando presenté allí mi novela La intimidad.

 

Dices que muchas veces has intentado emigrar de Cataluña, irte a vivir a otra ciudad, y que sin embargo nunca pudiste hacerlo. A pesar de eso tu manera de escribir, tu lenguaje es el reflejo de una persona que ha vivido en muchas partes, que no pertenece a una tierra solamente. Es el lenguaje de un emigrante.

Mi lengua es un reflejo de lo que era Cataluña hace unos años, antes de que llegaran estas personas sembrando odios y rechazando la pluralidad. Barcelona era una ciudad acogedora, abierta, plural y esa mezcla se reflejaba también en el lenguaje. Me atrae el español de América Latina, un español expatriado, periférico. Me gusta la forma que tienen ustedes de hacer lo que quieren con la lengua, de ir más lejos. Mi lenguaje también resiente de la influencia que tuvo en mi formación una mujer quien me crió cuando era pequeña, una mujer analfabeta de Valladolid. Ella me dio otra forma de entender el idioma.

 

¿Cuál es tu percepción de las elecciones que se han desarrollado recientemente en Cataluña?

No sé, es un momento difícil que ni yo misma sé calificar. A veces estoy contenta, a veces menos. Estoy contenta porque ganamos, porque hay que estar claros: nosotros ganamos. Pero en votos, no en escaños porque según la ley electoral un voto fuera de Barcelona vale el doble. Está todo orquestado para dar mayor importancia a las áreas de Cataluña menos informadas y por ende más manejables. Somos víctimas de un nacionalismo prepotente, un nacionalismo que trata a la gente como insectos, así como decía Orwell. Los fanáticos nacionalistas son iguales en todas partes, manipulan, adormecen con las palabras, corrompen. Aquí son tan corruptos que han dejado Cataluña sin dinero, las empresas se van y de la cultura ni hablar porque ya no existe. Y no hay presos políticos sino políticos presos, una diferencia importante porque los presos políticos existen en dictadura y nosotros vivimos en democracia. Antes, durante la dictadura de Franco, sí existían los presos políticos pero no ahora. De todas formas yo soy positiva, sé que Europa nos apoya porque el problema de Cataluña es un problema europeo.

 

Sin embargo los resultados muestran la radiografía de una región totalmente dividida.

Es así. Barcelona y en general la parte que va de Tarragona a Girona está en contra del separatismo, las zonas más rurales están a favor. Está creciendo un movimiento que quisiera separar esta área de Cataluña, es algo que se podría hacer desde el Condado de Barcelona. Parece una ridiculez pero podría representar una salida a una situación que se vuelve siempre más difícil.

 

Las palabras agitan la piel de Nuria Amat, salen atropelladas, denuncian un estado de ánimo, gritan silenciosas.

Apasionada, guerrera, Amat está dispuesta a seguir lanza en ristre a pesar de todo y de todos, para defender sus ideales y valores. Lo hace no obstante el sufrimiento que implica estar alejada de la palabra escrita, esa que para expresarse exige tiempo y tranquilidad, esa que, nos confiesa, ya no logra articular. Sigue hablando con los escritores que la han acompañado durante toda la vida y en las páginas de sus libros encuentra consejos e indicaciones. Ellos le recuerdan a cada momento que el arte, la literatura, el pensamiento son las únicas armas que tenemos para derribar la banalidad obtusa y destructiva de los populismos. Y por eso sigue adelante.

Es una lucha que admiramos y compartimos, mas, sin embargo, no podemos dejar de pensar, con temor, en el final de su libro El Sanatorio: un suicidio. Y nos preguntamos: ¿Llevará esta lucha al suicidio de la escritora?


Photo Credits (video): Martin Brigden ©

“Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.” - Voltaire

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