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esteban ierardo

La navidad más extraordinaria 

En la navidad de 1914 ocurrió algo extraordinario: los soldados en la Primera Guerra Mundial dejaron de combatir por propia decisión. Confraternizaron con sus enemigos. Por un momento, todos fueron amigos que solo querían olvidar la guerra.   

La Gran Guerra comenzó el 28 de julio de 1914, luego del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el heredero de la corona del Imperio austro-húngaro, en Sarajevo, capital de Bosnia, asesinado por Gavrilo Princip de la organización secreta serbia Mano Negra. El conflicto se ramificó como reguero de pólvora. Los alemanes buscaban llegar rápido a París. Su propósito se vio frustrado, y el esfuerzo bélico quedó estancado en las trincheras.

En la primera fase de la guerra ocurrieron la Primera Batalla de Ypres y la del Marme, con miles de muertos. El horror devino lo cotidiano. Al llegar la Navidad, en el Frente occidental, los hombres decidieron ser humanos, y ya no máquinas de matar. La proximidad de las trincheras permitía que los soldados de ambos bandos se comunicaran, y enviaran saludos y pedidos de cese el fuego.   

Y la música fue gran protagonista de lo inesperado. El tenor Walter Kirchhoff no era soldado profesional; era un voluntario que combatía en una trinchera alemana. En el momento navideño comenzó a cantar. Improvisó un concierto. Su canto no solo embelesó a sus compatriotas. Un oficial francés que lo había visto y escuchado en la Ópera de París, lo reconoció. Fuera de todo protocolo militar, empezó a aplaudirlo. Kirchhoff dejo entonces su trinchera para saludar a su admirador. Los regimientos ingleses y escoceses respondieron cantando villancicos. Por la música se olvidó la violencia. Todos entonces se reunieron en la Tierra de Nadie, sin armas.   

Esta historia es recreada en la película francesa de 2005 Joyeux Noel (Feliz navidad) de Christian Carton, nominada al Óscar a mejor película extranjera, en la que Kirchhoff es el tenor Nikolaus Sprink. La tregua fue también recordada en el vídeo de Paul McCartney, Pipes of Peace, de 1983.  

Por la emoción del canto, alemanes, ingleses y franceses recordaron algo profundo: todos eran humanos divididos por las ambiciones e intereses de la guerra. Soldados de ambos bandos cruzaron desarmados la Tierra de Nadie. Llegaron hasta las trincheras contrarias. Y no recibieron una ráfaga de ametralladora o granadas como respuesta, sino aplausos, alegría, abrazos. Hablaron: ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos hijos tienes? Muéstrame la foto de tu novia. ¿Cuál es tu deporte favorito? Juguemos un partido de fútbol; te doy esta lata de sardinas; y yo te doy un poco de tabaco; te doy esta armónica, y yo te doy una de mis plumas con las que escribo mis cartas a casa.   

Y en esa tregua excepcional, los soldados acordaron enterrar a los muertos en ceremonias fúnebres compartidas. Al aire libre, sin ocultarse, se reunieron decenas de combatientes, antes solo enemigos, para hablar como buenos vecinos, y para intercambiarse tabaco, alcohol, comida, whisky, periódicos, chocolate, botones, sombreros, o pumpernickel (pan negro de Westfalia).  

Los alemanes gustaban colocar árboles de Navidad y velas en sus trincheras; y muchos de ellos sabían inglés por haber vivido o viajado a Inglaterra. Todos se reconocieron en lo poco que entendían esa guerra, y que querían volver al hogar. Y se rieron y abrazaron, y terminaron el milagro de convertirse de vuelta en humanos, y se desearon suerte.       

Fue el momento en que los soldados manifestaron que preferían la paz. Sospecharon lo ridículo de que un campesino, o un artesano, o un carpintero de un país, mate a otro campesino, artesano, o carpintero de otro país. Se hartaron de odiar.     

Se estima que unos 100.000 soldados británicos y alemanes habrían participado en las treguas informales del frente occidental.

Las treguas no eran solo en el remanso navideño. En ocasiones, ocurrían como si hubiera picos del espanto, en los que los soldados no querían seguir matando. La fraternización resurgía, entonces. Se permitía al rival pasar las propias líneas para buscar a compañeros heridos o muertos. En el frente oriental, también se dieron treguas espontáneas entre austro-húngaros y rusos en las primeras semanas de la guerra.   

Al año siguiente, los soldados quisieron repetir en Navidad el recuerdo de su humanidad. Pero los altos mandos prohibieron las treguas. Charles de Gaulle se quejaba de la “debilidad” de los soldados franceses que confraternizaban con el enemigo, lo mismo que Víctor d’Urbal, que llegó a tener a su mando todas las tropas francesas en Bélgica. El Estado Mayor de los ejércitos sometió a los soldados a cargas infernales y ataques apocalípticos de artillería en el Somme o Verdún, o a tanto gas venenoso, agonía, desangramiento, ratas, cuerpos mudos y despedazados, que la deshumanización finalmente se impuso. El otro, definitivamente, solo era un enemigo, no alguien como yo, era el mal de cuya derrota dependía mi vuelta a casa.    

Lo que decían de la tregua y lo que decía la tregua.  

La prensa oficial de los países en conflicto subestimó el cese del fuego decidido por los soldados, o directamente le impuso la censura. En Alemania se criticó a los que olvidaban su deber marcial; en Francia, se redujo la tregua a los heridos, y se puso más empeño en difundir la decisión del gobierno de acusar de traición a la confraternización.  

Pero en la prensa italiana, el Corriere della Sera informó sobre las tropas enemigas que confraternizaban, mientras que el diario florentino La nazione hizo saber de un partido de fútbol en la Tierra de Nadie.     

Como la música, el fútbol fomentó la momentánea reconciliación. En Bélgica, en 2014, la UEFA (la Unión de Federaciones Europeas de Fútbol) celebró el centenario de la tregua de Navidad de 1914, con varias actividades, en las localidades belgas de Ypres y Comines-Warneton, en las que estaban las trincheras. El presidente de la UEFA, Michel Platini convocó a los jefes de gobierno de Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Reino Unido e Irlanda, y se colocó un monumento como parte del evento conmemorativo.   

El cese espontáneo al fuego decidido por los soldados rasos, por la infantería, por el pueblo combatiente, fue un fenómeno cultural de alto alcance. El hartazgo ante la muerte en una guerra poco comprendida; el callado repudio a sus propios gobiernos y oficiales y generales; el principio del “vive y deja vivir”; la humanización por la música y el deporte; la expectativa de que la difusión periodística de las treguas pudiera influir en la opinión pública a favor de la paz. El deseo de racionalidad. El reconocimiento de que un pobre soldado francés, inglés o alemán tenía mucho más en común entre ellos que con los oficiales de sus propios ejércitos.   

Las treguas de la primera guerra mundial fueron la memoria de una unidad posible en medio de la destrucción.   

Hasta el 2005 aún vivía alguien que había participado personalmente en la navidad inolvidable. Alfred Anderson era un carpintero escocés, nacido en 1896 de Dundee. Combatió en la Royal Highland Regiment. En diciembre de 1914, fue uno de los participantes de la famosa tregua navideña. Sobrevivió a la guerra, volvió a Escocia y a su trabajo con la madera. Murió el 21 de noviembre de 2005, en su amada Escocia, a los 109 años, luego de una extraordinaria longevidad.   

Seguramente, en sus últimos días habrá evocado su vida de más de un siglo; habrá atravesado los muchos recuerdos de tantos días y noches, entre soles, nieblas y estrellas, y los gritos y muertos del infierno pantanoso de la Primera Guerra Mundial; seguramente, habrá vuelto en su memoria aquella navidad extraordinaria en la que los humanos preparados para arrancarse las entrañas recordaron que todos, amigos y enemigos, respiraban el mismo aire, todos temblaban y soñaban. Y nadie quería morir por algo que no entendía.

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