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Kristhyan Benítez: “Lo quiero todo. Quiero abrazar toda la música”

Una conversación con el pianista venezolano Kristhyan Benítez

Si alguien necesitara definir a Kristhyan Benítez de una manera sencilla pero contundente, la palabra “pasión” resultaría más que adecuada para resumir la esencia de su espíritu. Quien ha tenido la oportunidad de ver a este joven venezolano frente al piano sabe perfectamente que su poderoso estilo interpretativo no responde de manera exclusiva a los rigores de la técnica ni mucho menos a los formalismos típicos de su oficio. Se trata, por el contrario, de un acto alquímico en el que distintos lenguajes musicales —variopintos e intensamente perfumados— penetran los sentidos de la audiencia para transformarla desde lo más profundo. Y es que en su indetenible periplo a través de diferentes géneros no solo busca construir repertorios innovadores o robustecer su identidad artística, sino precisamente cautivar audiencias y hacer de la música una experiencia vital y única.

En lo que a su genoma musical se refiere, Benítez ha sido un delicado y diestrísimo exponente de distintas tendencias musicales y complejos repertorios pianísticos. No es difícil verificar en su trabajo una insondable cercanía con los compositores de su terruño, los cuales coexisten armónicamente en su portafolio con las obras y programas de innumerables maestros extranjeros; obras cuya interpretación, por cierto, le han valido importantes premios internacionales, como el primer premio del Concurso Internacional Rosario Marciano en Caracas y de la Churchill Scholarship Competition en Boston, y el segundo premio de la Competencia Internacional de Piano en Dallas el pasado marzo. Celebrado por la crítica internacional por su “exuberancia latina, refinamiento europeo y gran energía”, Kristhyan simboliza la síntesis de distintos mundos, y de diferentes tradiciones culturales y pedagógicas, en un rico y colorido tapiz. A partir de sus días en la Escuela de Música Olga López en Caracas, pasando por su educación superior en la Manhattan School of Music de Nueva York, la Escuela Alfred Cortot en París, el Conservatorio de Boston y la Fundación Bell’Arte en Bruselas, Kristhyan se ha hecho acreedor de un enorme catálogo de experiencias que hoy constituyen su propuesta musical. Esa propuesta puede llevarnos desde la desgarradora nostalgia de “El solemnísimo retrato de Aldemaro Romero” de Juan Carlos Núñez, pasando por la grandiosidad el concierto “Emperador” de Beethoven, hasta el lirismo nacionalista de Grieg.

Para Benítez, el hecho musical no puede ser exitoso si no es capaz de generar emoción y compromiso entre las distintas partes que congrega. Él mismo se reconoce indefenso ante la ausencia de estas interacciones, puesto que tal vacío no solamente le resta relevancia y sentido a la música, sino que también le despojan de su principal canal de expresión personal.

¿Cuál es la propuesta de Kristhyan Benítez? ¿Cuál es su propósito como músico?

He sufrido grandes transformaciones personales y profesionales a lo largo de mi carrera pianística. Lo que se ha mantenido inconmovible es mi interés por tocar para el público, pero por sobre todo por tocar emocionalmente a la gente. Mi propósito es que la audiencia sienta algo —bueno o malo— pero que sienta algo; y no que salga de mis conciertos como si nada hubiese ocurrido. La música es, además, un vehículo para que el público me conozca mejor, más íntimamente. Creo que la música es una manera de desentrañar mi propia complejidad personal y, por lo tanto, una manera universal de comunicarme. Es mi medio de expresión, mi arma. Yo aprendí a leer música antes que cualquier otra cosa.

Dicho esto, Benítez nos cuenta sobre su proceso de aproximación al piano en lo que pareciera ser, a los efectos prácticos, un romance a primera vista.

¿Cómo te aproximaste al piano? ¿Cómo descubriste que esa era tu instrumento?

Comencé a tocar a los cuatro años y medio. Fue una casualidad. Mi mamá quería que tocara guitarra para socializar con mis amigos y amenizar fiestas, y también por una cuestión de cultura general. No hay músicos de carrera en mi familia, así que era el primero —de nuevo, por casualidad— incursionando en este terreno. Cuando me llevaron a la escuela de música de Olga López, recién inaugurada en Caracas hacia 1988, mi mamá dijo que me traía para que estudiara guitarra. Y es allí cuando la sub-directora de la escuela, la hermana de Olga, le dijo que yo debía escoger el instrumento que quería estudiar. Mi mamá le replicó que yo apenas tenía cuatro años y no sabía nada. Y entonces yo dije en ese momento —estaba en un salón lleno de instrumentos— ‘yo quiero tocar ese grande que está allí’. Y era el piano. Sí recuerdo claramente que cuando empecé me hicieron una prueba de ritmo y sincronización para saber si tenía las aptitudes necesarias para tocar el piano, y la pasé. Al principio fue muy gracioso, porque mi familia se preguntaba, ‘¿¡Un piano!? Entonces, ¿¡hay que comprar un piano!?’ Nunca tuve uno al principio porque nadie sabía si realmente me iba a dedicar al instrumento y si mi selección no había sido nada más que un capricho infantil. Tenía, sí, un teclado y tocaba fascinado todo el día. Y lo más interesante de todo es que los profesores de la escuela, cuando empecé a tomar clases allí, notaron que yo aprendí a leer música primero que a leer letras.

No habría pasado mucho tiempo antes de que esta decisión —o en tal caso, la propia intuición infantil de Benítez— rindiera sus frutos. Con apenas 5 años de edad, su talento prodigioso había tomado la sala José Félix Ribas por asalto en un recital de su escuela, entre cuya audiencia se encontraba la estampa emblemática de José Antonio Abreu, el fundador del sistema venezolano de orquestas.

Tú has sido un artista cercano al sistema nacional de orquestas. ¿Cuándo comenzó tu relación con José Antonio Abreu y con el movimiento orquestal venezolano?

Desde muy pequeño, Abreu ha sido una persona que ha apoyado muchísimo mi carrera, que ha creído mucho en mí, en mi talento. Y a pesar de que el piano no forma parte de‘El Sistema’, yo siempre he estado involucrado con este movimiento a través de mis conciertos con sus orquestas. Siempre me han invitado a tocar. La figura de José Antonio Abreu siempre ha estado allí, desde mi infancia hasta ahora.

¿Qué aporta el movimiento orquestal venezolano a la complejísima realidad del país?

La música permite expresar la pluralidad del ser humano y por ello debe tener un rol de transformación social, el cual va mucho más allá de un asunto estrictamente cultural. El sistema venezolano de orquestas es un buen ejemplo de esto. Los distintos ensambles que le constituyen están conformados por individuos con personalidades, visiones del mundo y condiciones socioeconómicas diferentes. La música les transforma. Las fronteras que dibujan la religión, la política, lo material, se desdibujan. Esto es importante conservarlo, especialmente en las actuales y muy adversas circunstancias del país.

¿Tú crees que en Venezuela hay un interés legítimo por ir más allá de la composición foránea? Uno tiene la sensación de que, aun cuando hay compositores venezolanos muy prominentes en tantos lugares, especialmente en el extranjero, su obra no es visitada con la frecuencia o el rigor necesarios. ¿Te parece que esto está cambiando o requiere más trabajo?

Siempre le hace falta más trabajo. Hay ciertas piezas del repertorio clásico venezolano, de los siglos XIX y XX, que forman parte de los programas más estándares. Hay también un movimiento de jóvenes compositores que rompe con la típica visión nacionalista y que no incluye necesariamente ritmos folklóricos. Este talento y variedad, sin embargo, no se explotan como se debería. También cuesta navegar estas visiones porque son complejas; lo cual ocurre normalmente cuando cualquier solista o ensamble hace música contemporánea en cualquier parte. Pero sí, se están tratando de hacer cosas que van más allá de un joropo, un vals o un merengue. En Venezuela, por ejemplo, la Fundación Vicente Emilio Sojo está promoviendo en sus concursos el uso de repertorio pianístico contemporáneo inédito, que la gente no conoce, para introducir a las audiencias en esa onda. Esto ocurre al menos al nivel del piano. Me parece una iniciativa muy valiosa.

Ahora, ¿y qué rol juega la música venezolana —o la música latinoamericana en general— en tu formación y estilo?

Para mí, la música de mi región, de Venezuela, creo que cumple un rol importante en mi identidad y en las tendencias actuales. Los latinoamericanos estamos sonando mucho. Hacemos ruido en la sociedad mundial. Y esta es una oportunidad de continuar explotando el repertorio latino, que es tan rico y tan bueno. Y también tan riguroso como lo puede ser el repertorio estándar de música clásica. Como pianista, tengo un gran deseo de explorar esos territorios, al tiempo de conservar también mis repertorios clásicos.

«¿De qué manera tu experiencia en los Estados Unidos ha marcado tu carrera?

Viví varios años durante mis estudios en los Estados Unidos, pero los de mayor peso o de mayor importancia han transcurrido, sin duda, en Boston. La oportunidad de irme al Boston Conservatory apareció luego de terminar mi maestría en París; una experiencia que marcó, por cierto, un momento trascendental en mi carrera. En Francia, mis profesores se enfocaron en la necesidad de que explotara aún más mi imaginación. Mis días en Ohio y Nueva York, que fueron esenciales para mis estudios formales como pianista, estuvieron muy centrados en perfeccionar la técnica y expandir mi repertorio. Todo aquello asociado a la interpretación, a la imaginación, a la pasión, quedó de alguna manera en un segundo plano, porque pensaba que esos factores eran toques personales que estarían siempre presentes como parte de mi ADN. Mi llegada a Francia estuvo marcada, entonces, por un énfasis personal en lo técnico. Sin embargo, las apreciaciones de mis maestros me empujaron en una dirección contraria. Ellos insistieron en que sólo a través de la pasión y de la imaginación podía realmente construir algo de valor en mi música. Y luego de ese momento tan crítico —de explosión de mi alma, por llamarlo de alguna manera— tuve la posibilidad de llegar a Boston para embarcarme en una fase de refinamiento en todos los sentidos posibles. Además, lo hice con un profesor, Michael Lewin, a quien consideré siempre un guía fundamental en ese momento de transformación. De modo que Boston me permitió unir todo el bagaje que traía conmigo, conectando así lo técnico,  lo emocional y lo artístico; y esto es algo en lo que naturalmente sigo trabajando y trabajaré toda la vida como pianista.

¿Y cuál ha sido tu contribución a la escena musical estadounidense durante estos años? ¿Hay algo en particular por lo que la gente te recuerda?

El Boston Conservatory me dio la posibilidad de sentirme muy orgulloso de ser venezolano. Además de acogerme como una familia, siempre apoyó mis iniciativas y proyectos. Eventos muy significativos ocurrieron durante mis años formativos en Boston: mi debut con la San Francisco Symphony Orchestra, el premio único de la Churchill Scholarship Competition, conciertos en Alice Tully Hall en Nueva York y en el Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles, conciertos y recitales en diversas salas de Nueva Inglaterra, al igual que apariciones con diferentes orquestas y ensambles de renombre, incluido mi trabajo con los Walden Chamber Players y la violinista rumana Irina Muresanu. Por otro lado, mi afición por los sonidos latinoamericanos, especialmente los de mi propio país, siempre llamó mucho la atención. El público en Boston solía acercarse para preguntarme sobre las piezas venezolanas o latinoamericanas que tocaba en mis recitales. Incluso querían saber si podían escucharlas de nuevo. Siempre traje este componente mío, de mi región, a los repertorios que escogía y la gente me recuerda mucho por eso.

En términos de los planes a futuros, se viene una nueva producción discográfica que busca establecer puentes entre lo europeo y lo latino, entre lo mainstream y lo no tan popular. ¿De qué se trata este proyecto?

Mi nuevo disco es esencialmente un recital estándar de piano con un twist. Y este twist se resume en que hay piezas de ciertos compositores, como Schumann y Rachmaninoff, pero también integra la obra excelente de otros músicos como Lyadov, y Janacek que no tenían el mismo nivel de popularidad. Para completar este cuadro diverso, siembro al final del disco una pequeña semilla de música latinoamericana: cuatro pistas; dos latinoamericanas y dos venezolanas. El lanzamiento está pautado para finales de este año.

Benítez ve transcurrir sus días entre Caracas y Boston, ciudades desde las cuales atiende una exigente agenda de recitales y conciertos en las salas más importantes de Venezuela, Estados Unidos y diferentes países europeos, apareciendo como solista invitado de numerosas y prestigiosas orquestas. Está actualmente representado internacionalmente por Cubides Artist Management.

“Una colección de pensamientos debe ser una farmacia donde se encuentra remedio a todos los males.” - Voltaire

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