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Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy

Suiza de nacimiento, Jaeggy emplea la lengua italiana (es uno de los idiomas oficiales de su país) como vehículo literario. Incluso es responsable de un par de traducciones de Schwob, Keats y de Quincey. Es una autora comedida, con no más de cinco novelas, dos volúmenes de relatos y una sola incursión teatral.

Los hermosos años del castigo (Tusquets, 1989, tad. Juana Bignozzi) apenas sobrepasa las cien páginas y está escrito no solo en un estilo lacónico sino también desapegado. Son las memorias de una joven durante sus años de formación en un internado. Conocemos poco de ella: una madre controladora y epistolar que vive en Brasil, un padre que reside en hoteles, una insensibilidad hacia el sufrimiento de los demás y una capacidad de conmoverse por detalles superfluos. En un momento su compañera de cuarto (a quien no conoce más que como la alemana) recibe una carta sobre la muerte de un familiar y los pensamientos de la narradora no van hacia la empatía, sino que se fija con abstracción en la forma en que guarda los sobres.

Su mayor obsesión es una alumna llamada Frédérique, una supuesta «Brontë», con una actitud que la equipara en su estoicidad. Inclusive, ambas se reconocen como estetas y, en efecto, recuerda a Simeón el Estilista, vigilante y ajeno sobre su columna en el desierto.

No es una crónica sobre un enamoramiento apático o los años escolares, es más un paseo memorístico, reflexivo y, sobre todo, de un estilo cuidado. Desde el inicio nos dice que prefiere pasear como Robert Walser, dejando huellas de la nieve agónicas cerca de donde queda la academia, a estudiar. Posee un estilo depurado y poético. Piensa en Frédérique como «una medialuna en un cielo de oriente» , hace anotaciones morales: «la inocencia, tal vez, alberga cierta tosquedad, pedantería y afectación»; describe con exactitud: «un paraíso cuajado, los iris ginebrinos, lacustres»; es aforística: «puede haber una alegría fatua en el tedio, un celo fúnebre»; y también profética: «orden y sumisión no puede que resultados darán en la edad adulta. Se puede llegar a ser criminales o, por desgaste, biempensantes».

Hay, sobre todo, un concepto que podría denominarse lo trágico periférico. Prefigurado, quizás, en la referencia a Walser. Parece que la galería de personajes que aparecen, salen y a veces reaparecen (no en un orden cronológico, sino según el método de los pensamientos) están todos destinado a un final sangriento, y esto lo vemos en los márgenes, como anécdota. Accidentes de tránsito y avión, jóvenes que se ahorcan con cortinas floreadas, prodigios que acaban sufriendo piromanías, un muchacho que apenas es mencionado «fue muerto a cuchilladas en una habitación de hotel en El Cairo». La protagonista alejada en su columna de esteta, como un Madame Bovary relatado por Homais, el farmacéutico, amplifica lo inquietante de cualquier suceso. Por ello, la novela se mueve en un aire casi gótico.

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