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En Venezuela, país abandonado a su suerte, acaso en los ‘70, y definitivamente cuesta abajo desde febrero del ’83, ya no vivimos. Cuando mucho, malvivimos. Transitamos los días con pesadumbre, consumidos como el esclavo que, al terminar una jornada propia para las bestias, despierta agobiado y por qué no, postrado, fatigado, conocedor de que su día será indefectiblemente penoso, doloroso. Todo cuanto dábamos por sentado en otras épocas, sin duda mejores, hoy funciona deficientemente, o, incluso, siquiera existe.

La llegada de Chávez en el ’99, después de irrumpir como los lémures, trajo un alud de viejos y nuevos vicios. Exacerbó, aquel felón impenitente, prácticas deleznables, que, sin dudas, debilitaron nuestras instituciones, y compró otras, de nuevas amistades, que suyas pero no nuestras, hicieron de este, nuestro país, el patio trasero de otros gobiernos, de otras potencias… de otras tiranías. Ya veníamos arrastrando culpas, pecados, pero Chávez y sus conmilitones corrompieron todo al extremo de vivir hoy, los venezolanos, en algo parecido a la ciudad de Dite. Como la versión opuesta del Rey Midas, en vez de oro, todo cuanto toca la élite, lo transforma en lodo.

Han corrido veinte años como el agua mefítica del Guaire bajo los escasos puentes que comunican el norte con el sur de la ciudad. Hedor, el que deja la Muerte, eso es lo que nos van legando esas aguas infectas en este desventurado país otrora rico, mas no próspero, presa de buitres que en la carroña buscan su sustento. Eso es lo que nos resta: el hedor, el dolor, el hambre, la muerte… y la tristeza que nos consume como el fuego, la leña.

Nos ahogamos en el fango de nuestras miserias. Sufrimos, pero, cual masoquistas, o lerdos, no actuamos, y como el pusilánime, nos dejamos escupir el rostro, nos dejamos apocar. Como necios, como infantes, anhelamos una solución fantástica que de nosotros no implique mayores sacrificios. Nos aferramos a propuestas desangeladas, como anodinos son sus proponentes. Gemimos como cobardes por perder lo que con coraje no hemos exigido. No hay gallardía en la defensa de nuestra nación. Se perdió, hace mucho, en la impía necesidad del cargo, del título, del honor inmerecido.

La lucha nos exige valor y principios, ética y honor. Y también astucia. Estultos, sin la valía de otros, visibles en el pasado y ocultos en el presente, nos regodeamos en las quejas superfluas y en la indignidad del mendicante. Mientras unos aguardan por acciones fantásticas, delirios taumatúrgicos, millones transitan a diario su camino al Gólgota. Cargan su cruz y, adoloridos, aguardan su viaje al sepulcro. Tristes, disminuidos, vagan en una cotidianidad hostil contra la cual ya no saben cómo oponerse. A ellos solo les resta el llanto, el luto. La lucha nos exige valor y principios, ética y honor. Y también inteligencia.

La noche ha sido larga. Muy larga. Ha sido proterva. Y en nosotros ha crecido lo peor como bubones pestilentes de una enfermedad horrenda. En estos veintitantos años la fealdad humana ha quedado desnuda y a nosotros, los venezolanos, nos ha transformado en gárgolas espantosas. Si queremos ver la aurora de nuevo, como portentos mitológicos, nos corresponde rasgar la noche para que la luz de un nuevo día brille con la fuerza del fuego en el fogón del herrero, y, con coraje, y también trabajo, forjemos un futuro provechoso.

Nada es gratis, ni florece sin el debido esmero.

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