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Nancy Friedmann-Sánchez: El entramado de lo femenino

NUEVA YORK: Cálida y acogedora, así describiríamos a Nancy Friedmann-Sánchez, artista colombiana quien vive entre Nueva York y Nebraska. Femenina en su expresión más íntima, esa que nos hace pensar en el arquetipo de Artemisia, diosa de la tierra y de la nutrición, Nancy desde siempre escudriña el mundo de la mujer para sacarlo de los grises claroscuros en los que ha quedado sumergido tras años de descalificación. Su objetivo: dar visibilidad y dignidad a los espacios en los cuales las mujeres entre sombras y silencios han expresado su ansia de belleza y su creatividad.

“Siendo muy joven empecé a sentir que había un estándar doble que discriminaba fuertemente a la mujer cuyo trabajo generalmente era subestimado. Quise cambiar esa percepción dando a los espacios cotidianos, domésticos, el valor que merecían.”

Nancy asume ese reto aún cuando su realidad familiar sea muy distinta. El padre, artista norteamericano y la madre antropóloga colombiana crían a sus hijas en un ambiente abierto, progresista, culto. De la mano de su madre aprende a escudriñar la historia y las tradiciones de los indígenas, de los afro-colombianos, pueblos que la modernidad trastorna y las guerras internas de Colombia obligan a una migración perpetua. Nancy recuerda las luchas que llevaba adelante su madre para lograr que el gobierno reconociera a esas comunidades el derecho a la propiedad de tierras que, siguiendo su tradición, heredaban por vía oral. La infancia y la adolescencia de Nancy se desarrollan entre los museos de antropología en los cuales pasa tardes enteras junto con su madre y el taller de joyería del padre quien crea piezas de extraordinaria belleza rescatando, para muchas de ellos, la creatividad indígena.

Es un ambiente que la ayuda a percibir su entorno con mirada crítica y a buscar el camino justo para expresarse a sí misma.

Desde muy joven sabe que quiere ser artista, estudia Arte en la Universidad de Los Andes en Colombia y empieza a realizar grandes pinturas extrayendo de la realidad ligada a la cotidianidad femenina los temas en los cuales inspirarse.

Fascinada por el crochet, los encajes, ese meticuloso trabajo que transforma un hilo en una pequeña obra de arte decide reproducirlo en sus cuadros, lo diluye y transforma en pinturas abstractas que ocupan telas de grande dimensiones.

Al terminar sus estudios en Colombia, Nancy viaja antes a Nueva York y luego a Londres para cursar unos master y así profundizar su conocimiento. En Londres queda fascinada por los encajes de las cortinas que embellecen las ventanas hasta de las casas más deterioradas, protegiendo su interioridad. Esos finos entramados que develan claroscuros de vidas muy distintas entre sí, regalando un toque de armonía también a las estructuras de la posguerra faltas de estética y de belleza, hablan también de diferencias sociales y le recuerdan los símbolos que en América Latina distinguen a algunas familias que se aferran a sus linajes aún a sabiendas de que en el tiempo los mestizajes fueron normalidad.

El entramado de las cortinas, el mundo que develan entre sombras y claroscuros, se convierte en grandes pinturas que, en homenaje al mito de la sangre azul, están dominadas por un azul que va del celeste al índigo.

Con una meticulosidad que recuerda la de las mujeres quienes han dejado años de sus vidas entre las puntadas de sus encajes, cómplices de alegrías, sufrimientos, amores prohibidos y deseos imposibles de confesar, Nancy Friedmann-Sánchez ha creado obras de inquietante belleza cuyos títulos nos hablan de la emoción que significó elaborarlas.

“Desbaraté la tarde”,   “Retícula bizantina”, “Por supuesto que lo hice por placer” son algunos de los títulos de las enormes pinturas de esos años. “Era un gran trabajo – nos confiesa – muy delicado, que habla de las labores femeninas, de la historia de las mujeres, de su deseo de belleza y de armonía. El título “Por supuesto que lo hice por placer” es muy simbólico, encierra todo ese mundo que se moviliza alrededor de la creatividad y del disfrute de la belleza”.

Nancy pone su firma y fecha en las pinturas así como lo hacían las mujeres de antaño con sus trabajos. Con emoción nos habla de la fuerza revolucionaria de la belleza que está ligada al placer visual, al buen gusto y naturalmente a la posibilidad de su disfrute.

“Me interesa llegar a esos espacios simbólicos con una visión crítica, ambigua”.

De regreso a Colombia, siente que quiere conectarse nuevamente con el trabajo de las mujeres de su tierra, con sus mitos y su cultura. La pintura de esos años es una mezcla de fuerza y de delicadeza, su creatividad busca inspiración en  las imágenes de la cultura colonial. La rosa del pintor Arcen Básquez, la naturaleza tan variada en su país, los encajes que bordaban las mujeres en tiempos de la Colonia, los detalles femeninos que una mentalidad misógina sigue despreciando y denigrando, son rescatados y glorificados por Nancy quien los transfiere en grandes telas en las cuales trabaja con el mismo cuidado y con el mismo afán de belleza que guiaron las manos de generaciones de mujeres.

Ese himno a lo femenino elevado a los más altos niveles artísticos captura la atención de los directivos de Celebrity Cruises quienes contratan a Nancy para decorar algunos espacios de sus barcos. Un reto que Nancy acepta feliz. Las inmensas paredes, el techo altísimo, el piso brillante como el agua, todo se transforma en un único lienzo donde desparramar creatividad y belleza. Con un trabajo de lo más minucioso dibuja una estela de hormigas que marcan el camino para los visitantes que llegan al barco, el techo se refleja en el brillo del piso transformándolo en un lago punteado de estrellas y en las paredes ocho paneles pintados con pinceles diminutos, cubren el espacio de 180 grados. Nancy cura hasta el último detalle de una lámpara hecha siguiendo un diseño suyo. Es un trabajo arduo que la mantiene ocupada sin pausas durante 10 meses, pero los resultados son muy satisfactorios. La generosa y acogedora arte de Nancy, hace pensar en momentos felices. Las personas que llegan, así como la tripulación que allí trabaja, al pasar por ese espacio sienten la fuerza de los recuerdos de infancias transcurridas entre cuidados maternos que superan diferencias de razas y de nacionalidad.

El gran encaje del trabajo de Nancy Friedmann-Sánchez se va transformando en un cuento, una nenia, una poesía. Es la voz de las que nunca tuvieron espacio para hablar.

Su arte va madurando y el ansia de explorar nuevos horizontes se apropia de Nancy quien incluye en su discurso creativo también la poesía, la escultura, los videos.

Sus vajillas inspiradas en las Urnas precolombinas Calima, hablan de ritos, recuerdos, historias que se han desarrollado entre paredes domésticas.

Los cuentos, la poesía, las nenias, se van transformando en una novela, “Es una novela que habla de la memoria cultural de Colombia y de la mía personal, habla de la búsqueda del sueño americano y del dolor del desarraigo. Una novela escrita, dicha y contada por distintas voces, todas de mujeres”. Muchas de esas voces las visualizamos encerradas en pequeños crisoles, piezas inspiradas en las diminutas vajillas que los indígenas llevaban consigo en sus migraciones. Contienen las esperanzas y las amarguras de las que dejamos nuestros hogares para seguir sueños propios y ajenos.

“¿Nancy qué es para ti Colombia?”

La emoción la deja sin voz y sabemos que preferiría pedir ayuda a sus manos más que a su voz para contestarnos. “Colombia es mi inspiración – contesta mientras lágrimas de recuerdos resbalan a pesar suyo – es el origen del bombillito que ves en esta pieza cubierto de encaje, el bombillito que calienta todo, el origen de la luz y del amor. Es un paisaje maravilloso donde están mis afectos más profundos”.

Una pausa y luego sigue: “Ahora quiero hacer esto, quiero escribir la novela de Colombia, de lo híbrido, de lo transcultural. La novela de la diáspora… y las que la cuentan son mujeres”.

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